I
El cálido abrazo del sol y
la refrescante bruma del río ayudan a despertarme. Las aguas se agitan con
suavidad, como quien mece la cuna de su hijo recién nacido. El calorcito
matutino me acaricia maternalmente y el cielo, esbelto e infinito, danza
presuntuoso sin una sola nube que opaque su belleza.
Yazco boca abajo sobre una mezcla de
rocas, troncos caídos y restos de basura. Una típica playita de río cuyos
límites son los altos pastizales que dificultan ver qué esconden detrás. No
tengo idea exacta de qué hora es, pero por la posición y la luz del sol calculo
que deben ser las nueve o diez de la mañana.
Con los ojos aún cerrados, consciente
pero inmóvil, trato de registrar cada sonido a mí alrededor como un niño en
medio de la noche oscura. Si no me muevo pensarán que estoy muerto, no me
golpearán más y me dejarán en paz. Tengo mucho miedo, para qué negarlo.
Permanezco así unos minutos hasta que entiendo que no hay peor enemigo que el
que habita en mi mente y que nadie a mí alrededor es una amenaza para mi
integridad más que yo mismo.
Adormecido como al despabilarse de
una larga siesta dominguera, tardo unos cuantos minutos en asimilar la
situación. Me siento con las piernas cruzadas mirando al río y el reflejo del
sol en el agua me ciega por completo. Froto mis ojos con las manos en un vago
intento de disipar la neblina.
¡Qué extraño es despertar! Qué
naturalizada tenemos una situación devastadoramente compleja: otra manera de
percibir el tiempo y el espacio, la conexión con un cable hacia un mundo regido
por otras lógicas, quizá más auténticas que las del mundo que tan livianamente
llamamos real. Volver a ser uno mismo, volver a las alegrías y problemas
terrenales, a los deseos y las angustias de todos los días. No es fácil
asimilar el mundo al que fuimos lanzados.
Qué hastío ser todo el tiempo uno mismo.
Siempre los mismos deseos, siempre los mismos miedos. Luchar contra los
demonios ya conocidos. Algunos ya vencidos, algunos ya vencedores. Siempre me
pregunté qué se sentirá despertar una mañana y ser Mehemed II, Artajerjes I o
un marinero inglés del siglo XVI que pisa por primera vez territorio
desconocido. Hablar otro idioma, tener otra historia, otros padres, otras
amistades, otros deberes, otras realizaciones. ¿Cómo será ser un comerciante en
la antigua Roma? ¿Cómo pensaba un fenicio, un campesino cubano, un emperador
inca? ¿Qué sentían? ¿Cómo se vería el mundo a través de sus ojos? ¿Cuáles
serían sus fantasmas, sus amores, sus traiciones?
Me incorporo con movimientos lentos y
controlados. Inspecciono mi cuerpo con minuciosidad en busca de golpes o
cortes. No hay hematomas. No veo sangre ni ropas rasgadas. No hay dolor. Sé que
estoy vivo pero no tengo la más mínima noción de por qué amanecí en este lugar.
Quizá me hayan robado. Busco en mis bolsillos la billetera, el celular, las
llaves de casa, los cigarrillos. Todo está seco y en su sitio. No me falta
dinero ni tarjetas.
El agua del río continúa su
movimiento suave y constante hacia la orilla. Me invade un extraño aire como de
sosiego, una brisa cargada de belleza perdida en el ambiente de esta escena
confusa y desordenada. Hay algo hermoso en el caos, en el reconocimiento de la
pérdida del control de uno mismo, en la aceptación del devenir azaroso que
flota como una hoja de otoño. Enciendo un cigarrillo y lo fumo con fruición. La
belleza inunda mi alma y nada me es más urgente que disfrutar de este aquí y
ahora. No existe el ayer, dado que no recuerdo lo que sucedió. No hay mañana,
porque no sé cómo seguir. Lo único que poseo es este presente tan confuso como
bello, la maravillosa sensación de estar disolviéndome como las cenizas en el
viento, el náufrago atado a la proa de su barco en medio de la tempestad
desafiando a los dioses y sus caprichosos designios sin temer lo que le
deparan, aceptando su destino con templanza y algo parecido a la dignidad.
