lunes, 12 de septiembre de 2022

Puentes


“A veces siento que entre dos que se rompen la cara 
a trompadas hay mucho más entendimiento 
que entre los que están ahí mirando desde afuera”.

Julio Cortázar
Rayuela.



Sube el telón. Luces duras.

—¿Esta mesa te parece bien? Estamos resguardados del viento y no hace tanto frío —dijo Iris, con su bufanda de colores flameando desorientada.

—Sí, donde vos quieras —respondió Hermes, indiferente a las nimiedades de la conversación.

—Si querés vamos a otra...

—No, no, acá estamos fenómeno. Da el aire acondicionado, no hace tanto calor — contestó Hermes, y apoyó su sombrero con alas a modo de veredicto.

Se sentaron frente a frente sobre la mesa central del escenario, la más iluminada, la que les pertenecía. No tenían aún la confianza suficiente como para permitirse hacerlo uno al lado del otro; había que sortear varias barreras. La proximidad todavía les era un tanto incómoda y aquel mundo que se les presentaba ajeno era una mezcla de fascinación y temor, sensaciones tan propias de lo desconocido.

Pícara, Iris le comentó que hacía mucho que estaba esperando que la invitara a salir, que cómo no se había dado cuenta que de alguna manera quería llamar su atención, a lo cual Hermes lanzó una risa breve pero estruendosa, quizá exagerando el personaje; se dio cuenta al instante pero poco le importó y le respondió que ella también podría haberlo invitado, que no estábamos en mil novecientos cincuenta y que con el calor que tenía se iba a tomar varias cervezas.

Iris rió igual de fuerte que él antes de guardar silencio. A ninguno de los dos les encandilaban las luces del escenario. Comentó algo así como que le costaba sacarse ese ropaje, que estaba como pegado a la piel y que, bueno, habrá que ir arrancándose trozos como los leprosos de ser necesario, otra no queda. Hermes la miró sorprendido por el tono solemne que de golpe adquirió y sintió que la ficción se mezclaba con la realidad, no pudo distinguir si estaba actuando o realmente sentía lo que decía. Intentó explicar lo mejor que pudo que no esperaba una respuesta como esa dado lo que imaginaba de ella, que el abismo entre lo que creemos y lo que somos es tan grande que a veces nos olvidamos que existe, que a pesar de todo era una grata sorpresa, de esas que no se esperan pero se desean, y se dio cuenta (no lo dijo, pero quiso hacerlo) que había muchísimo más debajo de la punta del iceberg que se le figuraba fría e impersonal. En parte ya lo sabía, pero la curiosidad…

—Hay que hacer como la serpiente que muda la piel de tanto en tanto —soltó, magnético—. Es jodido, son miles de años sobre nuestras espaldas que de golpe empiezan a verse desnudos. Y estar desnudo siempre tiene algo de incómodo. Quizá sea esa especie de sensación de libertad que genera. ¿Conocés algo que cause más incomodidad que la libertad? ¡Che, qué calor hace, por favor! ¿No tenés calor?

—No, estoy bien. Gracias por preguntar —respondió ella, abrigándose aún más con su bufanda arcoíris.

Repentinamente se apagaron las luces y las voces. Quedaron a oscuras arriba del escenario y el silencio comenzó a decir más de lo que callaba. Cuando los reflectores volvieron a enfocarlos, todos pudimos presenciar cómo se miraron a los ojos por unos segundos que parecieron años y luego bajaron la vista a sus manos, a la gente que los rodeaba, a su esquina. ¿Qué había de real en todo cuanto les rodeaba? Varios creímos que se habían olvidado la letra y cierto murmullo aristócrata comenzó a invadir la sala.

Un río embravecido corría entre ellos, dividiéndolos. Una especie de Urubamba que bajaba de las montañas más altas, sin límites ni delicadezas, la fuerza de una corriente eléctrica invisible que no tenía principio ni fin. No podían verse las caras de orilla a orilla, solo tenían claro que allí a lo lejos (y a la vez tan cerca) se encontraba un mundo muy distinto al suyo dentro del mismo mundo, un territorio tan desconocido como enigmático, unas ansias absurdas de alcanzar lo inalcanzable como quien pretende caminar por la Vastitas Borealis: sabe que existe, está allí, pero nunca lo hará.

