Es 1985 y me llamo Demetrio
Pastor. Aclaro estos datos más para reafirmar mis seguridades que para quienes
me escuchan, ustedes de seguro olvidarán mi nombre tanto como yo he olvidado
los que me precedieron en el camino. Solicito avergonzado tengan en cuenta esta
declaración más como una necesidad de protección que una expresión narcisista.
Los nombres y calendarios me dotan de una seguridad tan falsa como los números:
no existen pero simulan explicar, a pesar que mi anhelo secreto es despertarme
una mañana y descubrir que dos más dos da tres y ahí quiero verlos, adónde
iremos a correr cuando hasta los números nos abandonen.
Desconozco la necesidad de contar
esta historia tanto como los motivos que me empujan a pensar lo que pienso.
¿Acaso alguno de ustedes puede manejar lo que pasa por sus mentes? Solo
quisiera dejarles en claro lo que sentí esta mañana en el lugar más misterioso
y bello (disculpen la redundancia) que he conocido.
No soy un hombre letrado —apenas he
aprendido a leer en la escuela, la cual no he concluido, y rápidamente tuve que
ponerme a trabajar junto a mi padre, estibador en el puerto de Mar del Plata de
una empresa inglesa cuyo nombre preferiría no dejar asentado. Aquí he nacido y
aquí moriré: en las frías aguas del Atlántico sud, donde los inviernos son tan
crudos como mi padre y el viento tan común como el dolor de espalda.
Escuchen con atención. Escuchen con
el corazón y no con los oídos. Vibra la imaginación, no el sonido. Escuchen la
historia de este hombre notable que humildemente viene a acercarles un ápice de
esperanza entre tanta máquina. Escuchar a alguien que sabe es como beber un
buen vino. No sabré escribir, porque nunca he leído; pero sí sé hablar, porque
he vivido. Los sustantivos y predicados se los dejo a quienes el sol no ha
llegado a demacrar la piel de su rostro.
Me gustan las cosas que tienen alma:
estas palabras flotando entre algodones, el aroma del mar, el horizonte yéndose
de mis posibilidades. Las cosas que tienen alma se alimentan de las
experiencias, ciertos viajes, perfumes de otras tierras, viejos amores,
pérdidas irreparables, bailes sobre la mesa. Un espíritu alimentado es un
espíritu rico. Yo soy rico. A mí, ignorante en todo salvo en la ignorancia,
solo me quedan los relatos llenos de brío, este momento en que fumo bajo el sol
de la tarde en la escollera sur del puerto junto a las olas que rompen fuertes
pero piadosas y nos mojan con su bruma, siempre tan liberadora y febril, y
ustedes me escuchan o hacen como sí, me da igual, nadie está obligado a retener
estas frases que con más ahínco que sabiduría les vengo a relatar.
Esta madrugada al terminar mi jornada
laboral (en el puerto hasta los horarios son crueles) me vine hasta el extremo
de la escollera a contemplar la potencia del mar y sus secretos. El sol nacía
tímido detrás de un manto gris y una constante llovizna exageraba el frío en
mis pómulos. Me levanté la solapa del raído sobretodo y calé bien hondo mi
boina debido al viento. Lo vi sentado unos metros más abajo de donde me
encontraba, sobre las grandes rocas que hacen de frontera a las olas, solo como
buen pescador, con la caña a su lado a modo de excusa para decir que estaba
haciendo algo, quizá para no reconocer que estaba concentrado con mundos que
solo él conocía (todos tenemos nuestra propia escollera).
De vez en cuando la tanza se contraía
pero él ni atención le prestaba, bastante tenía con sí mismo. Sentí cierta pena
avara al ver que, luego de un tiempo de lucha, la tanza se cortó y la caña
quedó flácida, poco viril, triste, a su lado. Poco le importó. Continuó fumando
su cigarrillo a la vez que sacó una botellita de vidrio del bolsillo interno
del sobretodo que bebió a pequeños sorbos. Logré divisar que no quedaba mucho
dentro de ella.