Asomo la cabeza por entre los
pastizales y diviso el sendero de ripio rodeado de una vegetación agresiva y
espesa, escenario totalmente inconexo con los altos edificios que afloran
pedantes de fondo. Súbitamente las imágenes se conectan con las ideas y logro
reconocer dónde estoy: es la Reserva Ecológica de la Costanera Sur.
Puedo verme de niño paseando con mi
familia en una destemplada tarde otoñal por los mismos senderos que ahora me
encuentro recorriendo. Me veo pequeño, indefenso pero protegido, buscando algún
animalito escurridizo que pasa velozmente a mi lado mientras mi abuela me
ofrece jugo de naranja del vaso de un termo viejo y oxidado. El mundo es un
jardín de rosas y todo es potencialmente elevable a lo sagrado. Pero hay que
regresar; llamo al planeta Tierra.
Mentiría si dijese que me tranquiliza
el hecho de saber dónde me encuentro. Mentiría si dijese que no tengo miedo.
Mentiría si dijese que sé lo que estoy haciendo, que tengo adónde ir, que a
alguien le interesará esta historia. Quizá me volví loco y ni me di cuenta.
Finalmente sucedió. Qué va ser, a todos nos pasará. Por suerte fue menos
doloroso de lo que imaginé.
Camino a paso lento pero firme hacia
la salida. Logro captar algún que otro fragmento de belleza en mi retirada. De
vez en cuando me paro en algún rinconcito que por alguna razón llama mi
atención y aprecio maravillado la densa vegetación de la Reserva como aquel
niño que alguna vez fui. No es fácil encontrar un oasis tan bello en medio de
una ciudad tan gris como Buenos Aires.
Miro hacia un lodazal en busca de
algún animalito extravagante pero me detengo de golpe. ¿Qué es eso? ¡No puedo
creer lo que estoy viendo! Una mujer se pasea por entre los juncos allí abajo,
alejada de los senderos habilitados para el público. Sus suaves y joviales
movimientos adornan una escena maravillosa que recordaré por siempre. Va
danzando, casi levitando. No parece temerle a los animales que viven en la
Reserva ni a ser detenida por alguno de los guardianes del lugar. Se agacha y
huele un ceibo. Habla con las aves. Baila. Canta. Ríe.
Lleva un vestido corto color blanco
que le da un aire angelical. A simple vista me da la sensación de no llevar
corpiño. En sus pies, unas simples sandalias marrones. No lleva aros ni rouge
en los labios. Nada que opaque su sonrisa. Es la mujer más hermosa que vi en mi
vida. Los largos rizos de su pelo, castaños y un poco ondulados, son como los
brazos del sol que me protegieron del pánico esta mañana. Sus ojos son la
ventana al más allá, mundo infinito donde no existe el dolor, celeste grisáceo
tan magnético como peculiar preparado en la paleta del mejor pintor. La risa y
la lágrima conviven en ellos en armonía. Hay un sensual dejo felino en su
mirar. Alcanzarían sus labios, rocío de miel, para encender la hoguera de las
vanidades. La pasión arde en su boca, es evidente. Voluptuoso pero armonioso,
su cuerpo parece esculpido por Donatello y su aspecto juvenil dificulta la
tarea de definir su edad con precisión, pero estimo debe tener entre
veinticuatro y veintisiete años, no más. Algunos lunares perfectamente
esparcidos salpican su piel clara tostada por el sol.
El semblante de felicidad que ostenta
cambia brutalmente al verme. Aquel rostro que derrochaba paz y alegría se
transforma en sorpresa y terror. Se queda inmóvil con los brazos rígidos
pegados al cuerpo, como un soldado en formación. Logro reconocer ciertas gotas
de ternura en su mirar, o al menos eso quisiera creer.