No tenían idea de quién o qué se encontraba del otro lado de la orilla pero querían averiguarlo, la misma curiosidad que suele matar al gato, querían hundirse en sus intrigas hasta el cuello o quizá solo reafirmar que aquello que veían no era más que lo que creían ver, la expresa demostración de lo inaccesible, la falta más cruenta haciéndose carne.

Exploraron el menú del bar escrito en varios colores en un pizarrón lejano sobre la mesada principal.

—No entiendo nada. ¿Cuánto vale una cerveza roja? —preguntó Iris y rió.

—Yo tampoco entiendo —dijo Hermes—. ¿Cuál de todas? Hay siete variedades distintas. Creo que dice ciento cincuenta la pinta, cien la media.

—Ah, está bien. Igual con el frío que hace mejor me pido algo más calentito. ¿Te tomás un vino conmigo? —preguntó ella.

—Estoy más para una cervecita —respondió él—. Igual podés pedirte una copa, si querés. Parece que son generosas. Mirá la mesa de allá donde están esos dos chicos, el de barba se pidió una.

—Sí, sí, creo que voy a por una copa de vino mejor.

Era la primera vez que se veían por fuera del ámbito laboral. Trabajaban en el mismo banco a unas cuadras de la plaza de Mayo, o al menos eso decía el programa del teatro, qué sé yo. No conocían del otro más que la faceta que dejaban vislumbrar entre papeles y tazas de café hervido, pero eso es precisamente lo que produce la atracción: las ganas de adentrarse en tierra desconocida y explorar los misterios de algo que se siente pero que no se ve, de querer descubrir qué hay al final del arcoíris a pesar que nunca nadie encontró las pepitas de oro y los duendes te roban en patota los pocos pesos que podés llegar a tener encima.

Más por curiosidad que por deseo, Iris estaba obsesionada con lo que no veía e imaginaba de Hermes. Para ella solo era un juego, una prueba de vanidad entre tantas palabras, una cabeza más sobre la chimenea de la sala de estar. No, no era Hermes su obsesión. Era el juego en sí mismo lo que buscaba, la diversión de la conquista por la conquista, algo no muy distinto a los cazadores furtivos del África si ni siquiera pretendía comérselo para saciar su hambre, tan solo buscaba vestirse de gala con su piel, un símbolo de status como los relojes de oro o los autos de alta gama; mientras que él la deseaba salvajemente, no podía pensar en otra cosa más que en quitarle el antifaz y llegar al centro de la Tierra, de su tierra, a pesar de darse cuenta que en realidad no era ella el tema, no, en el fondo solo estaba en juego su deseo, ese caballo salvaje que comienza a tirarlo hacia adelante, hacia un mundo de placer que solo existe en su adulterada imaginación.

No tardó demasiado en darse cuenta que el deseo era su vitalidad: corre detrás de sí como quien pretende alcanzar el horizonte y, cuando cree que ha llegado, la línea se le ha corrido y todo lo obtenido en el camino no es más que un estorbo para la satisfacción de su próximo objetivo. “Estamos más enamorados del deseo que de lo que deseamos”, recordó con inesperada perspicacia. Son sus ganas de vivir cien veces la vida las que se reflejaban en ella y en muchas otras mujeres (por no decir todas), las ganas de seguir descubriendo el mundo a través de olores y gemidos, de poderes y sometimientos, de revelar qué reposa bajo las aguas aparentemente serenas donde solo unos pocos logran llegar. No, no era Iris el tema, como tampoco lo fueron sus mujeres pasadas ni las que vendrán. Siempre fue, es y será él. Hacia él mismo estaban dirigidos estos pensamientos, a su narcisismo pedante y absoluto, ese que bien sabe lo dejará solo para el resto de sus días.

El escenario comenzó a girar en círculos. El sol se reflejaba en el agua del río y la luz de la luna otorgaba un manto de quietud. Solo se escuchaba el constante murmullo del agua a su paso.

—¿Nunca te diste cuenta que te tiraba onda? —preguntó Iris, luego de un tiempo.

—Las ondas se pierden en el éter, nena —respondió Hermes, quien al ver la expresión de Iris rápidamente adoptó otro personaje—. Soy más estúpido de lo que aparento, lo cual ya es decir bastante.

