El mar, siempre el mar. Mi alma en estado líquido, la ansiedad que se evapora con la bruma, tan vasto como mi corazón, lejano horizonte donde todo empieza y nada culmina; constante murmullo volátil de la última frontera, rumores de olvido en cada ola, destellos de soledades y fantasías.
Busco el mar y no lo encuentro. Lo busco como quien anhela ver un viejo amor para ver si sigue siendo la misma, si yo sigo siendo el mismo, si hay algo o alguien que pueda mantenerse estático al menos unos segundos (o años, da igual) en esto que se mueve tan rápido que da la impresión de estar parado.
“Al mar hay que tenerle respeto”, solía decir mi madre a modo de prédica antes de la inevitable zambullida mañanera en las playas de Punta Mogotes. Tendría seis o siete años. La irreverencia infantil matizada con un mundo que todavía se me figuraba mágico, además de la energía desbordante de aquella época de mi vida que recuerdo con sumo cariño, eran el combo ideal para creer que podía hacerle frente hasta a las estrellas. Ahora, mientras tecleo estas palabras, el calendario me dice que tengo treinta y pico: ya no creo en reyes magos, puedo asegurar que no sé absolutamente nada de lo que me rodea y, si empiezo a hilar fino, hasta me parece ingenua la revolución...
De pequeño me divertía creando fantasías épicas en donde era el protagonista. Tenía mis secuaces, por supuesto. Eran mis familiares y amigos más queridos, tan leales y dignos como yo, aquellos que consideraba estaban a la altura de semejantes cruzadas imaginarias. Mi excitada imaginación oscilaba desde la recreación de una batalla medieval hasta un campeonato mundial de fútbol donde el comedor de mi casa oficiaba de Maracaná. Otras veces era la sala de estar de la casa de mis abuelos, que tenía una alfombra verde como el césped que alimentaba mi ilusión. No tenía patio ni jardín, siempre fui un niño de departamento, y las veces que lo hice en la plaza detrás de mi casa la fantasía se rompía cuando hacían su aparición los vecinitos del barrio y mi imaginación entraba en otra lógica, no menos placentera pero sí más concreta, porque los rostros de golpe tomaban forma propia, las personalidades de mis jugadores ya no eran las que imaginaba sino las que veía en mis ocasionales compañeritos de equipo, no había goles sobre la hora donde todos nos abrazábamos y gritábamos subidos al alambrado en comunión con nuestros fieles seguidores que aguantaron estoicamente los embates de los caballos de la policía en San Martín, la tribuna no estaba llena de gente que coreaba nuestros nombres porque las únicas tribunas que había eran los bancos de la plaza donde algún abuelo nos miraba con cierta nostalgia recordando vaya uno a saber qué época pasada, los rivales ya no tenían todos las mismas camisetas sino que portaban las que podían, con colores disímiles y lavados.
Una de aquellas recreaciones fantásticas sucedía todos los veranos en mi amada Mar del Plata. Me paraba en la orilla con los pies en el agua, las olas acariciaban mis tobillos y, al retirarse, me hundía poco a poco en la arena hasta quedar encallado. Luego de valuar el mensaje mafioso que me enviaba el mar, quien con solo con una pequeña ola ya me generaba un obstáculo, liberaba mis piernas de un tirón y me preparaba para la batalla.
Siempre cumplía el mismo ritual: miraba firme hacia el horizonte, calculaba en qué dirección en línea recta se encontraba el África y pretendía alcanzarlo a pesar de que esa gigantesca masa de agua intentara detenerme. Me metía poco a poco como un ejército que se interna en la selva enemiga pisando sobre seguro, ganando territorio. Todos los días avanzaba un poco más que el anterior. Quería saber qué tan poderoso era realmente, desafiar los límites de lo establecido y poner a prueba los míos. Miraba para atrás hacia la playa calculando la distancia y, al ver que estaba un poco más lejos que ayer, sentía un gran orgullo de mí mismo que creo nunca más volví a experimentar.