Desesperada, se lanza a correr. Trato
de seguirla pero su reacción intempestiva y la entrelazada vegetación son
obstáculos que no logro sortear con dignidad. Lo bueno de convivir con la
derrota es que te permite reconocer con facilidad cuando estás en clara
desventaja. Le pregunto su nombre a los gritos pero no hay respuesta. La veo
perderse de mi vista entre los pastizales como un tren que se aleja de la
estación. Se va achicando en el horizonte y ya nunca volverá.
II
El hambre comienza a
castigar mi cuerpo con dureza. Decido parar al azar en alguno de los carritos
sobre la avenida Achával Rodríguez y pido una hamburguesa. Mientras la espero,
repaso mentalmente lo que viví esta mañana. Intento darle un sentido lógico a
todo, pensar la situación como un rompecabezas en el cual debo entender dónde
va cada ficha para ver la imagen completa pero nada de lo que experimenté tiene
sentido entre sí, empezando por mi misterioso despertar a orillas del río.
Mucho menos la mujer de la Reserva. Es como pretender hacer una bandera con
jirones de otras, de distintos tamaños y colores.
—Acá pasan cosas extrañas, ¿no? —dice
la señora del carrito de comidas, sin mirarme.
Pestañeo rápidamente un par de veces
para volver a hacer foco. La mujer debe notar mi estado de alerta.
—Quiero decir, se nota que algo le
pasa. Vaya una a saber... —agrega.
—No estoy teniendo un buen día. Son
cosas que pasan —respondo, evasivo.
La señora continúa con la vista en la
parrilla asando mi hamburguesa pero atenta a nuestra conversación.
—Mire, llevo más de veinte años
trabajando acá en la costanera. Imagínese usted la cantidad de cosas que he
visto... De verdad, acá pasan cosas muy extrañas. Hay muchas historias que la
gente repite. Algunas son ciertas, otras solo una parte. Aunque la mayoría son
bolazos. Vaya una a saber, vio cómo es esto... —dice y me mira por primera vez
a los ojos—. Pero seguramente habrá escuchado la historia de la mujer más
hermosa del mundo porque es la más famosa del lugar —se divierte.
La miro con dureza para manifestar mi
malestar con lo que interpreto es una ofensa a mi inteligencia. Es sorprendente
lo fácil que uno puede perder los estribos con los extraños. Cada quién se
monta la película que quiere. La mía es una tragicomedia mezclada con terror y
pizcas de romanticismo.
—Para mí, la mujer más hermosa del
mundo es siempre la que está conmigo —respondo.
La señora alza la vista y esboza una
leve sonrisa de costado en aprobación a mi ingenio. Noto gotitas de dulzura en
su mueca. Baja la cabeza y se concentra en mi hamburguesa. El humo de carne
asada la envuelve, dándole un toque casi místico a su presencia. Trato de
imaginar los esfuerzos que realizó a lo largo de su vida para sobrevivir.
Pienso en los míos. Soy un afortunado.
—Sinceramente yo no creo mucho en
este tipo de cosas —dice la señora—. Creer en eso y en los fantasmas es
prácticamente lo mismo. Me cuesta creer que haya alguien en este momento a su
lado escuchando lo que hablamos, riendo con otros fantasmas de que no podemos
verlos ni tocarlos a la vez que tiran la mayonesa para asustarnos. Vaya una a
saber... —y calla. Solo se escucha el crepitar de la carne en la parrilla—. De
ser así, a mi me encantaría que el espíritu de mi hijo se me presente ahora
mismo... —dice en un tono muy distinto al cual venía hablando. Es como si otra
persona le hubiese prestado su voz. Siento una pena infinita por aquella mujer.
