viernes, 23 de mayo de 2025

EMPEZAR UN CUADERNO NUEVO ES COMO COGER

 Hace mucho que no escribo. Hace mucho que siento que no tengo nada para decir. Y una persona que escribe que no tiene nada para decir es lo mismo que una lapicera que se quedó sin tinta.

Tuve frío todo el día. Afuera está nublado, mañana puede llover. Los ruidos de la ciudad se van apagando. El día está muriendo. Allá al fondo, un azul cada vez más oscuro. Me gusta más el día, pero es innegable que la noche tiene su magia…

Ordenando la casa, me topo de casualidad con un cuaderno nuevo. Estaba tirado en la biblioteca, abajo de todo, entre mazos de cartas y juegos de mesa. Me lo regaló un amigo hace unos meses. Mis amigos creen que soy escritor. Me deben querer más de lo que creo. Ellos creen que es falsa humildad cuando les respondo que no lo soy, que solo soy un hombre que escribe. Como tampoco soy futbolista, a pesar de haber jugado al fútbol toda mi vida. 

Empezar un cuaderno nuevo implica olerlo, tocarlo, inspeccionarlo por delante y por detrás. Imaginar cómo se sentirá mi lapicera en sus hojas, si su cuerpo será rígido o flexible en la acción. Implica manchar sus hojas, cuidarlo, explorar hasta dónde podré usarlo. Empezar un cuaderno nuevo es como coger. 

Debe ser cierto eso de que la fiebre sube al atardecer, porque cuando el sol se va es cuando más me pica el bichito. Las hojas del cuaderno parecen estar recubiertas de una sustancia oleosa: la lapicera dibuja movimientos serpenteantes y continuos, como la cola de un gato. Las palabras brotan del manantial, pero algunas resbalan en mi mano y quedan impregnadas en mis dedos. 

¿Tendré que lavarme con detergente y agua caliente para limpiarme? ¿Así de fácil se limpian las palabras?

Escribir por el placer de hacerlo, para calmar mi sed, para sacar a pasear al diablo. Escribir salvajemente, como decía Marguerite Duras. Un grito silencioso, pero desgarrador. Tiro del piolín de las palabras para ver a dónde me quieren llevar, qué me quieren mostrar.  

Los gatos que se acercan cautelosos a la habitación. ¿Percibirán las llamaradas? ¿Escucharán este aullido mudo?

¡Ah, cómo me gusta este tipo de escritura! ¡El fluir de mis entrañas, el vómito del borracho, la catarsis del cuerdo! 

Interrumpo mi perorata con un mate (cómo te extraño, tabaco). Recojo los papelitos que las palabras dejan a su paso. ¿A dónde me llevan? Voy tras ellas como un tonto enamorado, camino en el bosque aunque afuera se haga de noche, imagino tesoros al fondo del arcoíris, sirenas que me llaman detrás de las cascadas.

-Che, disculpen. ¿Falta mucho? Me duele un poco la mano ya- pregunto a las palabras. 

Me gritan desde lejos que me deje llevar, que hace mucho no nos encontrábamos, que seguirán cayendo sin ver qué dijeron sus antecesoras. Me explican que, como dijo Saramago, una palabra tira de la otra: las buenas tiran de las malas y acabamos diciendo siempre más de lo que queríamos.

Sigo caminando tras ellas, entonces. Solas, van encontrando su ritmo. De a poco se va armando la melodía a medida que escribo. 

Las palabras parecen hormigas: por separado son insignificantes, pero juntas son capaces de levantar los cimientos de una casa. Cada palabra es una hormiga que lleva en su espalda una hojita. 

¿Dónde estará la hormiga reina? ¿Cuál será la palabra perfecta, la más deseada? 

Todas las palabras trabajan para ella, y quizás ni siquiera exista. O no sea más que un retrato colgado en una pared al cual rendirle pleitesía.

Ahora entiendo: estoy buscando la palabra reina. Las palabras se dan vuelta y me reclaman a lo lejos. 

-Ok, ok. Estamos buscando- me disculpo. 

Qué fácil se olvida uno de las palabras…

Y mientras tanto, camino en su bosque. Escribo lo que ellas quieren que diga, llevo mis hojitas al hormiguero porque parece que será un invierno duro, y el frío se siente cada vez más con los años. 

Entro al hormiguero y miro con cautela las palabras que me rodean, las que cayeron de mi lapicera y las que rondan mi cabeza (¡qué frío tengo en los pies!).

- Hola, disculpen, buscamos la palabra reina- digo con inocente coraje a unas palabras que, cuando las veo juntas, me avergüenzo de haberlas escrito. 

 Me estoy cansando y tengo que guardar la ropa que se juntó en la cómoda. ¿Dónde mierda termina esto?

Me detengo. Me tomo un mate. Caliento mis medias en la estufa y, con la sabiduría que otorga la distancia, entiendo que una vez más fui engañado por las palabras. Me han traído a un hormiguero sin salida. 

Y la palabra reina, aquella a la que tantas hojas le he dedicado en mi vida, no es más que este papel que, con más enjundia que talento, logré llenar después de tantos días sin agarrar una lapicera. 

Y sin tener nada para decir. 


viernes, 16 de febrero de 2024

ESTACIÓN SAN ANTONIO



Dicen las malas lenguas (cuáles serán las buenas) que en la estación de San Antonio de Areco es posible encontrar todos los días a un hombre esperando el tren, con su gran valija de cuero marrón clarito en una mano y un bastón de mala calidad en la otra, con un mango que semeja ser de oro y no llega siquiera a ser brillante. 

Paciente, mira al norte y al sur buscando algún rastro de su transporte. Muchos fueron quienes se acercaron para comentarle que el tren no pasa desde hace veintinueve años, que la estación está abandonada, que a los rieles los han tapado el pasto y los animales muertos y que los carteles que indican lo que alguna vez fue una estación están oxidados y ya no significan nada. El hombre, me contaron, solo les sonríe y les muestra el boleto, un viejo cartón con troquel que lleva impresos los números 25092021 y cuyo destino figura Ushuaia.

Todos los días desde que asoma el sol hasta que se esconde detrás de los silos aguarda su dicha en el mismo punto, delante de la muralla donde yace garabateada una gran hoja aguamarina y algunos animalejos que custodian su fuerza vital incuestionable. Llega temprano, con el astro rey aún despertando, y se retira cuando el cielo va tornándose violáceo e incomprensible. Los más chismosos me han deslizado que calza un sombrero de copa bien hondo y que, a la hora de la partida, se va silbando bajito, sin soltar un mísero insulto, cargando su valija a cuestas, la cual parece más pesada de lo normal. 

Dicen quienes han charlado con él que en Ushuaia lo espera una mujer joven y bella que ha conocido una tarde de domingo cualquiera, de esas que nada se espera porque nada sucede, en la plaza del pueblo mientras tomaba unos mates con su madre y algunos amigos de boina roja y camisa clara dentro del pantalón de vestir.

Los primeros días en que el rumor de un hombre esperando el tren tomó fuerza fue motivo de burla para la gente de Areco, tan poco acostumbrada que estaban al ridículo, pero al ver la tenacidad con la que se desenvuelve diariamente en su empeño lentamente aquella grotesca idea fue tornándose en algo más grave y pesado, una mezcla de lástima y valor, de optimismo y estupidez. De vez en cuando las viejas del pueblo, de cuyas bocas han salido las palabras más hirientes, se acercan a ofrendarle pasta frola y alfajorcitos de maicena caseros como para amenizar la espera, pequeña recompensa a tamaña cruzada, un brevísimo pero necesario mimo al alma.

