viernes, 14 de octubre de 2022

LO REAL

 “Entre tus esperanzas y el cielo, ¿no aparece suspendida para siempre una densa, lúgubre, ilimitada nube?”

EDGAR ALLAN POE, William Wilson.


Me gusta escuchar la radio mientras viajo en colectivo, sentado en el asiento individual más próximo a la salida trasera. Me gusta regodearme en los placeres de la introspección sin la exasperante mirada ajena, siempre tan inquisidora, nunca tan inocente. Me gusta aprender de la gente que tiene algo interesante para decir, las salidas ocurrentes, los gags improvisados, las rutinas bien pensadas y guionadas que remiten a otros temas distintos a los que se están hablando, haciendo de la charla un fractal que se deja abrir a la imaginación. Me gusta más escuchar que hablar, de ahí quizá mi tumultuoso (yo quería escribir “rico”, pero bueno...) mundo interior y la exasperante necesidad de expresarme. El estímulo del pensamiento en palabras que se deshacen como burbujas en el aire, ser un testigo maravillado de cómo van construyéndose las ideas, lo difícil que es expresarlas y lo portentoso de escucharlas. Disfruto de todo el goce que me es permitido acceder en la agonía de la tarde de una jornada ilusoriamente idéntica a la anterior, posiblemente igual a la de mañana, y así. Un día más en mi vida, un día menos.

Iba viajando esa tarde en el 42 que va de Ciudad Universitaria a Pompeya, volando en imágenes y sonidos, sonriendo ante la complicidad que genera la compañía radial, abstraído de un mundo que no me alcanza ni satisface, cuando siento que alguien me llama, no con voces ni ademanes escandalosos sino en silencio. Pongamos que era invierno y estaba nublado; o quizá era verano y el sol aún incomodaba al tacto, aunque me gusta más pensar que era primavera y el día comenzaba a bajar los telones de una función que lentamente llegaba a su fin.

La ví parada a mi lado. Aún no logro descubrir por qué ella fue una de esas. Rubia, pero no fría. Elegante, mas no estirada. Sensual, pero con estilo. Era una linda mujer, sí, pero tampoco nada del otro mundo. Quizá por eso su presencia me noqueó a tal punto que ya no fui capaz de distinguir las voces de la radio de las de mi cabeza. No entendía de dónde venía semejante atracción, abrí de par en par las puertas a un mundo que bien conocía pero nunca agoté, la punta del iceberg infinito, la poesía sin palabras ni versos que dice más de lo que habla, un impulso deseoso de ser satisfecho que reclama más y más y que golpea donde más duele, allí donde el margen de acción es mayormente limitado porque el corazón siempre me exigió cosas que nunca pude darle. Nobody knows where you are, how near or how far... 

Decidí adoptar una postura de hombre distante, no entregarme a sus designios desde un principio sino ejercer cierta tirantez en la cuerda para que del otro lado tiren también; jugar al gato con el ratón, por lo que me crucé de brazos para realzar mi personaje, apartado pero interesado. Cosa rara el ser humano, che. Adoptamos posturas y personajes, elevamos paredes y barricadas para protegernos de lo que llamamos vida para luego aullar nuestra pena a la luna, minimizamos errores y maximizamos virtudes en pos de un poco, tan solo un poco de cariño, de aceptación, de valoración. Como si con eso alcanzara. Como si eso fuese a salvarnos. Como si salvarse fuese... En fin.

Por otro lado, ¿qué otra actitud podía adoptar? ¿Darme vuelta y preguntarle la hora? ¿Y por qué no, Rubén? ¿Acaso lo tenes prohibido? ¿Presentarme como un hidalgo recién bajado del caballo y arrodillarme ante semejante demostración de algo parecido a la belleza? Una mujer detesta a los kamikazes de la seducción, mucho más a la salida del trabajo un martes a las seis de la tarde en un colectivo repleto que da vueltas por media ciudad entre bocinazos e insultos que develan otro tipo de frustración más profunda. Ni siquiera yo tenía ganas de hablar. Por otro lado, siempre deteste esa pseudo arrogancia tan típica de los papanatas. Toda la vida preferí quedar como un boludo y no como un zarpado. Y por eso lo sos, Rubén. Che, pero tratame bien, yo no te hice nada. Vos tratate bien.