Bajo la cabeza en señal de respeto. No sé qué decir. Un silencio cómplice nos
arropa.
—Pero hay quienes comentan que acá en
la Reserva han visto a una mujer vestida de blanco recorriendo los senderos
—retoma, renovando su vitalidad— ¡Y son muchos, eh! Algunos dicen que es un
espectro, el fantasma de una mujer que mataron acá en los juncos. Hay quienes
dicen que murió de pena. Otros cuentan que es solo una mujer que vive en los
pastizales, una especie de hippie que está medio tocame un vals. Vaya una a
saber... Eso sí, las veces que la vieron siempre andaba sola. Cuando quiere
baila, juega con los animales, nada en el río, camina, duerme. Nadie la molesta,
hace lo que quiere cuando quiere. Es libre. Lo que sí, los pocos que la han
visto aseguran que es la mujer más hermosa del mundo, en eso están todos de
acuerdo.
—¿Y nunca nadie habló con ella?
—No, que yo sepa. Hay mucho
chantapufi dando vueltas igual, ¿sabe? Yo no me creo todo lo que andan
diciendo, yo no me creo.
—¿Por qué debería creerle a usted,
entonces?
Levanta la vista y me mira con una
dureza que no se condice con el tono de la conversación que venimos llevando.
Nuevamente me da la sensación de que otra persona la posee.
—Cada uno cree en lo que quiere. O en
lo que puede —dice.
Baja la vista como si no tuviese nada
más que agregar. Nos quedamos en silencio un buen rato. Me sorprende cómo
hablan los silencios.
—Hoy creo haberla visto, bailando en
medio de un lodazal cerca de la salida. Salió corriendo cuando me vio
—confieso.
La señora no me escucha, o hace como
que. No responde. Sigue concentrada chequeando el nivel de cocción de mi
hamburguesa. Me siento totalmente a merced de esta mujer. Hay algo en su
presencia que me obnubila. Sin darme cuenta cómo ni cuándo, está dominando los
tiempos y temas de la conversación. Maneja los tonos, los temas, el ritmo. Soy
un títere haciendo lo que ella desea, como si supiese qué voy a decir antes que
lo diga. Decido callar. Siempre que no se sepa qué decir es preferible guardar
silencio y parecer un tonto que hablar y despejar toda duda.
Pero la señora quiere charlar. Quiere
contarme la historia. Quiere contarme su historia. Quiere que pueda creer.
Quiere que crea. Se divierte conmigo. Pasa el rato. Habla sin mirarme,
concentrada en su faena.
—Dicen las malas lenguas que quien
quiera hablar con ella debe cumplir con una serie de requisitos. Sí, así como
lo escucha. La belleza es cruel, mi amigo, sobre todo en una mujer. Qué va
ser... Pero hasta el día de hoy nadie lo ha logrado así que imagino que debe
ser más cuento que otra cosa. Vaya una a saber... —dice.
—¿Y cuáles son esos requisitos?
—Bueno, se podrá imaginar que no hay
una lista escrita por alguien, pero dicen que son tres: encontrar una de las
siete entradas del infierno, pasar una noche allí y batirse a duelo por su
amor. Pero, ¿por qué pregunta tanto? —dice la mujer, a la vez que me alcanza mi
tan ansiada hamburguesa.
—Curiosidad. Desde que me desperté
esta mañana que todo me resulta curioso.
La mujer se apoya con las manos sobre
la mesada de madera del carrito. Me mira inquisitiva pero juguetonamente. Hay
algo que me quiere decir pero no lo hace, como si tuviese que adivinarlo o
razonarlo por mi cuenta para tatuarlo definitivamente en mi interior. Siento
que me quiere desafiar y enseñar a la vez, como si fuese uno de los siete
sabios del Himalaya.
—¿Acaso existe persona en esta tierra
que valga semejante esfuerzo? —dispara.
—Hay personas que hacen nuestra vida
un poco menos dolorosa. O un poco más bella, depende de cómo estén las
estrellas —contesto.