Iris sonrió con ganas a pesar de no tenerlas. Entendía todo lo que debía hacer. Era joven, pero veterana. Puso el primer ladrillo en su vera del río.

—Sos raro... —dijo, entrecerrando los ojos y comiendo maní.

—Necesito agua para tirarme a la pileta.

—Había agua, vino, cerveza...

—¿Qué tengo de raro?

—Sos como el jefe indio en ¨Atrapado sin salida¨ —dijo Iris luego de reflexionar unos segundos—. No hablás y parece que no estás pero cada vez que apareces en pantalla algo se mueve dentro de mí y quiero saber qué pensás, por qué haces lo que haces, por qué estás acá y no en otro lado. ¿La viste?

—Raro sería tener tres ojos, dos bocas, paz mental —dijo Hermes, volviendo a su personaje principal.

—¿Viste lo que es esa película? A mí me encantó. Esas ansias de libertad… —dijo Iris y sus ojos brillaron.

—O soñar, eso es raro. ¿Nunca te pusiste a pensar que existen infinitas realidades y solo nos es posible comunicarnos en una? Digo, por ejemplo: acá en el bar todos más o menos nos movemos igual y sabemos qué hacer y qué no y si alguno no hace lo que los demás entienden como permitido es catalogado como loco y aislado, pero de alguna manera todos estamos aislados. Yo no tengo idea de qué estás pensando, por ejemplo. Nunca lo voy a saber. Solo me es posible acceder a lo que entiendo de lo que vos me decís que crees que te sucede, en el marco de una estructura previamente determinada como es el lenguaje. ¿No te parecen demasiadas barreras? ¿No es agobiante? — respondió Hermes, y nunca supo si fue él quien habló o fue hablado por alguien.

—Sos raro... —repitió Iris, poniendo otro ladrillo en la vera del río.

Hermes rió, más de pena que de complicidad. No estaba seguro que le hubiera entendido. Se dio cuenta que estaba construyendo su pilar del puente demasiado lejos del de Iris. Decidió volver a empezar de cero.

—Ahora voy al baño, arranco el mingitorio y destrozo la ventana para escaparme —dijo, rearmándolo más cerca del de ella.

El público rió a carcajadas mientras ellos se miraban casi con cariño. Ya no sabían si estaban realizando la mejor performance de su corta vida como actores o si eso realmente estaba sucediendo, se corrieron los límites de la ficción y se mezclaron con los de la realidad (¿cuál de todas?) formando una especie de masa con plastilina morada, arcilla y restos de saquitos de té.

—¿Pedimos algo para comer? —preguntó Iris.

—Dale —respondió Hermes.

—¿Qué pedimos?

—Lo que quieras.

—¿Te parece bien una hamburguesa? —preguntó ella.

—Estoy para algo más liviano. Tengo mucho calor. Es una tarde pesadísima —respondió él.

—Bueno, decime qué querés, entonces.

—Lo que quieras para mí está bien. No tengo problema.

—¿Guiso de lentejas? Para combatir esta noche fría e impiadosa —dijo Iris.

—Me tienen que llevar a la guardia del Durand, después. Algo no tan pesado, por favor —dijo Hermes.

—¿Hummus?

—Comí ayer.

—¿Por qué no me decís lo que querés, mejor? —preguntó Iris, poniendo otro ladrillo sobre los anteriores a la vera del río.

—Ya te dije. Lo que vos quieras.

—Te tiré tres opciones y no te gustó ninguna.

—Solo me hablaste del hummus —contestó Hermes, desconcertado.

—Te dije de comer una hamburguesa o guiso de lentejas, también.

—No, no me dijiste. Solo hablaste del hummus.

Iris lo miró como si no supiese quién era. Se preguntó adónde se había ido ese breve pero maravilloso instante de conexión que habían tenido segundos atrás y si era cierto, aunque se negaba a creerlo, que duraba tan miserablemente poco. Se cuestionó si lo que estaba sucediendo era mucho más que una función, si no sería siempre así, si acaso existe persona en esta tierra que pueda ser comprendida realmente. Un espantoso sentimiento de soledad la invadió de golpe. Levantó la vista para asegurarse que allí enfrente realmente había alguien, que no era una ilusión ni un sueño, tuvo que hacer un esfuerzo superior para dar un paso hacia atrás y caer en la certeza que allí seguía estando el ser humano que ella creía conocer, quien la miraba con intensidad y desesperación porque creyó que se había olvidado la letra.