Semejante expresión de desinterés
alimentó en mí una especie de denuncia, una alarma que sonó en lo más recóndito
de mi interior, un llamado a rebelarse contra mí mismo y mis sueñitos tan
pueriles y corrientes. Lo vi arrojar la colilla al mar y volver a ponerle una
nueva tanza a su caña, entendí yo, para continuar disimulando la lejanía en la
cual se encontraba.
—¿Hay pique? —me arrojé el derecho a
interrumpir su trance.
—Siempre hay.
Lo miré de costado, mano izquierda en
el bolsillo, la derecha en el cigarrillo. Él estaba sentado abrazando sus
rodillas. No me vio.
—Mirá esto —me señaló el reflejo del
sol naciente en el agua—. Mirá fijo. ¿Lo ves?
—Sí —mentí.
—Son como estrellas plateadas que
saltan de un lado a otro. Parecen chispas —hizo una pausa y meneó la cabeza—.
Qué hermoso todo…
La caña volvió a tensarse. Era algo
grande.
—Che, parece que atrapaste algo —le
dije.
—Sí…
Fumó su cigarrillo sin quitar la
vista de las pocas estrellas que se negaban a la retirada. Luego de una lucha
desigual, la caña que se sostenía en un hueco de piedras cedió. El hombre,
calculo de unos setenta años y con boina algo pasada de moda, solo atinó a
encender otro cigarrillo y darle un nuevo sorbo a su botellita. Se secó la nariz
con un gesto rápido y ordinario y carraspeó antes de perder nuevamente su
mirada en el más allá.
Pasamos toda la mañana juntos. Me
contó que trabaja en una empresa procesadora de pescado desde los trece años
cuando su madre, empleada doméstica de los Ortiz de Alsina (una de las familias
más aposentadas de Mar del Plata), lo abandonó obligada por quien fuera su
padre, el hacedor de toda la fortuna, don Miguel Ortiz de Alsina, dueño de
todos los frigoríficos que se encuentran en los suburbios y hay quienes dicen
que su abuelo era íntimo amigo del mismísimo Patricio Peralta Ramos.
No sabría contarles si era una
persona de buenos sentimientos o el más humano de los humanos. Tenía una
energía especial, misteriosa pero atractiva como el mar; su único amigo, según
me dijo. Habló de burdeles portuarios y varias noches sin dormir, de dinero y
del Templo de Debod, de héroes y tumbas, de Príapo y esta misma escollera que
en este momento ustedes están pisando a la cual llamó “el portal” por su
condición de frontera entre nuestro mundo y otras tierras, más lejanas y
remotas, misteriosas aguas sin tiempo ni espacio.
Lo escuché con la atención propia de
lo marginal, con la guardia alta pero interesado. Fui ingresando en su mundo de
a poco como los gatos, quizá por la curiosidad que sentía anidaba en la babita
que dejaban las palabras de aquel viejo extraño. No era el mejor de los
oradores (el whisky malo hizo muy bien su trabajo) pero algo pude comprender:
lo que él llama “el portal” no es más que un mero amontonamiento de piedras y
fierros oxidados que frenan el avance del mar y delimitan las fronteras del
puerto. Al escucharme decir esto fue la primera vez que me miró, con el enojo
propio que genera la distancia no tanto física sino espiritual, los ojos
inyectados de alcohol, tabaco y soledad.