A la tarde, cuando las esperanzas de ver su tren aparecer en el horizonte van apagándose lentamente como la vida, algún que otro gaucho le acerca un mate y allí quedan sin hablar, qué le van a decir a un hombre de esa estirpe, solo se escuchan los últimos cánticos de los pajaritos y los relinchos pampeanos de algún caballo cercano.

Los más osados se arriman para explicarle con cierta dureza que el tren no va a venir nunca más, que mire cómo está la estación a su alrededor, que ella ni siquiera lo olvidó porque nunca lo registró, pero él solo les sonríe y les agita su boleto con ojos tan grandes como desorbitados, para qué hablar cuando las palabras no le alcanzan dicen que dijo una vez, de las pocas que ha hablado. Cómo hará para explicar que no le interesa tanto que el tren llegue como tener la ilusión de que algún día lo haga y poder ver a esa chica que, aunque no lo recuerde, fue el amor de su vida por cuarenta minutos.


sábado, 19 de noviembre de 2022

La vida de un gusano

Llegué a este libro gracias a una nota que hice respecto a UBA XXII, programa de educación en cárceles en los penales de Ezeiza y Devoto. Allí conocí a Gastón Brossio, mejor conocido como "Wakiki", quien estudió Letras en el Centro Universitario de Devoto y durante sus 13 años de condena pintó más de 50 cuadros y escribió 4 libros. Este es uno de ellos.


En tiempos donde somos testigos de un mundo que se desmorona e igual lo televizamos para creer que somos parte de algo, reclamando una voz que hace que grita pero no incomoda (no es más que agua en el agua), este libro fue un baldazo de frescura para mi desencanto, no sólo político-social, sino (sobre todo) literario.


Porque destila realidad. Porque no está impostado. Porque sabe a quiénes les habla. No sé regodea en la masturbación intelectual de académicos que, con citas bibliográficas y palabras en apariencia complejas, pretenden explicar una realidad que desconocen por completo, porque eso pertenece al orden de la experiencia vital y no de las licenciaturas y los doctorados, más ligadas al ego y la vanidad. 


Me incluyo, eh. No me hago el boludo. Soy parte de lo que critico, quizás por eso tengo esta sensación indefinible en la garganta, la misma que sentí cuando escuché a Gastón leer el prólogo de su primer libro, y la denuncia ante mi condición de "llámeme licenciado" fue tal que no pude más que evitar el llanto para no quedar como un boludo.


No caigo en el romanticismo típico del progre universitario de clase media porteña, al menos no con este libro, porque muchas veces me peleé con él. La literatura delictiva tiene eso: te enfrenta con tu moral, te obliga a entender la contradicción que implica existir, tanto en términos sociales como metafísicos. 


En muchas páginas he llegado a aborrecer a Wakiki porque me ponía en la piel de quienes robaba y sé lo que se siente. Pero a la página siguiente mi moralina se iba disipando para dejar ver el corazón de un pibe sensible que sólo tuvo la ¿mala suerte? de haber nacido en Fuerte Apache, en los años 80.


Si quieren un acercamiento a esa realidad, se los recomiendo. Si quieren pajear su ego, vayan a cualquier blog o revista "cool". Está repleto...

lunes, 14 de noviembre de 2022

Escollera sur

 Es 1985 y me llamo Demetrio Pastor. Aclaro estos datos más para reafirmar mis seguridades que para quienes me escuchan, ustedes de seguro olvidarán mi nombre tanto como yo he olvidado los que me precedieron en el camino. Solicito avergonzado tengan en cuenta esta declaración más como una necesidad de protección que una expresión narcisista. Los nombres y calendarios me dotan de una seguridad tan falsa como los números: no existen pero simulan explicar, a pesar que mi anhelo secreto es despertarme una mañana y descubrir que dos más dos da tres y ahí quiero verlos, adónde iremos a correr cuando hasta los números nos abandonen.

Desconozco la necesidad de contar esta historia tanto como los motivos que me empujan a pensar lo que pienso. ¿Acaso alguno de ustedes puede manejar lo que pasa por sus mentes? Solo quisiera dejarles en claro lo que sentí esta mañana en el lugar más misterioso y bello (disculpen la redundancia) que he conocido.

No soy un hombre letrado —apenas he aprendido a leer en la escuela, la cual no he concluido, y rápidamente tuve que ponerme a trabajar junto a mi padre, estibador en el puerto de Mar del Plata de una empresa inglesa cuyo nombre preferiría no dejar asentado. Aquí he nacido y aquí moriré: en las frías aguas del Atlántico sud, donde los inviernos son tan crudos como mi padre y el viento tan común como el dolor de espalda.

Escuchen con atención. Escuchen con el corazón y no con los oídos. Vibra la imaginación, no el sonido. Escuchen la historia de este hombre notable que humildemente viene a acercarles un ápice de esperanza entre tanta máquina. Escuchar a alguien que sabe es como beber un buen vino. No sabré escribir, porque nunca he leído; pero sí sé hablar, porque he vivido. Los sustantivos y predicados se los dejo a quienes el sol no ha llegado a demacrar la piel de su rostro.

Me gustan las cosas que tienen alma: estas palabras flotando entre algodones, el aroma del mar, el horizonte yéndose de mis posibilidades. Las cosas que tienen alma se alimentan de las experiencias, ciertos viajes, perfumes de otras tierras, viejos amores, pérdidas irreparables, bailes sobre la mesa. Un espíritu alimentado es un espíritu rico. Yo soy rico. A mí, ignorante en todo salvo en la ignorancia, solo me quedan los relatos llenos de brío, este momento en que fumo bajo el sol de la tarde en la escollera sur del puerto junto a las olas que rompen fuertes pero piadosas y nos mojan con su bruma, siempre tan liberadora y febril, y ustedes me escuchan o hacen como sí, me da igual, nadie está obligado a retener estas frases que con más ahínco que sabiduría les vengo a relatar.

Esta madrugada al terminar mi jornada laboral (en el puerto hasta los horarios son crueles) me vine hasta el extremo de la escollera a contemplar la potencia del mar y sus secretos. El sol nacía tímido detrás de un manto gris y una constante llovizna exageraba el frío en mis pómulos. Me levanté la solapa del raído sobretodo y calé bien hondo mi boina debido al viento. Lo vi sentado unos metros más abajo de donde me encontraba, sobre las grandes rocas que hacen de frontera a las olas, solo como buen pescador, con la caña a su lado a modo de excusa para decir que estaba haciendo algo, quizá para no reconocer que estaba concentrado con mundos que solo él conocía (todos tenemos nuestra propia escollera).

De vez en cuando la tanza se contraía pero él ni atención le prestaba, bastante tenía con sí mismo. Sentí cierta pena avara al ver que, luego de un tiempo de lucha, la tanza se cortó y la caña quedó flácida, poco viril, triste, a su lado. Poco le importó. Continuó fumando su cigarrillo a la vez que sacó una botellita de vidrio del bolsillo interno del sobretodo que bebió a pequeños sorbos. Logré divisar que no quedaba mucho dentro de ella.

Semejante expresión de desinterés alimentó en mí una especie de denuncia, una alarma que sonó en lo más recóndito de mi interior, un llamado a rebelarse contra mí mismo y mis sueñitos tan pueriles y corrientes. Lo vi arrojar la colilla al mar y volver a ponerle una nueva tanza a su caña, entendí yo, para continuar disimulando la lejanía en la cual se encontraba.

—¿Hay pique? —me arrojé el derecho a interrumpir su trance.

—Siempre hay.

Lo miré de costado, mano izquierda en el bolsillo, la derecha en el cigarrillo. Él estaba sentado abrazando sus rodillas. No me vio.

—Mirá esto —me señaló el reflejo del sol naciente en el agua—. Mirá fijo. ¿Lo ves?