No, no se la olvidó en absoluto, Hermes. Nunca sucedió ni sucederá principalmente porque ese era el núcleo del problema: solo sabía repetir a la perfección líneas escritas por otros, guionistas borrachos más cercanos a la perversión que a la belleza, cínicos directores que se llenaban los bolsillos con lo que ellos creían era bien visto y aceptado, gente como uno y todo eso que siempre le generó tanto escozor y noches enteras sin dormir. Días y días compartiendo el mismo espacio con Hermes y de golpe se le figuraba un total desconocido. En verdad lo era. Realmente no tenía la menor idea de quién era esa persona que se encontraba al otro lado del río, ni nadie a su alrededor. Sintió como si fuese una pequeña isla en medio del Pacífico, una hormiguita mirando la luna.

—Mirá, yo solo quiero comer algo con vos que me saque este frío de mierda. Me da igual lo que sea, elegí vos —dijo apenada, a pesar de lo cual decidió colocar más ladrillos sobre los anteriores a la vera del río.

Hermes la miró casi con admiración, como si la conociese de toda la vida. Se preguntó qué le estaba pasando y no supo reconocer a su compañera de escenario más que como un envase vacío donde depositar todas sus expectativas, un espejo tan bello como cruel de sus miserias y esperanzas. Se cuestionó cómo pasó tanto tiempo sin ella a su lado, la cantidad de mujeres que habían pasado por su cama sin siquiera conocer una sola de sus penas y para qué buscar tanto si con ella sentía una conexión y un entendimiento que nunca sintió con nadie, tan metido estaba en su mundo que…

Sabía que después de esa mirada ella comenzaría a decir “yo solo quiero comer algo con vos que me saque este frío de mierda. Me da igual lo que sea, elegí vos” porque la conocía, sabía de su talento y su capacidad, podía prever (o al menos eso creía) su reacción ante cada situación y esa falsa sensación de control lo llevó a la conclusión que no había persona en el mundo con la cual se sintiese menos solo. Días y días compartiendo el mismo espacio finalmente habían dado sus frutos. En verdad se conocían mucho. Realmente tenía bien en claro quién era la persona que se encontraba al otro lado del río.

—A ver, dejame ver qué tienen. Voy a ver en el pizarrón mágico —dijo y puso otro ladrillo sobre el anterior en su orilla.

Entre tanto él buscaba, ella chequeó su celular más por costumbre que por necesidad. No sonó ni vibró en ningún momento pero de igual manera abrió Whastapp, Instagram, Twitter y Gmail con desarrollada destreza, su dedo pulgar subía y bajaba en movimientos espasmódicos más rápido de lo que sus ojos podían captar. Vio a Hermes volver a la mesa con aires helénicos. Reconoció que algo le llamaba la atención de aquel hombre, después de todo.

—Estoy más para una picadita. Unos quesos, unas aceitunas. La tarde se presta — dijo Hermes a su regreso.

—¡No! ¡Mirá esto! —gritó Iris, sin prestar atención a lo que él dijo.

Le mostró un video en su celular. Lo habían pasado en el grupo de sus amigas, según acotó. Hermes no comprendió lo abrupto del mensaje pero decidió sumarse a su requerimiento poniendo, sin darse cuenta, más ladrillos a la vera del río. Se acercó hacia ella pensando que nunca había estado tan próximo a su piel como en aquel entonces, que en las funciones anteriores se paraba exactamente donde estaba la cruz de cinta de papel en el piso pero aquella vez algo lo llevó a traspasar ese límite, pequeñísima irreverencia que en su estructurada cosmología significaba una deliberada falta de respeto al director de la obra y, por qué no decirlo, al público que todos los sábados pagaba una entrada para escucharlo decir lo que otros querían que dijese. Le pagaban por ser otro, por ser alguien que no es, por decir lo que no sentía decir.

Se apoyó con sus brazos sobre la mesa y acercó su rostro al cuello de Iris percibiendo su perfume, no solo el de importados frasquitos de vidrio sino sobre todo el de su piel, el de su pelo, el de su saliva, una mezcla tan atractiva y peligrosa como la cocaína, un aroma que nunca en años de conocerla logró identificar hasta ese preciso instante donde comenzó a preguntarse quién era y qué hacía ahí con su compañera de escenario jugando a ser algo que ambos desconocían pero en el fondo admiraban y demandaban, lo que era peor.