No me asustaban sus misivas. No lo respetaba, o hacía como que. Caminaba despacio hacia él mientras las olas iban rompiendo cada vez más fuertes, primero en las piernas, luego en la cintura. Algunas lograban hacerme retroceder, pero ahí es cuando tomaba mayor impulso y seguía, seguía, seguía hasta que estallaban en mi pecho. El mar iba aumentando la intensidad de sus amenazas. No ponía las manos ni metía la cabeza bajo el agua, ni las saltaba ni las esquivaba. Afirmaba los talones y ponía el pecho, pum. A veces calculaba mal y rompían de lleno en mi cara, crash, dale, dame más que no me duele, pum, ¿tan fuerte sos?
Todo ese circo se repetía día a día, verano tras verano, hasta que pasaba la rompiente y el agua me llegaba a los pezones. Ese solía ser mi límite, mi punto de no retorno. Pero aquella mañana, pispeando que el mar no estaba muy revuelto (cosa rara en Punta Mogotes), por primera vez decidí incursionar en territorio desconocido. Recuerdo como si la estuviese viendo que flameaba la bandera roja y negra en el puesto de guardavidas, cosa que no entendí porque realmente se lo veía muy calmo. Pensé en las pocas ganas de trabajar que tendría el guardavidas y que, por las dudas y para cubrirse, acomodó la bandera de peligro y a otra cosa. No lo juzgo, yo también hubiese hecho lo mismo.
Crucé el límite. Me adentré desafiante en los placeres de un mundo totalmente ajeno al mío. Me encontré en la frontera entre dos universos complementarios pero bien distintos. En nuestro territorio, el suelo bajo los pies es la base y el límite es el cielo. Podemos expandir nuestras plegarias hasta el infinito y lanzarlas hacia lo alto como un estruendo, mezcla de fuego y lascivia. Aquí necesitamos oxígeno para vivir y moriríamos si pasáramos mucho tiempo bajo el agua. Por el contrario, en el otro mundo, tan misterioso como poderoso, el universo se expande hacia abajo. Como el infierno. Habitan criaturas extrañas y desconocidas, como en el infierno. Es un mundo autárquico y dolorosamente bello, como el infierno. La superficie del agua es su cielo y las súplicas de sus habitantes se dirigen hacia los confines subterráneos del océano. El mundo terrenal es un cosmos sin vida para ellos. Morirían al salir de su hábitat, salvo algunas raras excepciones como los cocodrilos o los pingüinos que pueden combinar ambos universos y deberían ser analizados en profundidad antes de que se apoderen de todo cuanto nos rodea.
Recuerdo ver a la gente a mi alrededor chapoteando en el agua como si fuese algo banal, sin comprender la complejidad de la situación en la cual se encontraban. Estábamos todos jugando en la frontera más hermosa del mundo, abandonado nuestro territorio, nuestras costumbres y comodidades para acceder poco a poco a otro universo, un espacio que no nos es posible habitar ni comprender pero nos fascina. Dudo que una corvina sienta algo parecido por nuestra tierra.
Aquella mañana caminé hasta que el agua me llegó al cuello. La línea de rompiente había quedado muy atrás. Leves ondas me elevaban y descendían como una montaña rusa. Comencé a nadar. Nadé, nadé y nadé hasta que no hice pie. Flotaba como Muhammad Ali en el ring. Hice la plancha, me hundí hasta tocar el fondo y volví a salir. Le estaba faltando el respeto al mar y a mi madre. ¡Qué hermosa sensación! ¡Qué feliz fui!
Pero el movimiento del agua se fue tornando silenciosamente agresivo. Casi sin darme cuenta, la corriente me fue arrastrando impiadosa hacia aquel mundo donde no era para nada bienvenido, donde era menos que un visitante, solo un atrevido invasor que no tenía noción con las fuerzas con las que estaba jugando, un niño irrespetuoso de esos que dan ganas de sentar de un sopapo.