—Sí —mentí.

—Son como estrellas plateadas que saltan de un lado a otro. Parecen chispas —hizo una pausa y meneó la cabeza—. Qué hermoso todo…

La caña volvió a tensarse. Era algo grande.

—Che, parece que atrapaste algo —le dije.

—Sí…

Fumó su cigarrillo sin quitar la vista de las pocas estrellas que se negaban a la retirada. Luego de una lucha desigual, la caña que se sostenía en un hueco de piedras cedió. El hombre, calculo de unos setenta años y con boina algo pasada de moda, solo atinó a encender otro cigarrillo y darle un nuevo sorbo a su botellita. Se secó la nariz con un gesto rápido y ordinario y carraspeó antes de perder nuevamente su mirada en el más allá.

Pasamos toda la mañana juntos. Me contó que trabaja en una empresa procesadora de pescado desde los trece años cuando su madre, empleada doméstica de los Ortiz de Alsina (una de las familias más aposentadas de Mar del Plata), lo abandonó obligada por quien fuera su padre, el hacedor de toda la fortuna, don Miguel Ortiz de Alsina, dueño de todos los frigoríficos que se encuentran en los suburbios y hay quienes dicen que su abuelo era íntimo amigo del mismísimo Patricio Peralta Ramos.

No sabría contarles si era una persona de buenos sentimientos o el más humano de los humanos. Tenía una energía especial, misteriosa pero atractiva como el mar; su único amigo, según me dijo. Habló de burdeles portuarios y varias noches sin dormir, de dinero y del Templo de Debod, de héroes y tumbas, de Príapo y esta misma escollera que en este momento ustedes están pisando a la cual llamó “el portal” por su condición de frontera entre nuestro mundo y otras tierras, más lejanas y remotas, misteriosas aguas sin tiempo ni espacio.

Lo escuché con la atención propia de lo marginal, con la guardia alta pero interesado. Fui ingresando en su mundo de a poco como los gatos, quizá por la curiosidad que sentía anidaba en la babita que dejaban las palabras de aquel viejo extraño. No era el mejor de los oradores (el whisky malo hizo muy bien su trabajo) pero algo pude comprender: lo que él llama “el portal” no es más que un mero amontonamiento de piedras y fierros oxidados que frenan el avance del mar y delimitan las fronteras del puerto. Al escucharme decir esto fue la primera vez que me miró, con el enojo propio que genera la distancia no tanto física sino espiritual, los ojos inyectados de alcohol, tabaco y soledad.

Trató de explicarme sin ningún tipo de didáctica que aquí, donde quiera que levantes la vista, hay alguna presencia de muerte (perdón, de vida; se excusó): me desafió que vea con atención las placas conmemorativas de gente para nosotros desconocida que, silenciosa y firme como la roca, fijan la memoria a nuestros sentidos; los restos de pescados esparcidos en las hendijas de las rocas que fueron y ya no son, inertes, con sus grandes ojos inexpresivos tan del abandono físico, muy de otras tierras donde no se necesita ver ni oír ni tocar, restos que allí quedaron sin servirle a nadie más que al tiempo; San Salvador, patrono de los pescadores, imponente y rústico, custodiando una ciudad que le reza pero también lo juzga, con las placas a sus pies, eterna súplica de olvidos y recuerdos, y él que hace como que no escucha y mira al frente, siempre al horizonte, siempre a lo que no se ve y nos cuentan que existe, placebo para soportar lo inevitable; a lo lejos, algunas pintadas sobre las piedras mohosas e imperecederas:

“Solo muere quien olvida, y mientras viva, no morirás jamás”.

“En memoria de Jorge Paz, tu amiga Nuncia”.

“Matilda Esther Rincón, 1901-1980. Tu familia te ama y no te olvida”.

“Juanito, presente”.

La memoria pende de un hilo en los colores utilizados en aquellas paredes, qué responsabilidad aquel destino que le han tocado a esos míseros tachos de pintura, qué peso y qué honor tan grande mantener viva la memoria de quienes ya no están para que quienes estamos recordemos que alguna vez estuvieron.

—Y están, claro que están —me dijo.

No terminó de hablar cuando, a unos metros de donde nos encontrábamos, una mujer arrojó unos pétalos de rosas al océano. Ya era todo día y nos quedamos en silencio observando cómo la marea se encargó de llevárselos, silenciosa trabajadora los arrastró y desarmó a su antojo, comenzaron a alejarse entre ellos para no verse nunca más. La mujer abrazó a su marido y ambos sonrieron como si el dolor ya no fuese solo dolor sino también algo parecido a la calma. Y mientras tanto, los pétalos siguieron su curso: se mezclaron con la caña del viejo y la bruma de las ondas matutinas, simplemente se dejaron llevar, no opusieron resistencia alguna a su destino, no se detuvieron ni una vez a reclamar su camino. Algunos quedaron en las piedras, aún no era su turno. Miren, ahí hay uno.

Me salió responderle que sí, que podía ser, que qué sé yo, que simplemente soy un laburante más del puerto y que, historias de fantasmas como esas, había escuchado miles.

Sentí la pena en su mirar cuando levantó los ojos para verme. No me dirigió más la palabra. Bebió otro sorbo de la botellita que arrojó violentamente al mar al darse cuenta que estaba vacía. La caña volvió a atirantarse; la tanza se rompió. Encendió un cigarrillo antes de colocar pacientemente un nuevo trozo de cordel en el reel para demostrarme que para él, a partir de ese momento, yo era menos que las lombrices que utilizaba de cebo.

Me retiré entre risueño y dubitativo. Viejos locos como estos son moneda corriente aquí en el puerto, levantas una piedra y sale uno, por lo que rápidamente olvidé su encuentro hasta que lo vi unas horas más tarde del otro lado de la escollera, la que da al mar abierto, abrazado a una mujer vestida de largo con sombrero antiguo de grandes flores a los costados.

—Te extraño mucho, Jorge.

—Yo también a vos, Nuncia.

La sorpresa se convirtió en fascinación cuando, al levantar la vista sobre la gran roca que me protegía, alcancé a leer en letras rojas:

“A la memoria de Demetrio Pastor, siempre presente”.

Debería haber sentido miedo, pero no fue así. Debería haber desesperado, pero estaba más tranquilo que nunca. Acaricié mi rostro y contemplé mis manos: los surcos y callos allí seguían, firmes como los barcos abandonados. Una lágrima rebelde me hizo dudar si estaba vivo o muerto. Nunca supe quién firmó tamaña declaración de amor. Busqué a Jorge y a Nuncia pero ya no estaban.

Entonces fui a buscar mi caña, encendí un cigarrillo y aquí estoy: ahora es 1879, no sé cómo me llamo y ni siquiera sé si ustedes existen y me están escuchando.

viernes, 14 de octubre de 2022

LO REAL

 “Entre tus esperanzas y el cielo, ¿no aparece suspendida para siempre una densa, lúgubre, ilimitada nube?”

EDGAR ALLAN POE, William Wilson.


Me gusta escuchar la radio mientras viajo en colectivo, sentado en el asiento individual más próximo a la salida trasera. Me gusta regodearme en los placeres de la introspección sin la exasperante mirada ajena, siempre tan inquisidora, nunca tan inocente. Me gusta aprender de la gente que tiene algo interesante para decir, las salidas ocurrentes, los gags improvisados, las rutinas bien pensadas y guionadas que remiten a otros temas distintos a los que se están hablando, haciendo de la charla un fractal que se deja abrir a la imaginación. Me gusta más escuchar que hablar, de ahí quizá mi tumultuoso (yo quería escribir “rico”, pero bueno...) mundo interior y la exasperante necesidad de expresarme. El estímulo del pensamiento en palabras que se deshacen como burbujas en el aire, ser un testigo maravillado de cómo van construyéndose las ideas, lo difícil que es expresarlas y lo portentoso de escucharlas. Disfruto de todo el goce que me es permitido acceder en la agonía de la tarde de una jornada ilusoriamente idéntica a la anterior, posiblemente igual a la de mañana, y así. Un día más en mi vida, un día menos.