Mientras el video mostraba cómo unas máquinas golpeaban con ferocidad el pont des Trous en Bélgica, una maravilla arquitectónica medieval destruida en cuestión de días, Hermes echó un vistazo a su sombrero en el otro extremo de la mesa y no entendió qué significaba ni por qué debía llevarlo si al fin y al cabo las palabras duraban lo que duró aquel puente, unos cientos de años que se desmoronaron en cuestión de minutos y aquellas dos partes de la ciudad de Tournai quedaron separadas por algo más que un río. Sintió unas inexplicables ganas de romper en llanto.

—Mirá vos, tremendo —comentó, por decir algo.

—¡Qué barbaridad! —se quejó Iris— Tirar abajo semejante obra de arte, parte del patrimonio histórico y cultural del mundo…

—¿Y por qué lo tiraron? —preguntó Hermes.

—Parece que quieren ampliar el acceso al Sena con barcos de mayor calado. Básicamente, guita. Como siempre, guita —respondió ella, en chino.

Él la miró como si le hubiese hablado en chino. Entrecerró los ojos.

—Y bueno, es necesario darle paso al progreso también —dijo, en alemán—. Seguramente construirán otro más grande y más moderno dentro de poco. La gente va a tener dónde cruzar, no es para tanto...

Ella lo miró como si le hubiese hablado en alemán. Entrecerró los ojos.

—Sos demasiado utilitarista, vos.

—Y vos demasiado romántica...

—¿Estás viendo lo mismo que yo? —preguntó Iris, poniendo otro ladrillo sobre los anteriores a la vera del río.

—Sí, por eso te estoy preguntando —respondió Hermes, derribando los pocos ladrillos que había logrado poner en su orilla.

— ¿Qué me preguntaste?

—¿Eh?

—Que qué me preguntaste —dijo ella, en arameo.

—No sé de qué me estás hablando —contestó él, en latín.

—No te entiendo —dijo Iris, cansada.

Él la miró. No supo qué responder.

—Te pregunté si estabas viendo lo mismo que yo porque no puedo creer que dijeras lo que dijiste y me respondiste que sí, que por eso me estabas preguntando. Eso fue lo que pasó, textual —dijo Iris, didáctica.

—Y bueno, te pregunté y no me contestaste —comentó Hermes, irritado.

Se miraron en silencio. Un silencio tan incómodo que ya no les importaba. Las aguas del río bajaban cada vez más impetuosas. Las luces se endurecieron.

—Che, tengo mucho calor. ¿Te jode si vamos a esa mesa donde no da el sol? — preguntó él, después de un rato de observar cómo las demás personas del bar charlaban y reían amenamente. ¿Por qué los otros podían y él no, carajo? ¿Qué era más real: ellos o los demás?

—Me encantan los puentes —dijo ella—. Tienen un no sé qué que me vuelve loca. Algo como de imposible hecho realidad. Comunican regiones que estarían aisladas de no ser por ellos. Contradicen hasta a la matemática: uno más uno no da dos, sino uno. Es increíble que una pueda caminar por toda Venecia.

—¿Nos cambiamos de mesa?

—Yo estoy bien acá. No da el viento y se ve la luna. ¡Mirá qué maravillosa está! — dijo Iris, hipnótica.

Hermes suspiró y calló. En el momento no se dio cuenta, pero volvió a poner el primer ladrillo en su vera del río.

—Una vez con unos amigos cruzando el Zárate Brazo Largo se nos quedó el auto en medio del puente —dijo después de un rato—. Tuvimos que hacernos a un costado como pudimos y esperar la grúa para que nos lleve al mecánico más cercano. Estuvimos parados sobre el Paraná dos horas. Al principio nos queríamos matar pero a medida que fue pasando el tiempo lo disfrutamos, íbamos de un lado al otro como si pudiésemos caminar sobre el agua. ¡Éramos Jesús! Nos sacamos fotos, cantamos. ¡No lo podíamos creer!

Rieron. Ambos pusieron varios ladrillos, cada uno por su cuenta. Las luces se fueron apagando y el ambiente se tornó más cálido.

—¿Y qué hicieron? —preguntó Iris, poniendo aún más ladrillos sobre los anteriores sobre la vera del río.