Pero aunque breve como la dicha, algo ví en su mirada. Me propuse saber hasta dónde esa chispa que logré divisar podía convertirse en fuego o si había caído presa de un personaje bien interpretado, una vez más. Aún no puedo descifrarlo y temo que el recuerdo sea todavía menos grato que aquel fugaz instante de sosiego. Es extraño cómo no solemos apreciar la belleza más que en chisporroteos, y después... Cuánta vuelta le das a todo, hermano, pareces una calesita. Andá y hablale. ¿Qué puede pasar? Que vos me sigas rompiendo las pelotas, eso puede pasar. No te aguanto más. Yo a vos tampoco.

 La sorpresa, la alegría y el terror se entreveraron en mí cuando me sonrió. Mis exagerados niveles de respeto y vergüenza obligaron a que inmediatamente retirase la mirada. Ella estaba tirando de la cuerda, incluso más que yo. Esperé un tiempo prudencial para no parecer un maniático y la miré nuevamente. Es increíble cómo nos movemos todos en un plano aparentemente único y, detrás de las sonrisas, donde apretas sale pus. ¿Qué estará pensando en este momento? Yo me estoy haciendo una terrible película y capaz que está pensando en la hamburguesa que se va a pedir ahora cuando llegue a su casa. ¿Dónde vivirá? ¿Cómo pensará? Como vos, boludo, debe ser una miserable igual que vos que nunca muestra todo el mazo y con una sonrisita compra a todo el mundo, nada más que a ella le creen. Y lo bien que hace. Sí, pero hay límites. ¿Vos hablando de límites? ¿Te olvidaste lo que me decías cuando Jorgelina me dejó? Menos mal que estoy yo para ponerte los límites que si no...

Volvió a sonreírme. Fui ganando territorio a medida que fui entrando en confianza, como los gatos. Confianza que ella misma me otorgaba. Ella marcaba el camino, yo solo me limitaba a entender las señales y seguir caminando a paso lento pero seguro como hacen los cobardes que pretenden ser poetas y viven como médicos. Por demás, el juego me gustaba y estimulaba. Su número de teléfono no era ya mi único objetivo sino que quería dar vuelta esos roles. Quería ser yo quien dejara los papelitos en el camino, quería ser yo quien marcara la velocidad del metrónomo, deseaba ser yo el deseado. “Yo, yo, yo”. Te vas a ahogar en tanto vos, Rubén. Ya estoy ahogado en mí, quedate tranquilo. ¡Ja! Si no fuese por mí, ya estarías ahogado de verdad. Me debes tantas... Yo no te debo nada. “Yo, yo, yo”, otra vez...

En mi deteriorada manera de entender la realidad a esa altura ya era un triunfo. Con acercarse a la victoria se conforma un perdedor. Pero sus ojos reflejaban cierta lástima en torno a mi debilidad. Pude notar cómo mi vergüenza alimentaba un sentimiento en ella muy similar a la ternura. Yo no era rival, en ningún sentido. ¿Y por qué tiene que ser tu rival? Deja de interpretar la vida como un campo de batalla, no sos un soldado. En algún punto todos lo somos, estamos en la lucha por la supervivencia. Pero no sos un animalito, Rubén, dejate de joder. 

Bien sabía que no estaba a su altura y sabía que yo también lo sabía. Ay, si algún día aprendieras a quererte tan solo un poco… En ningún momento me clavó el puñal de la fría indiferencia ni restregó sus pergaminos de conquista en mis fauces. Entendió toda la situación y aún así me respetaba y me miraba y me sonreía. Cuánta luz en un ser humano. No todo está perdido, Rubén, todavía estás en carrera. Bueno, ayudame entonces. ¿Qué más querés que haga? Me conformo con que estés de mi lado. Siempre lo estoy, Rubén, solo que no te das cuenta... 