Trató de explicarme sin ningún tipo
de didáctica que aquí, donde quiera que levantes la vista, hay alguna presencia
de muerte (perdón, de vida; se excusó): me desafió que vea con atención las
placas conmemorativas de gente para nosotros desconocida que, silenciosa y
firme como la roca, fijan la memoria a nuestros sentidos; los restos de
pescados esparcidos en las hendijas de las rocas que fueron y ya no son,
inertes, con sus grandes ojos inexpresivos tan del abandono físico, muy de otras
tierras donde no se necesita ver ni oír ni tocar, restos que allí quedaron sin
servirle a nadie más que al tiempo; San Salvador, patrono de los pescadores,
imponente y rústico, custodiando una ciudad que le reza pero también lo juzga,
con las placas a sus pies, eterna súplica de olvidos y recuerdos, y él que hace
como que no escucha y mira al frente, siempre al horizonte, siempre a lo que no
se ve y nos cuentan que existe, placebo para soportar lo inevitable; a lo
lejos, algunas pintadas sobre las piedras mohosas e imperecederas:
“Solo muere quien olvida, y mientras
viva, no morirás jamás”.
“En memoria de Jorge Paz, tu amiga
Nuncia”.
“Matilda Esther Rincón, 1901-1980. Tu
familia te ama y no te olvida”.
“Juanito, presente”.
La memoria pende de un hilo en los
colores utilizados en aquellas paredes, qué responsabilidad aquel destino que
le han tocado a esos míseros tachos de pintura, qué peso y qué honor tan grande
mantener viva la memoria de quienes ya no están para que quienes estamos
recordemos que alguna vez estuvieron.
—Y están, claro que están —me dijo.
No terminó de hablar cuando, a unos
metros de donde nos encontrábamos, una mujer arrojó unos pétalos de rosas al
océano. Ya era todo día y nos quedamos en silencio observando cómo la marea se
encargó de llevárselos, silenciosa trabajadora los arrastró y desarmó a su
antojo, comenzaron a alejarse entre ellos para no verse nunca más. La mujer
abrazó a su marido y ambos sonrieron como si el dolor ya no fuese solo dolor
sino también algo parecido a la calma. Y mientras tanto, los pétalos siguieron
su curso: se mezclaron con la caña del viejo y la bruma de las ondas matutinas,
simplemente se dejaron llevar, no opusieron resistencia alguna a su destino, no
se detuvieron ni una vez a reclamar su camino. Algunos quedaron en las piedras,
aún no era su turno. Miren, ahí hay uno.
Me salió responderle que sí, que
podía ser, que qué sé yo, que simplemente soy un laburante más del puerto y
que, historias de fantasmas como esas, había escuchado miles.
Sentí la pena en su mirar cuando
levantó los ojos para verme. No me dirigió más la palabra. Bebió otro sorbo de
la botellita que arrojó violentamente al mar al darse cuenta que estaba vacía.
La caña volvió a atirantarse; la tanza se rompió. Encendió un cigarrillo antes
de colocar pacientemente un nuevo trozo de cordel en el reel para demostrarme
que para él, a partir de ese momento, yo era menos que las lombrices que
utilizaba de cebo.
Me retiré entre risueño y dubitativo.
Viejos locos como estos son moneda corriente aquí en el puerto, levantas una
piedra y sale uno, por lo que rápidamente olvidé su encuentro hasta que lo vi
unas horas más tarde del otro lado de la escollera, la que da al mar abierto,
abrazado a una mujer vestida de largo con sombrero antiguo de grandes flores a
los costados.
—Te extraño mucho, Jorge.
—Yo también a vos, Nuncia.
La sorpresa se convirtió en
fascinación cuando, al levantar la vista sobre la gran roca que me protegía,
alcancé a leer en letras rojas:
“A la memoria de Demetrio Pastor, siempre
presente”.
Debería haber sentido miedo, pero no
fue así. Debería haber desesperado, pero estaba más tranquilo que nunca.
Acaricié mi rostro y contemplé mis manos: los surcos y callos allí seguían,
firmes como los barcos abandonados. Una lágrima rebelde me hizo dudar si estaba
vivo o muerto. Nunca supe quién firmó tamaña declaración de amor. Busqué a
Jorge y a Nuncia pero ya no estaban.
Entonces fui a buscar mi caña,
encendí un cigarrillo y aquí estoy: ahora es 1879, no sé cómo me llamo y ni
siquiera sé si ustedes existen y me están escuchando.