—Esperar. No nos quedó otra. Era feriado encima, imaginate. ¿Podés creer que cuando llegó la grúa justo conocía a un amigo que tenía el taller abierto y nos arregló el auto en veinte minutos? —dijo Hermes, colocando un ladrillo sobre el anterior en la otra vera del río.

—¡No te puedo creer! Menos mal… —dijo Iris, ya con el pilar levantado sobre la orilla. Ahora solo quedaba construir su parte del tablero hacia adelante.

—Fue tremendo. En el momento la pasamos como el orto pero después nos cagamos de risa —dijo Hermes, envalentonado—. Voy a pedir una picadita y otra cerveza. ¿Te pido algo?

—El guisito de lentejas, por favor. Y otra copa de vino. Hace un frío bárbaro. ¡Mirá, se congeló un oso polar! —dijo Iris, riendo y abrazándose a sí misma.

Hermes dudó, esbozó una especie de sonrisa y se dirigió hacia el mostrador principal para hacer el pedido. A la vuelta se quejó de la nueva costumbre de tener que levantarse para pedir las cosas en lugar de ser atendido. Tenía aspecto jovial pero era un alma vieja, como si fuese una de sus últimas vidas en esta tierra. Cierto cansancio en sus ojos lo delataban.

—Estamos perdidos, nena. Como ese puente que me mostraste. El progreso no mira ni ve… —reflexionó.

—Ni oye ni escucha —agregó Iris, sonriendo.

—Ni piensa ni siente —sentenció Hermes en pleno trance, y las alas de su sombrero comenzaron a batir.

—Estoy totalmente de acuerdo con vos —dijo Iris, y alcanzó a poner el último ladrillo para culminar su parte del tablero. Se encontraba elevada a mitad del río, sentada con las piernas cruzadas esperando a su contraparte. Había realizado lo que dependía de ella, ya no podía hacer más.

—Al fin coincidimos en algo... —rió Hermes.

—También coincidimos en el lugar de trabajo.

—Y en la bronca que le tenemos a Basualdo. ¡Qué hijo de puta! —dijo él, reconstruyendo su pilar de las cenizas.

—Es un pobre tipo... —dijo Iris, piadosa—. Pensá que está en ese banco desde hace veinticinco años. Es su vida. Vos sabés que le tengo un miedo a eso...

—¿A qué? —preguntó Hermes, con un ladrillo en la mano sobre la cima del pilar.

—A que mi vida se reduzca a llenar datos en un Excel, sellar papeles y quejarme de los chicos nuevos que entran porque ¨antes de los treinta y cinco nadie valora el trabajo y la juventud está perdida¨ —se burló, agravando su voz—. ¿Te acordás el día que Tettamanzi dijo eso en la reunión?

Hermes se rió a carcajadas. Cómo olvidarlo.

—Me acuerdo de eso y se me pasa el frío —dijo Iris.

—¡Qué mina jodida esa, por favor! Y que después de decir eso agarró todos los formularios de impuestos y te los dejó sobre el escritorio, pidiéndote el favor por ese día como si nada hubiera pasado porque tenía que ir a no sé dónde y no los iba a poder terminar —respondió Hermes, cerca de culminar su pilar.

Ya podía verle la cara a Iris, que lo esperaba sentada en la punta de su tablero. Le pareció más hermosa de lo que era. Ahora todo dependía de él.

—Me dijo que la habían llamado del colegio del nieto y que tenía que retirarlo urgentemente, pero nunca me dijo qué le pasó al pibe. ¿Por qué la iban a llamar a ella y no a los padres? —aulló Iris, histriónica— Ni para mentir tiene creatividad...

—El trabajo de oficina es, de por sí, una canallada —soltó Hermes—. Uno se la pasa sentado frente a una pantalla ocho horas todos los días para ganarse la vida, mientras la vida le pasa por el costado. La vista comienza a nublarse, la espalda a encorvarse, las muñecas a sobrecargarse. El mundo se achica. Es el único momento de nuestra vida donde miramos el reloj y deseamos que pase el tiempo, es tremendo...

— “Uh, no pasa más la hora…” —actuó Iris, modulando la voz— ¿Viste que así dice Tettamanzi?

Rieron con ganas. Era un clásico.