La cosa se tornó grave cuando entendí que no tenía el más mínimo control de la situación, que me hallaba a ciento cincuenta metros hacia la izquierda del lugar donde había ingresado al agua, que no había nadie a mi alrededor a quien compartirle mi angustia y que iba a morir allí solo, ahogado en la desesperación y el pánico. Lloré. Mis lágrimas se confundieron con el mar. Más duro aún fue entender que para él no tenían relevancia alguna, solo eran migajas de agua diluyéndose en el agua. No eran significativas más que para mí.
Todo fue sucediendo muy rápido. En un segundo pude pensar en lo corta que había sido mi vida y en lo estúpida que era mi muerte, en la angustia de mis padres, de mis abuelos, de mis amigos, en todo lo que iba a perder por ser un pendejo irrespetuoso, por no saber escuchar, por querer desafiar un poder que con nada, absolutamente nada, me estaba arrebatando mi vida entera.
Traté de calmarme y pensar lo más fríamente que le es posible pensar a un niño de siete años. Si debía irme de este mundo, que al menos fuese luchando. Recordé algunos consejos que había leído hacía unos días en un póster colgado en la recepción del balneario respecto a cómo proceder en caso de tener problemas con el mar. Nadé paralelo a la costa esperando alguna ola que me fuera regresando poco a poco hacia mi mundo. Cuando veía que se formaba alguna, aumentaba el esfuerzo. Dosifiqué mi energía con la esperanza de que el mar, aquel poderoso némesis que me había creado en mi fantasía, se apiadara de mi falta de respeto y actuara con la misericordia propia de los grandes. En definitiva, como a todo enemigo, en el fondo lo amaba y admiraba mucho. Aún lo sigo haciendo.
Nadé, nadé, nadé. El corazón golpeaba mi pecho con la fuerza del miedo. Incluso pude escucharlo gritar. Nada estaba en mis manos, me encontraba totalmente a merced del mar y sus designios. No me quedó otra que bracear y patalear desesperadamente, como si la vehemencia fuese sinónimo de fuerza.
Hasta que la corriente cesó.
Poco a poco pude regresar a mi punto de referencia, y uno de los momentos más felices de mi vida fue cuando volví a pisar el fondo arenoso. Salí del agua aturdido, tratando de tomar real dimensión de lo cerca que estuve de la muerte y lo dichoso que fui. Cuando una situación escapa a tu control no queda más remedio que entregarse a la diosa fortuna, momento que no deja de generar cierto malestar en los corazones dolientes al entender que lo que pueda suceder es netamente obra y gracia de fuerzas desconocidas, del humor de los dioses o de si mi hermana no se hubiese despertado a esa hora y no hubiéramos tardado tanto en llegar a la playa y no hubiese entrado en ese momento al mar donde la corriente era fuerte pero no indomable, porque si hubiese entrado antes, más temprano aquella mañana, el mar hubiese continuado en plena retirada y la fuerza hubiese sido aún mayor y yo no estaría ahora escribiendo estas palabras, usted no las estaría leyendo y habría un lugar más en el colectivo todas las mañanas y mis amigos serían amigos de otros amigos y mis amores hubiesen tenido otros amores, y lo mismo daría si fuese otro ser humano o un carpincho.
Sentado en la orilla frente al mar fue la primera vez que entendí que aprender era más que ir y sentarse en la escuela y repetir como un loro barranquero lo que decían los maestros, que era más incluso que el mundo que me pintaban mis padres y algunos adultos. Fue la primera vez que entendí un fenómeno cotidiano del mundo a través de mi propia experiencia personal; el bautismo de saber de qué hablo cuando hablo porque lo había hecho carne. A partir de ese día entendí por qué al mar hay que tenerle respeto. Siempre me lo dijeron, siempre lo supe, pero no lo entendía porque la diferencia entre el saber y el entender es la experiencia. Yo sé que el desamor duele, cualquiera puede saberlo; la mayoría de las canciones, poemas y novelas hablan al respecto. Pero no pude entender cuánto y cómo duele hasta que no lo he vivido. Recién ahí mis palabras podrán tener algún valor, porque habrán corrido la sábana que tapa el cielo y habré comprendido un granito de arena en medio de este desierto infinito que guardaré en mi cajita de madera que lleva una placa con mi nombre. Todos tenemos una. Nuestro deber (quizá debería haber escrito “placer”, pero vio qué estúpido es uno...) es llenarla. Recuerdo que alguna vez dijo Borges que dijo Tennyson que si pudiéramos comprender una sola flor sabríamos quiénes somos, y qué es el mundo...