Iba viajando esa tarde en el 42 que va de Ciudad Universitaria a Pompeya, volando en imágenes y sonidos, sonriendo ante la complicidad que genera la compañía radial, abstraído de un mundo que no me alcanza ni satisface, cuando siento que alguien me llama, no con voces ni ademanes escandalosos sino en silencio. Pongamos que era invierno y estaba nublado; o quizá era verano y el sol aún incomodaba al tacto, aunque me gusta más pensar que era primavera y el día comenzaba a bajar los telones de una función que lentamente llegaba a su fin.

La ví parada a mi lado. Aún no logro descubrir por qué ella fue una de esas. Rubia, pero no fría. Elegante, mas no estirada. Sensual, pero con estilo. Era una linda mujer, sí, pero tampoco nada del otro mundo. Quizá por eso su presencia me noqueó a tal punto que ya no fui capaz de distinguir las voces de la radio de las de mi cabeza. No entendía de dónde venía semejante atracción, abrí de par en par las puertas a un mundo que bien conocía pero nunca agoté, la punta del iceberg infinito, la poesía sin palabras ni versos que dice más de lo que habla, un impulso deseoso de ser satisfecho que reclama más y más y que golpea donde más duele, allí donde el margen de acción es mayormente limitado porque el corazón siempre me exigió cosas que nunca pude darle. Nobody knows where you are, how near or how far... 

Decidí adoptar una postura de hombre distante, no entregarme a sus designios desde un principio sino ejercer cierta tirantez en la cuerda para que del otro lado tiren también; jugar al gato con el ratón, por lo que me crucé de brazos para realzar mi personaje, apartado pero interesado. Cosa rara el ser humano, che. Adoptamos posturas y personajes, elevamos paredes y barricadas para protegernos de lo que llamamos vida para luego aullar nuestra pena a la luna, minimizamos errores y maximizamos virtudes en pos de un poco, tan solo un poco de cariño, de aceptación, de valoración. Como si con eso alcanzara. Como si eso fuese a salvarnos. Como si salvarse fuese... En fin.

Por otro lado, ¿qué otra actitud podía adoptar? ¿Darme vuelta y preguntarle la hora? ¿Y por qué no, Rubén? ¿Acaso lo tenes prohibido? ¿Presentarme como un hidalgo recién bajado del caballo y arrodillarme ante semejante demostración de algo parecido a la belleza? Una mujer detesta a los kamikazes de la seducción, mucho más a la salida del trabajo un martes a las seis de la tarde en un colectivo repleto que da vueltas por media ciudad entre bocinazos e insultos que develan otro tipo de frustración más profunda. Ni siquiera yo tenía ganas de hablar. Por otro lado, siempre deteste esa pseudo arrogancia tan típica de los papanatas. Toda la vida preferí quedar como un boludo y no como un zarpado. Y por eso lo sos, Rubén. Che, pero tratame bien, yo no te hice nada. Vos tratate bien.

Pero aunque breve como la dicha, algo ví en su mirada. Me propuse saber hasta dónde esa chispa que logré divisar podía convertirse en fuego o si había caído presa de un personaje bien interpretado, una vez más. Aún no puedo descifrarlo y temo que el recuerdo sea todavía menos grato que aquel fugaz instante de sosiego. Es extraño cómo no solemos apreciar la belleza más que en chisporroteos, y después... Cuánta vuelta le das a todo, hermano, pareces una calesita. Andá y hablale. ¿Qué puede pasar? Que vos me sigas rompiendo las pelotas, eso puede pasar. No te aguanto más. Yo a vos tampoco.

 La sorpresa, la alegría y el terror se entreveraron en mí cuando me sonrió. Mis exagerados niveles de respeto y vergüenza obligaron a que inmediatamente retirase la mirada. Ella estaba tirando de la cuerda, incluso más que yo. Esperé un tiempo prudencial para no parecer un maniático y la miré nuevamente. Es increíble cómo nos movemos todos en un plano aparentemente único y, detrás de las sonrisas, donde apretas sale pus. ¿Qué estará pensando en este momento? Yo me estoy haciendo una terrible película y capaz que está pensando en la hamburguesa que se va a pedir ahora cuando llegue a su casa. ¿Dónde vivirá? ¿Cómo pensará? Como vos, boludo, debe ser una miserable igual que vos que nunca muestra todo el mazo y con una sonrisita compra a todo el mundo, nada más que a ella le creen. Y lo bien que hace. Sí, pero hay límites. ¿Vos hablando de límites? ¿Te olvidaste lo que me decías cuando Jorgelina me dejó? Menos mal que estoy yo para ponerte los límites que si no...

Volvió a sonreírme. Fui ganando territorio a medida que fui entrando en confianza, como los gatos. Confianza que ella misma me otorgaba. Ella marcaba el camino, yo solo me limitaba a entender las señales y seguir caminando a paso lento pero seguro como hacen los cobardes que pretenden ser poetas y viven como médicos. Por demás, el juego me gustaba y estimulaba. Su número de teléfono no era ya mi único objetivo sino que quería dar vuelta esos roles. Quería ser yo quien dejara los papelitos en el camino, quería ser yo quien marcara la velocidad del metrónomo, deseaba ser yo el deseado. “Yo, yo, yo”. Te vas a ahogar en tanto vos, Rubén. Ya estoy ahogado en mí, quedate tranquilo. ¡Ja! Si no fuese por mí, ya estarías ahogado de verdad. Me debes tantas... Yo no te debo nada. “Yo, yo, yo”, otra vez...

En mi deteriorada manera de entender la realidad a esa altura ya era un triunfo. Con acercarse a la victoria se conforma un perdedor. Pero sus ojos reflejaban cierta lástima en torno a mi debilidad. Pude notar cómo mi vergüenza alimentaba un sentimiento en ella muy similar a la ternura. Yo no era rival, en ningún sentido. ¿Y por qué tiene que ser tu rival? Deja de interpretar la vida como un campo de batalla, no sos un soldado. En algún punto todos lo somos, estamos en la lucha por la supervivencia. Pero no sos un animalito, Rubén, dejate de joder. 

Bien sabía que no estaba a su altura y sabía que yo también lo sabía. Ay, si algún día aprendieras a quererte tan solo un poco… En ningún momento me clavó el puñal de la fría indiferencia ni restregó sus pergaminos de conquista en mis fauces. Entendió toda la situación y aún así me respetaba y me miraba y me sonreía. Cuánta luz en un ser humano. No todo está perdido, Rubén, todavía estás en carrera. Bueno, ayudame entonces. ¿Qué más querés que haga? Me conformo con que estés de mi lado. Siempre lo estoy, Rubén, solo que no te das cuenta... 

A la tercera vez que me sonrió entré en pánico. No podía dejar pasar esa oportunidad, no otra vez. Es ahora o nunca. Querer y no poder no se lo deseo ni a mis peores enemigos. La impotencia es el castigo del alma. Pero querer y poder y no hacerlo... ¿A quién le iba a echar la culpa? ¿A qué excusa recurrir cuando todo dependía de mí? No hay peor enemigo que el que habita en mi cerebro. Me exige, me demanda, me juzga, me intimida. ¡Dale, cagón, que está todo bien y está esperando que le hables! ¿Pero qué le digo? ¡Qué sé yo, inventá algo! ¡Hablá! Bueno, pará, hablame bien. Estás tan metido en vos que no sabés cómo hablarle a los otros, Rubén. Es por culpa tuya que no me dejas tranquilo ni un segundo. Dirás tuya, en todo caso. Cínico.