—Uno debe conformarse con poner unas plantas y unas fotos en el escritorio para darle una identidad a esas paredes sobresaturadas de luz blanca cual quirófano y así evitar sentirse un número —Hermes retomó su discurso— ¿No sentís que sos un mero engranaje de una maquinaria que día a día levanta un castillo de naipes a las diez de la mañana para derribarlo a las cinco de la tarde?

—Igual, te digo, si tengo que sobrevivir prefiero estar sentada siete horas en una oficina que, por ejemplo, estar peleándome con un león para alimentar a mi familia. Pensá que si hubiésemos nacido quinientos años atrás, hubiésemos tenido que sobrevivir de otra manera... —se sinceró Iris.

—Qué exagerada sos —Hermes rió.

—Te juro que no. La matriz es la misma, pensalo. Por lo menos en la oficina no pasamos frío en invierno ni calor en verano.

—¿Estás segura? —Hermes volvió a reír.

—Y nadie me va saltar a la yugular para quitarme la comida de la boca.

—No literalmente, peeero… —Hermes lo estaba sintiendo.

—La oficina es un tipo de supervivencia mucho más cómoda que la lucha cuerpo a cuerpo con un animal —concluyó Iris.

—Quizá la del león sea más digna —remató Hermes.

Rieron con fuerza, como si estuviesen solos en el bar y flotasen como dos islas a la deriva entre sillas de madera incómodas y bandejas con papas fritas con cheddar. El escenario dejó de girar. Se miraron en silencio. Estiraron las manos y casi que podían tocarse ubicados a ambos lados del tablero, aún sin terminar. Solo faltaban colocar un par de ladrillos pero el río comenzó a subir.

—Qué noche hermosa, ¿no te parece? —preguntó Iris.

—La verdad que sí, es una tarde espectacular —respondió Hermes.

—Contame algo de vos.

—A pesar del calor.

—¿Sabes qué me gustaría?

—Mañana tengo que ir a terapia

—Que me cuentes qué haces los fines de semana.

—¿Vos hacés terapia? —preguntó Hermes, en japonés.

—Porque nunca hablás de lo que haces fuera del trabajo —dijo ella, en romaní.

—Te lo recomiendo, eh. Al principio no me convencía, pero una vez que probas no podes dejar. Es un lindo espacio. Aprendes a hablar y a escuchar —dijo Hermes.

—Yo por ejemplo los viernes a la noche me junto con alguna amiga, casi siempre en la casa de Hera. Abrimos unos vinitos, cocinamos algo, charlamos, fumamos —dijo Iris, parándose en la cruz estipulada al centro del escenario.

—Bah, qué sé yo, a mí me gusta. Después cada uno hará su experiencia. Hago hace más de dos años ya.

—Sí, es verdad. Y los sábados me despierto tarde, sin alarma. A veces limpio, a veces me veo con alguna amiga, a veces veo a mi familia. Depende, ¿viste? —comentó Iris, en sánscrito.

—Totalmente. Imaginate que el péndulo se mueve por inercia y no por motus propio —acotó Hermes.

—Yo no puedo con eso. Prefiero una película a una serie. Las series están pensadas para engancharte nada más, su lógica es simplemente llamar tu atención. En cambio las películas… —dijo Iris, riendo y pidiendo más luz en el escenario.

—Claro, claro. En mi caso no puedo dejar de pensar en lo que me estoy perdiendo mientras escribo estas cosas. Es agotador estar en un solo lugar, ser siempre yo.

—No sé, eh. Pensá que si no fuese por el Che Guevara no existiría la revolución cubana —comentó Iris, en ruso.

—Ah, ni hablar. Si por mi fuese, los saco a patadas a la calle.

—Sí, es lo que todos buscamos y nadie se anima a dar el primer paso. ¿Qué pensás del judaísmo y el cristianismo?

—Es todo un tema. Louise Glück decía que miramos el mundo una sola vez, en la infancia. Que el resto es memoria.

—Me encantaría saber tocar un instrumento. El arpa, por ejemplo. ¿Vos tocás alguno?

—Sí. O como alguna vez escribió Emil Cioran: solo tiene convicciones quien no ha profundizado en nada. ¿Me mostrás el video de ese puente otra vez, por favor? —pidió Hermes, en árabe.