La veo sonreír. Me gusta mucho su
sonrisa.
—¿Se ha enamorado usted alguna vez?
—me animo a preguntarle.
Me mira como un lobo a su presa. Me
mide. Me analiza. Descubro que disfruta hablar conmigo. Está jugando.
—Vaya una a saber... —responde
encogiéndose de hombros y lanzando una risita.
Cuántos mundos hay detrás de una
persona. Cuántos caminos recorridos. ¿Habrá sufrido por amor? ¿Seguirá
haciéndolo? ¿Contra qué demonios estará aún luchando? ¿Y yo? ¿Contra qué
demonios estoy luchando? ¿Qué mundos hay detrás de mí? ¿Me habrá olvidado?
Bajo la cabeza para buscar mi
billetera y pagar por la comida, pero las preguntas son aún mayores cuando, al
levantar la mirada, ni el puesto ni la mujer se encuentran aquí presentes.
III
Buenos Aires siempre me
pareció una ciudad un tanto diabólica. Si, como dicen, Dios está en todas
partes pero atiende en Buenos Aires, lo mismo aplica para el Diablo. Tengo la
vaga sensación de haberlo visto alguna que otra noche en las inmediaciones de
la plaza San Martín, o en algunas de las mujeres que de vez en cuando me
saludan por la calle.
Confundido, camino sin rumbo por la
costanera. Trato de encontrar algún rastro de la mujer vestida de blanco en los
pastizales de entrada a la Reserva pero no tengo suerte. Me siento en el
pequeño muro de cemento de espaldas a los juncos y enciendo un cigarrillo. Una
parte de mí siente la imperiosa necesidad de encontrar a esa chica pero,
pensándolo bien, no sé hasta qué punto estoy dispuesto a pasar una noche en el
infierno por una mujer. Ya lo he hecho demasiadas veces en mi vida.
“¿Acaso existe persona en esta tierra
que valga semejante esfuerzo?”.
Las razones para irme a casa y
olvidar lo que estoy viviendo esta mañana se agolpan en orden de importancia en
mi mente. Pero la sangre no es agua, y cuando bulle hay que saber escucharla.
Algo que no puedo explicar pero sí sentir me empuja a buscar a esa mujer. Estoy
en el preciso instante en donde soy consciente que me arrojo al vacío con el
corazón en las manos, a sabiendas que no estoy tomando la mejor decisión para
mi integridad física y emocional pero sí para saciar mi sed de vitalidad.
Hablo con el encargado de un carrito
cercano a la entrada de la Reserva. Le pregunto, en clave, si conoce dónde
puedo encontrar al Diablo. Me mira como si fuese un extraterrestre y me ignora
sin dirigirme la palabra. Hago lo mismo con los carritos siguientes: uno me
insulta; otro me ofrece cocaína; el de más allá saca una Biblia y me habla de
Jehová; la mujer que le sigue da unos pasos hacia atrás, rescata un rosario del
bolsillo del delantal y comienza a rezar a los gritos.
No estoy dispuesto a darme por
vencido tan fácilmente. La cabeza me dice que es una locura lo que estoy
haciendo, que estoy perdiendo tiempo de mi vida en algo que no tiene sentido. Y
quizá tenga razón. Pero ese es el problema principal: no quiero tener razón.
Estoy harto de la razón. No quiero más que mis decisiones estén supeditadas a
una concatenación lógica de causas y consecuencias. No quiero más el pesimismo
tan típico de la inteligencia, quiero el optimismo propio de la voluntad
incluso ciega, absurda. Quiero emoción. Quiero lo que crece, sangre, vino, el
olor de tu pelo, rojo, alegrías, tristezas, esas cartas que nos mandamos,
amores, desamores, verde, oliva, sexo, todos los colores, aquella noche en
aquel lugar, música, prohibido prohibir, tormenta, morir en vos y renacer de
mis cenizas. Quiero de todo en esta vida, menos razón.