Intenté pensar en algo ingenioso como para romper el hielo, cortito y concreto, algo que demostrase templanza en este tipo de situaciones. Debía ser algo capaz de denotar experiencia en el campo de batalla (otra vez…), que estaba a la altura de la situación, pero tampoco quería tirar frases a lo José Narosky y perder el poco camino recorrido que había construido (¿ella o vos?) hasta el momento. No podía perderme en la montaña apenas comenzado el ascenso. El límite entre la genialidad y la estupidez es demasiado fino, y en ocasiones se confunden.

Pensá, Rubén, que sos un tipo inteligente. Dale que vos podes, pero qué linda es, ni en pedo me da bola, me debe haber sonreído para no aburrirse en el viaje de vuelta a su casa donde la está esperando su novio, metro noventa de alto, inteligente, gracioso, sagaz, fachero, sexy, artista, talentoso, buen tipo. La puta madre, ya me achiqué otra vez. Te achicaste otra vez, cagón. Siempre igual vos. Siempre igual yo...

Pensé en escribirle una notita. ¡Sí, esa es! Esto es como en los CV, tengo que hacerme el ingenioso y ofrecer algo distinto a lo que ofrecen todos. ¿Cuántos tipos le van a tirar una notita en un colectivo repleto de gente un martes a las seis y pico de la tarde? No sé cuántos pero qué pelotuda suena esa idea, hermano. ¿Qué sos, un preadolescente en la colonia de vacaciones? Ya estás grande, Rubén, dejate de joder. Está bien, tenes razón. Seguí pensando. Voy a seguir pensando. 

Un aire de resignación comenzó a invadirme. En definitiva, ¿qué carajo me importa esta mina? ¿Y si es una mala piba? ¿Y si no tiene dos dedos de frente? ¿Y si coge mal? ¿Y si es el diablo haciendo su ronda en busca de algún idiota como yo? La voy a mirar por última vez y chau. Acordate de pasar por la verdulería cuando bajes que no tenés más naranjas. ¡Cierto! Menos mal que te acordaste. Qué sería tu vida sin mí...

Sonreí. Sonrió. 

¡Ay, Dios mío! Esto no me puede estar pasando, a mí no me pasan estas cosas. ¿Por qué habría de ser yo el elegido? ¿”El elegido”? ¿Qué te pensás que es, una historia bíblica, una película con Denzel Washington? Qué enroscado estás, hermano. Qué enroscado estoy. ¿Cuántas veces escuchaste historias como éstas, Rubén? Claro que puede pasarte a vos, ¿por qué no? El tema es que sos un cobarde, aunque a veces creo que más que cobarde sos un masoquista. Te regodeas en el sufrimiento, te alimentás de él. ¿Cómo me va a gustar sufrir? No digas estupideces. ¿A quién le gusta sufrir? Yo quiero estar con ella, pero no puedo. No puedo, hermano. Hay demasiadas barreras que sortear. Debe pensar que soy un pelotudo. Y tiene razón. Bueno, pará un poco.

Me convencí que solo debía hablar, que no hacía falta decir nada espectacular, que en el terreno de la conquista no había frustración ni desencuentro ni dolor que no haya experimentado ya. Pero ese es precisamente el problema: ya sé lo que duele. No es simplemente acercarse a hablarle a una mujer. Hay otras cosas en juego mucho más profundas. ¿Cómo cuáles? Vos sabes mejor que yo, o no te acordas el día que.. Si, bueno, no empieces otra vez con lo mismo. Tu autocompasión me tiene podrido. Entonces deja de recordármelo a cada instante...

Las aguas comenzaron a revolverse elevando los sedimentos que se encontraban reposados en el fondo. Ya no eran cristalinas. Nunca lo fueron. Mirá si me pasa como aquel día, ¿te acordás? Otra vez no, por favor. ¡Qué mal la pasé! Me acuerdo y me doy asco. ¿Te das cuenta? Vos queres experimentar la vida y te incomoda que almuerces a un horario diferente al de todos los días. Sos un cagón, Rubén. Un cagón peligroso, porque no admitís tu condición de cagón. Vos crees que sos muy existencialista y que tenés tu propia visión estética y ética del mundo pero no sos muy diferente a tu viejo o al vecino de la esquina. Te dije mil veces que no me compares con él, estás jugando sucio. En vez de tirarme mierda, ayudame a afrontar esta situación. ¿Tanto rollo por hablarle a una mujer? ¡Andá y hablale! Qué fácil que es para vos, yo soy el que pone la caripela. ¡Yo también, flaco! No, vos te escondes en las sombras. ¡Como vos! En realidad vos sos el verdadero cagón. Por lo menos yo sé cómo hablar con las mujeres. Andá a la puta que te parió.

Debo haber estado cavilando un largo rato porque cuando levanté la vista ya no la tenía a mi lado. ¿Dónde está? Se te fue, Rubén. No aprendés más, flaco. Desesperado, comencé a buscarla con la mirada por todo el colectivo. La encontré en la butaca del medio de la hilera de asientos traseros, en el que mira de frente a todo el pasillo. Parecía la reina del colectivo. Y lo es, juro que lo es. Con mayor esfuerzo del que imaginé puede ganar mi pequeño territorio frente a la puerta de descenso, justo frente a ella. 

Ya sea en medio de una balacera o hablando con una mujer, cuando te encontrás en una situación límite (¿para tanto, Rubén?) hay un punto en donde tu conciencia te abandona y todo se vuelve puro instinto. Nada importa algo. Cruzar ese límite es sumamente liberador en el momento, pero cuando la conciencia retorna comienza a desmenuzar el pasado para darle un sentido, una estructura lógica, una explicación, y la vergüenza invade tus actos como un riguroso profesor que examina tu parcial a la vez que menea la cabeza reafirmando la negativa diciéndote, palabras más, palabras menos, que sos un pelotudo. Soy un pelotudo. Cómo no le dije tal cosa, cómo no hice tal otra. Bueno, pero hice lo que pude. Y pero podrías haber hecho más, flaco. Siempre se puede hacer más. Con ese criterio no voy a ser feliz nunca. ¡Ja! ¿Recién ahora te das cuenta, Rubén? 

Pongamos que le pregunté la hora o qué opinaba del concepto de felicidad, lo mismo da, la cuestion es que me devolvió todas las paredes, se reía ante cada comentario mío, me miraba con una leve sonrisa casi imperceptible en sus labios y cuando lo hacía me parecía aún más hermosa. Sus ojos eran intensos pero no agresivos, me llamaban como el canto de las sirenas. Sabía que tenía una sola bala, debía dar en el blanco. De lo contrario, pum, puerta de salida, hasta nunca, que pase el que sigue. Estamos en Cabildo y Lacroze. Hasta Dorrego tengo más o menos quince minutos. Veinte si tengo suerte. No te queda mucho tiempo...

Cierto temblor dejé entrever en mi voz al pedirle su celular con la excusa de que en breve debía bajarme y que así podría avisarle en ocasiones futuras cuándo estaba por llegar el colectivo, ya que siempre lo tomaba en la cabecera. Qué patético sos, chabón. Dejame tranquilo, ya no me importa nada. Qué no te va a importar, mentiroso…

  • Puedo bajarme con vos en Dorrego y vamos a tomar algo si querés - soltó.

¿Viste? Solo tenías que hablar. No la vayas a cagar ahora… ¡Dejame tranquilo! ¡Andate! ¡Ja! ¿No te das cuenta que si me voy te llevo conmigo?