—Yo fui a Rusia hace unos años. Es impresionante las marcas que quedaron de la revolución. Se ven, se tocan, se huelen… —dijo Iris, y dio play al pedido de su interlocutor.

Contemplaron el video en silencio. Las máquinas volvieron a golpear al antiguo puente belga. Aguzaron el oído y lograron descifrar algunos alaridos de disgusto y rencor entre los presentes.

—Che, mirá. ¿Viste en el centro del tablero del puente? —preguntó Hermes.

—Sí. ¿Qué pasa? —respondió Iris, agotada de esperarlo.

—¿Te diste cuenta que le faltaban unos ladrillos? No estaba completo... —comentó, mirándola a los ojos.

Iris le devolvió la mirada sin dificultad, mas no sin compasión. No tenía la menor idea de en qué idioma le estaba hablando. Tanteó entre sus cosas para ver si le quedaba algún ladrillo para prestarle pero solo halló polvo y lapiceras que no escribían. Nunca se sintió tan sola en su vida. Le brotaron unas irremediables ganas de levantarse e irse corriendo hacia otro planeta y no volver a hablar nunca más con nadie, salir de su propia piel y diluirse entre las estrellas y el resto de vino que quedaba en su copa casi vacía.

Se encontraban a las puertas del clímax de la obra, sabía que la línea que seguía era “pero al nuestro no le falta nada” y debía arrojarse a sus brazos y esperar la bajada del telón y, si tenía suerte, los aplausos, pero el río comenzó a desbordar los límites terrenales e inundó ambas orillas obligando a Hermes a retroceder y refugiarse en alguna caverna cercana mientras ella observaba la escena desde las alturas del tablero del puente incompleto, a salvo del agua pero no de sus efectos. Se preguntó qué sucedería si se arrojaba. ¿Renacería libremente? ¿Enloquecería de soledad? ¿Ambas? Decidió no hacerlo, lamentó haber optado por la cordura como siempre y comenzó a cuestionarse de dónde caía esa apabullante masa de agua, hacia dónde se dirigía y qué o quiénes habían ordenado su devenir constante e irremediable. La recorrió un desamparo infinito.

—Quizá sean todos así —le salió decir.

Hermes la miró confundido. Lo descolocó su repentina improvisación. No sabía cómo seguir si algo se desviaba de la estructura del guión, nunca se manejó bien en la espontaneidad. Se tomó lo que quedaba de la cerveza de un sorbo para ganar tiempo y pensar cómo actuar.

—¿No existe puente completo, entonces? —logró esbozar.

Silencio.

La directora de escena hizo una seña desesperada al iluminador para salir del paso y las luces comenzaron a apagarse, lentamente. Una lágrima comenzó a rodar por la mejilla derecha de Iris, que miró a Hermes desde la punta del tablero. Hasta ese momento, Hermes jamás había sentido tanta admiración por nadie en su vida. No podía creer el talento del cual Iris era poseedora, le parecía una artista con una capacidad de expresión superlativa, una mujer que nunca está sola porque en definitiva nadie lo está, siempre estamos rodeados de gente que camina por las calles y viste y sueña lo mismo que nosotros. Creyó seguir construyendo su pilar en la vera del río pero la corriente había destruido todo a su paso y ya no quedaban ladrillos ni esperanzas.

—¿Te puedo confesar algo? —preguntó Hermes, mirándola desde abajo con el agua por los tobillos.

—Lo que quieras —Iris, indiferente.

—Creo que nunca sentí tanta conexión con alguien como con vos —se sinceró Hermes, ya a oscuras.

Iris lo miró desde las alturas con los ojos llenos de pena, se dio media vuelta y se alejó sin pronunciar palabra alguna, total para qué. Hermes se calzó su sombrero de alas y salió del escenario convencido que acababan de realizar la mejor función de su vida. Le hizo una breve mueca al asistente y cayó el telón. El público estalló en vítores.

Me encantaría decir que eran el uno para el otro y que pasaron la noche juntos, que tuvieron hijos y viajaron por el mundo, que lograron irse del banco y que vivieron felices para siempre pero eso ya sería mentir demasiado. Tengo miedo que no se entienda nada.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

EMPEZAR UN CUADERNO NUEVO ES COMO COGER

  Hace mucho que no escribo. Hace mucho que siento que no tengo nada para decir. Y una persona que escribe que no tiene nada para decir es l...