Ese día el mar no solo me perdonó la vida sino que me enseñó. Aprendí a no dejarme guiar por las superficies calmas y, por sobre todo, a respetar el interior tormentoso de lo incognoscible.
Años después, una bellísima mañana de febrero en Ilhabela, Brasil, nos subimos a una lancha junto a unos amigos para navegar por el océano. El mar estaba calmo, con poco oleaje. A medida que avanzábamos, las gotitas que salpicaban nuestro embate se saturaban de colores conformando micromundos de libertad y una pizca de lujuria, se estrellaban en mi rostro con un desenfado que no podía ser otra cosa más que la pura verdad del universo. Tanto escarbar en uno mismo al divino botón para venir a darse cuenta de que el sentido de la vida estaba comprimido en esa ínfima combinación de moléculas de dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno.
Al alejarnos de la costa, el conductor de la lancha hizo un largo rodeo para evadir algo que no se veía a simple vista y comenzó a cortar las pequeñas ondas que tímidamente se iban acercando hacia nosotros. Nadie entendía mucho. No había nada de qué preocuparse que justificara semejante actitud de precaución, pero recordé mi incidente cuando niño y pensé que algo extraño debía estar pasando debajo de aquella superficie aparentemente mansa, algo que sería realmente peligroso si nos atrevíamos a dejarnos llevar solo por lo que veíamos. El conductor nos dijo que siempre al salir de la bahía había un cambio abrupto de movimiento y que esa era una zona muy profunda que generaba correntadas internas, que parece tranquilo en superficie pero el mar tiene sus secretos y hay que saber verlo más allá de lo que los ojos pueden dar. Segundos después, la lancha comenzó a bambolearse fuertemente y aquellas olas que parecían inofensivas se transformaron en hostiles correntadas que denotaban vida y poder.
Fue la segunda vez que el mar me enseñó. La primera, aprendí a respetarlo. La segunda, entendí que soy como él.
La mayoría de los días amanezco sereno, con oleaje tranquilo y calmo coqueteando armónicamente con la costa. Puedo refrescarme y hasta disfrutar de la belleza pero si bajo unos metros, tan solo unos metros, las correntadas podrían arrastrarme y llevarme a una muerte horrible y violenta (¿cuáles serán las lindas y pacíficas?).
Hay días en que las olas te indican que no debes acercarte, que si me miras de lejos tal vez hasta lo disfrutes y te llenes de una energía tan vital como inexplicable. Pero no te aproximes. Prohibido bañarse. Bandera roja. Son días de viento, frío y mucho oleaje que golpea con fiereza contra las rocas buscando erosionarlas, pretendiendo destruirlas no por el mero placer que otorga la maldad en sí misma sino para volver a construir un nuevo orden, una playa más grande, un acantilado más bello. Con el tiempo lo consigo. El mar siempre lo logra.
Esos días las aguas turbulentas rompen contra mis bordes salpicándolos de iodo y algas. La marea está alta, el tifón se avecina. Casi no alcanzo a ver lo que escribo y me entrego resignado al perfume de la tempestad. ¡Qué hermoso huele! Me tiene hipnotizado con su aroma a libertad, me arrojaré sin dudar a sus designios. Vientos huracanados elevan olas gigantescas que chocan sin ningún tipo de delicadeza contra mis acantilados y empapan a quienes se atrevan a acercarse a la costa. No temas, el agua refresca y limpia. Un gran bloque de rocas se desprende y se sumerge en el mar que se lo devora sin mayores inconvenientes hasta convertirlo en arenilla. Relámpagos, viento, bruma. Cualquier cosa puede suceder.