La cosa fluía. Nos entendíamos. Nos reíamos e indignábamos de las mismas cosas. Comencé a soltarme. Empecé a dejar entrever cada vez más mi desbordada humanidad, mi romanticismo tan absurdo como idealista, le permití acceder al picaporte de la puerta de entrada a mi apocalipsis privado de embellecida fatalidad con la única condición de no hacerme cargo de lo que en él pudiese encontrar. Me dí cuenta que le gustaba. Ya no se sabía quién tiraba los papelitos ni cuál era el camino. Tampoco importaba. Solo había que caminar.

Tomamos tres cervezas, pongamos que cuatro. Sin entender cómo ni cuándo dejamos de ser dos desconocidos. Comenzó a tocarme el brazo cada vez que se reía, ahora a carcajadas. La noche había perdido toda lógica y el tiempo no era el del reloj sino el de las estrellas. Nos acostamos tarde y nos despertamos temprano pero ninguno de los dos fue a su trabajo a la mañana siguiente, inventamos una fiebre o algo por el estilo, poco importaba. Escasas veces en mi vida había tenido una conexión tan rápida con alguien. Su piel, su pelo, su perfume, sus gemidos, su pasión, todo de ella me encantaba. Su belleza me perforaba, no me dejaba pensar con claridad. Perdí las riendas de mí mismo. Era un caballo salvaje galopando en el campo sin montura, un lobo feroz que finalmente probó sangre humana, la lengua del deseo relamiendo los labios de la locura. 

Comenzamos a vernos con asiduidad. Cada encuentro era mejor que el anterior. A los dos años estábamos viviendo juntos y tuvimos una hija tan hermosa como ella. Se llama Rosella y dice que de grande quiere ser científica, como el padre.

Sonó el timbre. No recuerdo si fui yo u otra persona quien presionó el botón. Me bajé en el parque Los Andes, como todos los días. Desconozco qué estaban diciendo en la radio. A esa altura esas voces eran simplemente ruidos en mi cabeza. Como tantos otros. Callate. Callate vos. En la esquina de Dorrego me dí vuelta a ver si el azar me daba un guiño y de casualidad se había bajado en la misma parada que yo. No estaba. Observé con detenimiento al colectivo aún parado en medio de la avenida, esperando que suba la gente que vaya uno a saber cuánto hacía que estaba haciendo la fila para volver a sus hogares. Logré divisarla en medio del gentío, parada en el pasillo con ojeras de cansancio y el celular en la mano. En ningún momento atinó a mirar por la ventana. Estaba en su mundo. Todos lo estamos. Seguro que es más lindo que el tuyo. Me reí a carcajadas. A veces sos pillo, eh. La gente a mi alrededor me miraba desconcertada.

Encendí un cigarrillo y caminé por Dorrego hasta Villarroel. Compré bananas y naranjas en la verdulería. En la radio creo que estaban hablando de Silvio Soldán.  



jueves, 29 de septiembre de 2022

YO SOY EL MAR

        El mar, siempre el mar. Mi alma en estado líquido, la ansiedad que se evapora con la bruma, tan vasto como mi corazón, lejano horizonte donde todo empieza y nada culmina; constante murmullo volátil de la última frontera, rumores de olvido en cada ola, destellos de soledades y fantasías. 

    Busco el mar y no lo encuentro. Lo busco como quien anhela ver un viejo amor para ver si sigue siendo la misma, si yo sigo siendo el mismo, si hay algo o alguien que pueda mantenerse estático al menos unos segundos (o años, da igual) en esto que se mueve tan rápido que da la impresión de estar parado.

    “Al mar hay que tenerle respeto”, solía decir mi madre a modo de prédica antes de la inevitable zambullida mañanera en las playas de Punta Mogotes. Tendría seis o siete años. La irreverencia infantil matizada con un mundo que todavía se me figuraba mágico, además de la energía desbordante de aquella época de mi vida que recuerdo con sumo cariño, eran el combo ideal para creer que podía hacerle frente hasta a las estrellas. Ahora, mientras tecleo estas palabras, el calendario me dice que tengo treinta y pico: ya no creo en reyes magos, puedo asegurar que no sé absolutamente nada de lo que me rodea y, si empiezo a hilar fino, hasta me parece ingenua la revolución...

    De pequeño me divertía creando fantasías épicas en donde era el protagonista. Tenía mis secuaces, por supuesto. Eran mis familiares y amigos más queridos, tan leales y dignos como yo, aquellos que consideraba estaban a la altura de semejantes cruzadas imaginarias. Mi excitada imaginación oscilaba desde la recreación de una batalla medieval hasta un campeonato mundial de fútbol donde el comedor de mi casa oficiaba de Maracaná. Otras veces era la sala de estar de la casa de mis abuelos, que tenía una alfombra verde como el césped que alimentaba mi ilusión. No tenía patio ni jardín, siempre fui un niño de departamento, y las veces que lo hice en la plaza detrás de mi casa la fantasía se rompía cuando hacían su aparición los vecinitos del barrio y mi imaginación entraba en otra lógica, no menos placentera pero sí más concreta, porque los rostros de golpe tomaban forma propia, las personalidades de mis jugadores ya no eran las que imaginaba sino las que veía en mis ocasionales compañeritos de equipo, no había goles sobre la hora donde todos nos abrazábamos y gritábamos subidos al alambrado en comunión con nuestros fieles seguidores que aguantaron estoicamente los embates de los caballos de la policía en San Martín, la tribuna no estaba llena de gente que coreaba nuestros nombres porque las únicas tribunas que había eran los bancos de la plaza donde algún abuelo nos miraba con cierta nostalgia recordando vaya uno a saber qué época pasada, los rivales ya no tenían todos las mismas camisetas sino que portaban las que podían, con colores disímiles y lavados. 

    Una de aquellas recreaciones fantásticas sucedía todos los veranos en mi amada Mar del Plata. Me paraba en la orilla con los pies en el agua, las olas acariciaban mis tobillos y, al retirarse, me hundía poco a poco en la arena hasta quedar encallado. Luego de valuar el mensaje mafioso que me enviaba el mar, quien con solo con una pequeña ola ya me generaba un obstáculo, liberaba mis piernas de un tirón y me preparaba para la batalla. 

    Siempre cumplía el mismo ritual: miraba firme hacia el horizonte, calculaba en qué dirección en línea recta se encontraba el África y pretendía alcanzarlo a pesar de que esa gigantesca masa de agua intentara detenerme. Me metía poco a poco como un ejército que se interna en la selva enemiga pisando sobre seguro, ganando territorio. Todos los días avanzaba un poco más que el anterior. Quería saber qué tan poderoso era realmente, desafiar los límites de lo establecido y poner a prueba los míos. Miraba para atrás hacia la playa calculando la distancia y, al ver que estaba un poco más lejos que ayer, sentía un gran orgullo de mí mismo que creo nunca más volví a experimentar.  

    No me asustaban sus misivas. No lo respetaba, o hacía como que. Caminaba despacio hacia él mientras las olas iban rompiendo cada vez más fuertes, primero en las piernas, luego en la cintura. Algunas lograban hacerme retroceder, pero ahí es cuando tomaba mayor impulso y seguía, seguía, seguía hasta que estallaban en mi pecho. El mar iba aumentando la intensidad de sus amenazas. No ponía las manos ni metía la cabeza bajo el agua, ni las saltaba ni las esquivaba. Afirmaba los talones y ponía el pecho, pum. A veces calculaba mal y rompían de lleno en mi cara, crash, dale, dame más que no me duele, pum, ¿tan fuerte sos? 

