Dicen las malas lenguas (cuáles serán las buenas) que en la estación de San Antonio de Areco es posible encontrar todos los días a un hombre esperando el tren, con su gran valija de cuero marrón clarito en una mano y un bastón de mala calidad en la otra, con un mango que semeja ser de oro y no llega siquiera a ser brillante.
Paciente, mira al norte y al sur buscando algún rastro de su transporte. Muchos fueron quienes se acercaron para comentarle que el tren no pasa desde hace veintinueve años, que la estación está abandonada, que a los rieles los han tapado el pasto y los animales muertos y que los carteles que indican lo que alguna vez fue una estación están oxidados y ya no significan nada. El hombre, me contaron, solo les sonríe y les muestra el boleto, un viejo cartón con troquel que lleva impresos los números 25092021 y cuyo destino figura Ushuaia.
Todos los días desde que asoma el sol hasta que se esconde detrás de los silos aguarda su dicha en el mismo punto, delante de la muralla donde yace garabateada una gran hoja aguamarina y algunos animalejos que custodian su fuerza vital incuestionable. Llega temprano, con el astro rey aún despertando, y se retira cuando el cielo va tornándose violáceo e incomprensible. Los más chismosos me han deslizado que calza un sombrero de copa bien hondo y que, a la hora de la partida, se va silbando bajito, sin soltar un mísero insulto, cargando su valija a cuestas, la cual parece más pesada de lo normal.
Dicen quienes han charlado con él que en Ushuaia lo espera una mujer joven y bella que ha conocido una tarde de domingo cualquiera, de esas que nada se espera porque nada sucede, en la plaza del pueblo mientras tomaba unos mates con su madre y algunos amigos de boina roja y camisa clara dentro del pantalón de vestir.
Los primeros días en que el rumor de un hombre esperando el tren tomó fuerza fue motivo de burla para la gente de Areco, tan poco acostumbrada que estaban al ridículo, pero al ver la tenacidad con la que se desenvuelve diariamente en su empeño lentamente aquella grotesca idea fue tornándose en algo más grave y pesado, una mezcla de lástima y valor, de optimismo y estupidez. De vez en cuando las viejas del pueblo, de cuyas bocas han salido las palabras más hirientes, se acercan a ofrendarle pasta frola y alfajorcitos de maicena caseros como para amenizar la espera, pequeña recompensa a tamaña cruzada, un brevísimo pero necesario mimo al alma.
A la tarde, cuando las esperanzas de ver su tren aparecer en el horizonte van apagándose lentamente como la vida, algún que otro gaucho le acerca un mate y allí quedan sin hablar, qué le van a decir a un hombre de esa estirpe, solo se escuchan los últimos cánticos de los pajaritos y los relinchos pampeanos de algún caballo cercano.
Los más osados se arriman para explicarle con cierta dureza que el tren no va a venir nunca más, que mire cómo está la estación a su alrededor, que ella ni siquiera lo olvidó porque nunca lo registró, pero él solo les sonríe y les agita su boleto con ojos tan grandes como desorbitados, para qué hablar cuando las palabras no le alcanzan dicen que dijo una vez, de las pocas que ha hablado. Cómo hará para explicar que no le interesa tanto que el tren llegue como tener la ilusión de que algún día lo haga y poder ver a esa chica que, aunque no lo recuerde, fue el amor de su vida por cuarenta minutos.
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