A la tercera vez que me sonrió entré en pánico. No podía dejar pasar esa oportunidad, no otra vez. Es ahora o nunca. Querer y no poder no se lo deseo ni a mis peores enemigos. La impotencia es el castigo del alma. Pero querer y poder y no hacerlo... ¿A quién le iba a echar la culpa? ¿A qué excusa recurrir cuando todo dependía de mí? No hay peor enemigo que el que habita en mi cerebro. Me exige, me demanda, me juzga, me intimida. ¡Dale, cagón, que está todo bien y está esperando que le hables! ¿Pero qué le digo? ¡Qué sé yo, inventá algo! ¡Hablá! Bueno, pará, hablame bien. Estás tan metido en vos que no sabés cómo hablarle a los otros, Rubén. Es por culpa tuya que no me dejas tranquilo ni un segundo. Dirás tuya, en todo caso. Cínico.

Intenté pensar en algo ingenioso como para romper el hielo, cortito y concreto, algo que demostrase templanza en este tipo de situaciones. Debía ser algo capaz de denotar experiencia en el campo de batalla (otra vez…), que estaba a la altura de la situación, pero tampoco quería tirar frases a lo José Narosky y perder el poco camino recorrido que había construido (¿ella o vos?) hasta el momento. No podía perderme en la montaña apenas comenzado el ascenso. El límite entre la genialidad y la estupidez es demasiado fino, y en ocasiones se confunden.

Pensá, Rubén, que sos un tipo inteligente. Dale que vos podes, pero qué linda es, ni en pedo me da bola, me debe haber sonreído para no aburrirse en el viaje de vuelta a su casa donde la está esperando su novio, metro noventa de alto, inteligente, gracioso, sagaz, fachero, sexy, artista, talentoso, buen tipo. La puta madre, ya me achiqué otra vez. Te achicaste otra vez, cagón. Siempre igual vos. Siempre igual yo...

Pensé en escribirle una notita. ¡Sí, esa es! Esto es como en los CV, tengo que hacerme el ingenioso y ofrecer algo distinto a lo que ofrecen todos. ¿Cuántos tipos le van a tirar una notita en un colectivo repleto de gente un martes a las seis y pico de la tarde? No sé cuántos pero qué pelotuda suena esa idea, hermano. ¿Qué sos, un preadolescente en la colonia de vacaciones? Ya estás grande, Rubén, dejate de joder. Está bien, tenes razón. Seguí pensando. Voy a seguir pensando. 

Un aire de resignación comenzó a invadirme. En definitiva, ¿qué carajo me importa esta mina? ¿Y si es una mala piba? ¿Y si no tiene dos dedos de frente? ¿Y si coge mal? ¿Y si es el diablo haciendo su ronda en busca de algún idiota como yo? La voy a mirar por última vez y chau. Acordate de pasar por la verdulería cuando bajes que no tenés más naranjas. ¡Cierto! Menos mal que te acordaste. Qué sería tu vida sin mí...

Sonreí. Sonrió. 

¡Ay, Dios mío! Esto no me puede estar pasando, a mí no me pasan estas cosas. ¿Por qué habría de ser yo el elegido? ¿”El elegido”? ¿Qué te pensás que es, una historia bíblica, una película con Denzel Washington? Qué enroscado estás, hermano. Qué enroscado estoy. ¿Cuántas veces escuchaste historias como éstas, Rubén? Claro que puede pasarte a vos, ¿por qué no? El tema es que sos un cobarde, aunque a veces creo que más que cobarde sos un masoquista. Te regodeas en el sufrimiento, te alimentás de él. ¿Cómo me va a gustar sufrir? No digas estupideces. ¿A quién le gusta sufrir? Yo quiero estar con ella, pero no puedo. No puedo, hermano. Hay demasiadas barreras que sortear. Debe pensar que soy un pelotudo. Y tiene razón. Bueno, pará un poco.