    Todo ese circo se repetía día a día, verano tras verano, hasta que pasaba la rompiente y el agua me llegaba a los pezones. Ese solía ser mi límite, mi punto de no retorno. Pero aquella mañana, pispeando que el mar no estaba muy revuelto (cosa rara en Punta Mogotes), por primera vez decidí incursionar en territorio desconocido. Recuerdo como si la estuviese viendo que flameaba la bandera roja y negra en el puesto de guardavidas, cosa que no entendí porque realmente se lo veía muy calmo. Pensé en las pocas ganas de trabajar que tendría el guardavidas y que, por las dudas y para cubrirse, acomodó la bandera de peligro y a otra cosa. No lo juzgo, yo también hubiese hecho lo mismo.

    Crucé el límite. Me adentré desafiante en los placeres de un mundo totalmente ajeno al mío. Me encontré en la frontera entre dos universos complementarios pero bien distintos. En nuestro territorio, el suelo bajo los pies es la base y el límite es el cielo. Podemos expandir nuestras plegarias hasta el infinito y lanzarlas hacia lo alto como un estruendo, mezcla de fuego y lascivia. Aquí necesitamos oxígeno para vivir y moriríamos si pasáramos mucho tiempo bajo el agua. Por el contrario, en el otro mundo, tan misterioso como poderoso, el universo se expande hacia abajo. Como el infierno. Habitan criaturas extrañas y desconocidas, como en el infierno. Es un mundo autárquico y dolorosamente bello, como el infierno. La superficie del agua es su cielo y las súplicas de sus habitantes se dirigen hacia los confines subterráneos del océano. El mundo terrenal es un cosmos sin vida para ellos. Morirían al salir de su hábitat, salvo algunas raras excepciones como los cocodrilos o los pingüinos que pueden combinar ambos universos y deberían ser analizados en profundidad antes de que se apoderen de todo cuanto nos rodea.

    Recuerdo ver a la gente a mi alrededor chapoteando en el agua como si fuese algo banal, sin comprender la complejidad de la situación en la cual se encontraban. Estábamos todos jugando en la frontera más hermosa del mundo, abandonado nuestro territorio, nuestras costumbres y comodidades para acceder poco a poco a otro universo, un espacio que no nos es posible habitar ni comprender pero nos fascina. Dudo que una corvina sienta algo parecido por nuestra tierra.

    Aquella mañana caminé hasta que el agua me llegó al cuello. La línea de rompiente había quedado muy atrás. Leves ondas me elevaban y descendían como una montaña rusa. Comencé a nadar. Nadé, nadé y nadé hasta que no hice pie. Flotaba como Muhammad Ali en el ring. Hice la plancha, me hundí hasta tocar el fondo y volví a salir. Le estaba faltando el respeto al mar y a mi madre. ¡Qué hermosa sensación! ¡Qué feliz fui! 

    Pero el movimiento del agua se fue tornando silenciosamente agresivo. Casi sin darme cuenta, la corriente me fue arrastrando impiadosa hacia aquel mundo donde no era para nada bienvenido, donde era menos que un visitante, solo un atrevido invasor que no tenía noción con las fuerzas con las que estaba jugando, un niño irrespetuoso de esos que dan ganas de sentar de un sopapo. 

    La cosa se tornó grave cuando entendí que no tenía el más mínimo control de la situación, que me hallaba a ciento cincuenta metros hacia la izquierda del lugar donde había ingresado al agua, que no había nadie a mi alrededor a quien compartirle mi angustia y que iba a morir allí solo, ahogado en la desesperación y el pánico. Lloré. Mis lágrimas se confundieron con el mar. Más duro aún fue entender que para él no tenían relevancia alguna, solo eran migajas de agua diluyéndose en el agua. No eran significativas más que para mí. 

    Todo fue sucediendo muy rápido. En un segundo pude pensar en lo corta que había sido mi vida y en lo estúpida que era mi muerte, en la angustia de mis padres, de mis abuelos, de mis amigos, en todo lo que iba a perder por ser un pendejo irrespetuoso, por no saber escuchar, por querer desafiar un poder que con nada, absolutamente nada, me estaba arrebatando mi vida entera.

    Traté de calmarme y pensar lo más fríamente que le es posible pensar a un niño de siete años. Si debía irme de este mundo, que al menos fuese luchando. Recordé algunos consejos que había leído hacía unos días en un póster colgado en la recepción del balneario respecto a cómo proceder en caso de tener problemas con el mar. Nadé paralelo a la costa esperando alguna ola que me fuera regresando poco a poco hacia mi mundo. Cuando veía que se formaba alguna, aumentaba el esfuerzo. Dosifiqué mi energía con la esperanza de que el mar, aquel poderoso némesis que me había creado en mi fantasía, se apiadara de mi falta de respeto y actuara con la misericordia propia de los grandes. En definitiva, como a todo enemigo, en el fondo lo amaba y admiraba mucho. Aún lo sigo haciendo.

    Nadé, nadé, nadé. El corazón golpeaba mi pecho con la fuerza del miedo. Incluso pude escucharlo gritar. Nada estaba en mis manos, me encontraba totalmente a merced del mar y sus designios. No me quedó otra que bracear y patalear desesperadamente, como si la vehemencia fuese sinónimo de fuerza.      

    Hasta que la corriente cesó. 

    Poco a poco pude regresar a mi punto de referencia, y uno de los momentos más felices de mi vida fue cuando volví a pisar el fondo arenoso. Salí del agua aturdido, tratando de tomar real dimensión de lo cerca que estuve de la muerte y lo dichoso que fui. Cuando una situación escapa a tu control no queda más remedio que entregarse a la diosa fortuna, momento que no deja de generar cierto malestar en los corazones dolientes al entender que lo que pueda suceder es netamente obra y gracia de fuerzas desconocidas, del humor de los dioses o de si mi hermana no se hubiese despertado a esa hora y no hubiéramos tardado tanto en llegar a la playa y no hubiese entrado en ese momento al mar donde la corriente era fuerte pero no indomable, porque si hubiese entrado antes, más temprano aquella mañana, el mar hubiese continuado en plena retirada y la fuerza hubiese sido aún mayor y yo no estaría ahora escribiendo estas palabras, usted no las estaría leyendo y habría un lugar más en el colectivo todas las mañanas y mis amigos serían amigos de otros amigos y mis amores hubiesen tenido otros amores, y lo mismo daría si fuese otro ser humano o un carpincho.

    Sentado en la orilla frente al mar fue la primera vez que entendí que aprender era más que ir y sentarse en la escuela y repetir como un loro barranquero lo que decían los maestros, que era más incluso que el mundo que me pintaban mis padres y algunos adultos. Fue la primera vez que entendí un fenómeno cotidiano del mundo a través de mi propia experiencia personal; el bautismo de saber de qué hablo cuando hablo porque lo había hecho carne. A partir de ese día entendí por qué al mar hay que tenerle respeto. Siempre me lo dijeron, siempre lo supe, pero no lo entendía porque la diferencia entre el saber y el entender es la experiencia. Yo sé que el desamor duele, cualquiera puede saberlo; la mayoría de las canciones, poemas y novelas hablan al respecto. Pero no pude entender cuánto y cómo duele hasta que no lo he vivido. Recién ahí mis palabras podrán tener algún valor, porque habrán corrido la sábana que tapa el cielo y habré comprendido un granito de arena en medio de este desierto infinito que guardaré en mi cajita de madera que lleva una placa con mi nombre. Todos tenemos una. Nuestro deber (quizá debería haber escrito “placer”, pero vio qué estúpido es uno...) es llenarla. Recuerdo que alguna vez dijo Borges que dijo Tennyson que si pudiéramos comprender una sola flor sabríamos quiénes somos, y qué es el mundo...  