Por dentro, la correntada es inmanejable. Tan fuerte que no entra en mis límites físicos. Ni siquiera yo conozco mis profundidades ni los seres que en ellas habitan. Ni siquiera a mí me es posible acceder a las regiones donde no llega la luz del sol porque allí la presión es asfixiante y nunca nadie ha llegado. Aún desconozco qué tipo de monstruos viven (y mueren) en los rincones más ocultos de mi lecho. Me asusta (me gusta), me duele (me intriga), me escapo (me llama), me rompo (me rearmo), me odio (me amo).
En este momento no hay un solo rayo de sol que adelante una esperanza de alivio. Llegará cuando lo desee. Ahora quiero darle rienda suelta a mis corrientes internas. Erosionen, oh poderosas olas, las rocas de mis fronteras, fisuren los límites de mis creencias, expándanse hasta donde ustedes lo dispongan y tomen el timón de mi vida al menos hoy, que algún día volverá a salir el sol y éstas aguas ahora revueltas mañana serán cálidas piletas cristalinas donde podremos volver a navegar como solíamos hacer cuando era niño y el mundo aún conservaba la promesa de convertirse en algún momento en un jardín de rosas.
Aguas turbulentas, aroma a mar embravecido. Ni las gaviotas se asoman a chusmear. ¡Qué maravilla! ¡Cuánto poder! ¡Cuántas ganas de vivir! Destruyan todo a su paso que más pronto que tarde volveré a construirlo, acaben con todo rastro de piedad incesante, elévenme hasta donde ustedes lo dispongan y ayúdenme a dejarme llevar por la corriente hasta las profundidades de no sé qué ni me importa. Solo llévenme. Sobre las ruinas de lo que fui edificaré lo que quiero ser. Mañana habrá tiempo de reparar los daños, de emparchar los barcos, de buscar a nuestros seres queridos; ahora solo les toca rugir. Demuéstrenme qué tienen para enseñarme y permítanme diluirme, por fin y en paz, en todos los mares del mundo, ser agua fluyendo constante y no ésta hojalata que día a día va muriendo lentamente, un manantial que brote de los valles Calchaquíes y llegue tarde o temprano al mar, confundirme con el todo y ser por fin solo una palabra, algo irreal, absoluto.
Y hay otros días en que soy una pileta. El mar de Cayo Guillermo, el canal de San Sebastián, las playas del Mediterráneo. Vení, bañate conmigo, podemos nadar hasta lo profundo sin temores. Hoy no hay dolor. Hoy somos hoy, siempre. Vení, vení, cualquiera puede bañarse, solo fijate de hacer pie. Refrescate en mí, juro que no habrá revolcadas inesperadas ni fuerzas sobrenaturales, pero vení rápido, dale, vení ahora porque puede que este mar calmo encerrado en un revoltijo de huesos y carne comience a bullir salvajemente desde las profundidades y ruja embravecido cuando la luna no esté donde deba estar o el viento traiga algún recuerdo que creía perdido y poco a poco se irá picando. Dale, vení ahora. Zambullite, refrescate y largate.
Yo soy el mar.
Inmenso, pero limitado.
Magnético, pero peligroso.
Dulce, pero salado.
Transparente, pero misterioso.
El portal hacia fuerzas desconocidas,
la casa que nadie quiere habitar.
Castillos de arena olvidados en la orilla
de niños que fueron y ya nunca serán,
de aquellos que temen, y se lo pierden.
Yo soy el mar, la frontera a otro mundo.
No corras si empiezas a ver algo oscuro.
Las flores más bellas crecen en los pantanos.
Hay vida aquí abajo,
esquina del universo jamás conocida.
Y si naufragas en lo profundo,
no temas ni te des por perdida.
Te aseguro que renacerás.
Dime si alguna vez te acercaste tanto a la verdad.
Dime si alguna vez te sentiste tan viva.
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