Me convencí que solo debía hablar, que no hacía falta decir nada espectacular, que en el terreno de la conquista no había frustración ni desencuentro ni dolor que no haya experimentado ya. Pero ese es precisamente el problema: ya sé lo que duele. No es simplemente acercarse a hablarle a una mujer. Hay otras cosas en juego mucho más profundas. ¿Cómo cuáles? Vos sabes mejor que yo, o no te acordas el día que.. Si, bueno, no empieces otra vez con lo mismo. Tu autocompasión me tiene podrido. Entonces deja de recordármelo a cada instante...

Las aguas comenzaron a revolverse elevando los sedimentos que se encontraban reposados en el fondo. Ya no eran cristalinas. Nunca lo fueron. Mirá si me pasa como aquel día, ¿te acordás? Otra vez no, por favor. ¡Qué mal la pasé! Me acuerdo y me doy asco. ¿Te das cuenta? Vos queres experimentar la vida y te incomoda que almuerces a un horario diferente al de todos los días. Sos un cagón, Rubén. Un cagón peligroso, porque no admitís tu condición de cagón. Vos crees que sos muy existencialista y que tenés tu propia visión estética y ética del mundo pero no sos muy diferente a tu viejo o al vecino de la esquina. Te dije mil veces que no me compares con él, estás jugando sucio. En vez de tirarme mierda, ayudame a afrontar esta situación. ¿Tanto rollo por hablarle a una mujer? ¡Andá y hablale! Qué fácil que es para vos, yo soy el que pone la caripela. ¡Yo también, flaco! No, vos te escondes en las sombras. ¡Como vos! En realidad vos sos el verdadero cagón. Por lo menos yo sé cómo hablar con las mujeres. Andá a la puta que te parió.

Debo haber estado cavilando un largo rato porque cuando levanté la vista ya no la tenía a mi lado. ¿Dónde está? Se te fue, Rubén. No aprendés más, flaco. Desesperado, comencé a buscarla con la mirada por todo el colectivo. La encontré en la butaca del medio de la hilera de asientos traseros, en el que mira de frente a todo el pasillo. Parecía la reina del colectivo. Y lo es, juro que lo es. Con mayor esfuerzo del que imaginé puede ganar mi pequeño territorio frente a la puerta de descenso, justo frente a ella. 

Ya sea en medio de una balacera o hablando con una mujer, cuando te encontrás en una situación límite (¿para tanto, Rubén?) hay un punto en donde tu conciencia te abandona y todo se vuelve puro instinto. Nada importa algo. Cruzar ese límite es sumamente liberador en el momento, pero cuando la conciencia retorna comienza a desmenuzar el pasado para darle un sentido, una estructura lógica, una explicación, y la vergüenza invade tus actos como un riguroso profesor que examina tu parcial a la vez que menea la cabeza reafirmando la negativa diciéndote, palabras más, palabras menos, que sos un pelotudo. Soy un pelotudo. Cómo no le dije tal cosa, cómo no hice tal otra. Bueno, pero hice lo que pude. Y pero podrías haber hecho más, flaco. Siempre se puede hacer más. Con ese criterio no voy a ser feliz nunca. ¡Ja! ¿Recién ahora te das cuenta, Rubén? 

Pongamos que le pregunté la hora o qué opinaba del concepto de felicidad, lo mismo da, la cuestion es que me devolvió todas las paredes, se reía ante cada comentario mío, me miraba con una leve sonrisa casi imperceptible en sus labios y cuando lo hacía me parecía aún más hermosa. Sus ojos eran intensos pero no agresivos, me llamaban como el canto de las sirenas. Sabía que tenía una sola bala, debía dar en el blanco. De lo contrario, pum, puerta de salida, hasta nunca, que pase el que sigue. Estamos en Cabildo y Lacroze. Hasta Dorrego tengo más o menos quince minutos. Veinte si tengo suerte. No te queda mucho tiempo...