    Ese día el mar no solo me perdonó la vida sino que me enseñó. Aprendí a no dejarme guiar por las superficies calmas y, por sobre todo, a respetar el interior tormentoso de lo incognoscible.

    Años después, una bellísima mañana de febrero en Ilhabela, Brasil, nos subimos a una lancha junto a unos amigos para navegar por el océano. El mar estaba calmo, con poco oleaje. A medida que avanzábamos, las gotitas que salpicaban nuestro embate se saturaban de colores conformando micromundos de libertad y una pizca de lujuria, se estrellaban en mi rostro con un desenfado que no podía ser otra cosa más que la pura verdad del universo. Tanto escarbar en uno mismo al divino botón para venir a darse cuenta de que el sentido de la vida estaba comprimido en esa ínfima combinación de moléculas de dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno.

    Al alejarnos de la costa, el conductor de la lancha hizo un largo rodeo para evadir algo que no se veía a simple vista y comenzó a cortar las pequeñas ondas que tímidamente se iban acercando hacia nosotros. Nadie entendía mucho. No había nada de qué preocuparse que justificara semejante actitud de precaución, pero recordé mi incidente cuando niño y pensé que algo extraño debía estar pasando debajo de aquella superficie aparentemente mansa, algo que sería realmente peligroso si nos atrevíamos a dejarnos llevar solo por lo que veíamos. El conductor nos dijo que siempre al salir de la bahía había un cambio abrupto de movimiento y que esa era una zona muy profunda que generaba correntadas internas, que parece tranquilo en superficie pero el mar tiene sus secretos y hay que saber verlo más allá de lo que los ojos pueden dar. Segundos después, la lancha comenzó a bambolearse fuertemente y aquellas olas que parecían inofensivas se transformaron en hostiles correntadas que denotaban vida y poder. 

    Fue la segunda vez que el mar me enseñó. La primera, aprendí a respetarlo. La segunda, entendí que soy como él.

    La mayoría de los días amanezco sereno, con oleaje tranquilo y calmo coqueteando armónicamente con la costa. Puedo refrescarme y hasta disfrutar de la belleza pero si bajo unos metros, tan solo unos metros, las correntadas podrían arrastrarme y llevarme a una muerte horrible y violenta (¿cuáles serán las lindas y pacíficas?). 

    Hay días en que las olas te indican que no debes acercarte, que si me miras de lejos tal vez hasta lo disfrutes y te llenes de una energía tan vital como inexplicable. Pero no te aproximes. Prohibido bañarse. Bandera roja. Son días de viento, frío y mucho oleaje que golpea con fiereza contra las rocas buscando erosionarlas, pretendiendo destruirlas no por el mero placer que otorga la maldad en sí misma sino para volver a construir un nuevo orden, una playa más grande, un acantilado más bello. Con el tiempo lo consigo. El mar siempre lo logra. 

    Esos días las aguas turbulentas rompen contra mis bordes salpicándolos de iodo y algas. La marea está alta, el tifón se avecina. Casi no alcanzo a ver lo que escribo y me entrego resignado al perfume de la tempestad. ¡Qué hermoso huele! Me tiene hipnotizado con su aroma a libertad, me arrojaré sin dudar a sus designios. Vientos huracanados elevan olas gigantescas que chocan sin ningún tipo de delicadeza contra mis acantilados y empapan a quienes se atrevan a acercarse a la costa. No temas, el agua refresca y limpia. Un gran bloque de rocas se desprende y se sumerge en el mar que se lo devora sin mayores inconvenientes hasta convertirlo en arenilla. Relámpagos, viento, bruma. Cualquier cosa puede suceder.

    Por dentro, la correntada es inmanejable. Tan fuerte que no entra en mis límites físicos. Ni siquiera yo conozco mis profundidades ni los seres que en ellas habitan. Ni siquiera a mí me es posible acceder a las regiones donde no llega la luz del sol porque allí la presión es asfixiante y nunca nadie ha llegado. Aún desconozco qué tipo de monstruos viven (y mueren) en los rincones más ocultos de mi lecho. Me asusta (me gusta), me duele (me intriga), me escapo (me llama), me rompo (me rearmo), me odio (me amo). 

    En este momento no hay un solo rayo de sol que adelante una esperanza de alivio. Llegará cuando lo desee. Ahora quiero darle rienda suelta a mis corrientes internas. Erosionen, oh poderosas olas, las rocas de mis fronteras, fisuren los límites de mis creencias, expándanse hasta donde ustedes lo dispongan y tomen el timón de mi vida al menos hoy, que algún día volverá a salir el sol y éstas aguas ahora revueltas mañana serán cálidas piletas cristalinas donde podremos volver a navegar como solíamos hacer cuando era niño y el mundo aún conservaba la promesa de convertirse en algún momento en un jardín de rosas.

    Aguas turbulentas, aroma a mar embravecido. Ni las gaviotas se asoman a chusmear. ¡Qué maravilla! ¡Cuánto poder! ¡Cuántas ganas de vivir! Destruyan todo a su paso que más pronto que tarde volveré a construirlo, acaben con todo rastro de piedad incesante, elévenme hasta donde ustedes lo dispongan y ayúdenme a dejarme llevar por la corriente hasta las profundidades de no sé qué ni me importa. Solo llévenme. Sobre las ruinas de lo que fui edificaré lo que quiero ser. Mañana habrá tiempo de reparar los daños, de emparchar los barcos, de buscar a nuestros seres queridos; ahora solo les toca rugir. Demuéstrenme qué tienen para enseñarme y permítanme diluirme, por fin y en paz, en todos los mares del mundo, ser agua fluyendo constante y no ésta hojalata que día a día va muriendo lentamente, un manantial que brote de los valles Calchaquíes y llegue tarde o temprano al mar, confundirme con el todo y ser por fin solo una palabra, algo irreal, absoluto.

    Y hay otros días en que soy una pileta. El mar de Cayo Guillermo, el canal de San Sebastián, las playas del Mediterráneo. Vení, bañate conmigo, podemos nadar hasta lo profundo sin temores. Hoy no hay dolor. Hoy somos hoy, siempre. Vení, vení, cualquiera puede bañarse, solo fijate de hacer pie. Refrescate en mí, juro que no habrá revolcadas inesperadas ni fuerzas sobrenaturales, pero vení rápido, dale, vení ahora porque puede que este mar calmo encerrado en un revoltijo de huesos y carne comience a bullir salvajemente desde las profundidades y ruja embravecido cuando la luna no esté donde deba estar o el viento traiga algún recuerdo que creía perdido y poco a poco se irá picando. Dale, vení ahora. Zambullite, refrescate y largate.

Yo soy el mar. 

Inmenso, pero limitado. 

Magnético, pero peligroso. 

Dulce, pero salado. 

Transparente, pero misterioso. 


El portal hacia fuerzas desconocidas, 

la casa que nadie quiere habitar. 

Castillos de arena olvidados en la orilla 

de niños que fueron y ya nunca serán, 

de aquellos que temen, y se lo pierden.


Yo soy el mar, la frontera a otro mundo. 

No corras si empiezas a ver algo oscuro. 

Las flores más bellas crecen en los pantanos. 

Hay vida aquí abajo, 

esquina del universo jamás conocida. 


Y si naufragas en lo profundo, 

no temas ni te des por perdida. 

Te aseguro que renacerás. 

Dime si alguna vez te acercaste tanto a la verdad. 

Dime si alguna vez te sentiste tan viva. 


EMPEZAR UN CUADERNO NUEVO ES COMO COGER

  Hace mucho que no escribo. Hace mucho que siento que no tengo nada para decir. Y una persona que escribe que no tiene nada para decir es l...