Cierto temblor dejé entrever en mi voz al pedirle su celular con la excusa de que en breve debía bajarme y que así podría avisarle en ocasiones futuras cuándo estaba por llegar el colectivo, ya que siempre lo tomaba en la cabecera. Qué patético sos, chabón. Dejame tranquilo, ya no me importa nada. Qué no te va a importar, mentiroso…

  • Puedo bajarme con vos en Dorrego y vamos a tomar algo si querés - soltó.

¿Viste? Solo tenías que hablar. No la vayas a cagar ahora… ¡Dejame tranquilo! ¡Andate! ¡Ja! ¿No te das cuenta que si me voy te llevo conmigo?

La cosa fluía. Nos entendíamos. Nos reíamos e indignábamos de las mismas cosas. Comencé a soltarme. Empecé a dejar entrever cada vez más mi desbordada humanidad, mi romanticismo tan absurdo como idealista, le permití acceder al picaporte de la puerta de entrada a mi apocalipsis privado de embellecida fatalidad con la única condición de no hacerme cargo de lo que en él pudiese encontrar. Me dí cuenta que le gustaba. Ya no se sabía quién tiraba los papelitos ni cuál era el camino. Tampoco importaba. Solo había que caminar.

Tomamos tres cervezas, pongamos que cuatro. Sin entender cómo ni cuándo dejamos de ser dos desconocidos. Comenzó a tocarme el brazo cada vez que se reía, ahora a carcajadas. La noche había perdido toda lógica y el tiempo no era el del reloj sino el de las estrellas. Nos acostamos tarde y nos despertamos temprano pero ninguno de los dos fue a su trabajo a la mañana siguiente, inventamos una fiebre o algo por el estilo, poco importaba. Escasas veces en mi vida había tenido una conexión tan rápida con alguien. Su piel, su pelo, su perfume, sus gemidos, su pasión, todo de ella me encantaba. Su belleza me perforaba, no me dejaba pensar con claridad. Perdí las riendas de mí mismo. Era un caballo salvaje galopando en el campo sin montura, un lobo feroz que finalmente probó sangre humana, la lengua del deseo relamiendo los labios de la locura. 

Comenzamos a vernos con asiduidad. Cada encuentro era mejor que el anterior. A los dos años estábamos viviendo juntos y tuvimos una hija tan hermosa como ella. Se llama Rosella y dice que de grande quiere ser científica, como el padre.

Sonó el timbre. No recuerdo si fui yo u otra persona quien presionó el botón. Me bajé en el parque Los Andes, como todos los días. Desconozco qué estaban diciendo en la radio. A esa altura esas voces eran simplemente ruidos en mi cabeza. Como tantos otros. Callate. Callate vos. En la esquina de Dorrego me dí vuelta a ver si el azar me daba un guiño y de casualidad se había bajado en la misma parada que yo. No estaba. Observé con detenimiento al colectivo aún parado en medio de la avenida, esperando que suba la gente que vaya uno a saber cuánto hacía que estaba haciendo la fila para volver a sus hogares. Logré divisarla en medio del gentío, parada en el pasillo con ojeras de cansancio y el celular en la mano. En ningún momento atinó a mirar por la ventana. Estaba en su mundo. Todos lo estamos. Seguro que es más lindo que el tuyo. Me reí a carcajadas. A veces sos pillo, eh. La gente a mi alrededor me miraba desconcertada.

Encendí un cigarrillo y caminé por Dorrego hasta Villarroel. Compré bananas y naranjas en la verdulería. En la radio creo que estaban hablando de Silvio Soldán.  



EMPEZAR UN CUADERNO NUEVO ES COMO COGER

  Hace mucho que no escribo. Hace mucho que siento que no tengo nada para decir. Y una persona que escribe que no tiene nada para decir es l...