Vuelvo a entrar a la Reserva. Después
de todo, ¿qué tengo que perder? Cigarrillo en mano, voy buscando por los
senderos como un poeta en la gran ciudad. Camino perdido y desconectado de la
realidad en que viven mis coetáneos. Los observo. ¿Adónde van? ¿De qué ríen? ¿A
quién extrañan? Siento una mezcla de lástima y envidia hacia ellos. De seguro
entienden menos que yo de todo, pero deben ser más felices. Una pareja trota a
ritmo acompasado con la ropa y accesorios de último modelo disponible: gorras,
gafas, reloj cuenta pulsaciones, calzas, zapatillas. Un chico anda en bicicleta
con auriculares bluetooth a la vez que enciende un faso y canta. Más allá, una
señora pasea el carrito de su nieto. Pienso qué será de sus vidas y por qué
confluimos todos en este momento, en este lugar, y no de otro modo. Podría
haber sido de otra manera, pero es así. ¿Por qué es así? ¿Qué se esconde detrás
del velo de la casualidad y la aleatoriedad?
Me figuro que están todos complotados
en mi contra, que no son más que actores o, peor aún, fantasmas que rondan la
Reserva como la historia de la mujer que me contó la señora del carrito. Vieja
conocida en la larga noche, caigo en la paranoia de encontrar sentido en
acciones remotas para justificar el objetivo principal de hacerme creer una
realidad distinta a la mía. ¿Con qué objeto? ¿No tienen nada mejor que hacer de
sus vidas que joderme la mía? Vayan a ser felices, ustedes que pueden. Sigan
con sus vidas de plástico y televisión y déjenme tranquilo.
Transpiro. Tengo taquicardia y mis
fosas nasales no logran incorporar el aire que mis pulmones necesitan. Decido
seguir caminando para calmarme. Inhalo por la nariz, exhalo por la boca. Repito
el accionar hasta dominar mi pulso y mi mente. No sé cuánto tiempo hace que
estoy así. Camino por inercia. Mi cuerpo sabe mecánicamente qué acciones
realizar para proporcionar movimiento y equilibrio pero mi cabeza no está aquí,
como si de golpe me hubiese pegado un rayo y me hubiese partido en dos. Alguien
me pregunta algo, no entiendo bien qué. Le respondo con un gruñido. No puedo
hablar con claridad, disculpe. Sigo caminando.
Sin saber cómo ni cuándo, llego al
extremo de la Reserva, muy cerca de la playita donde amanecí hace unas horas.
Es el extremo de la ciudad. A partir de aquí, el sendero comienza a regresar.
Una extraña nostalgia me toma por sorpresa. Me apoyo sobre una baranda de
madera semi podrida y contemplo el río de la Plata. Me maravillo ante semejante
espejo de agua. Enciendo un cigarrillo.
A pocos metros, detrás de unos
pastizales altos y desprolijos, visualizo una casa muy mal mantenida. Parece
abandonada. A sus costados hay una cinta prohibiendo el paso y posee la típica
forma que dibujan los niños en el jardín: cuadrada, techo a dos aguas, de
madera, una entrada principal y dos ventanas a cada lado con los vidrios rotos.
La puerta está abollada y oxidada. Un débil candado hace las veces de protector
de la propiedad. Más allá puede observarse una especie de panel eléctrico
pintado de azul y una baliza vertical de considerable altura para avisar a
barcos y pesqueros. No veo a nadie que la vigile.
Alguna vez mi viejo me dijo que el
mejor escondite es aquel que está a la vista de todos. Obligo a mi mente a
realizar un esfuerzo mayor al que está acostumbrada y la analizo con
detenimiento. Dios no juega a los dados. El Diablo tampoco.
Traspaso la cinta por debajo
arqueando mi cintura como Muhammad Alí en medio de una pelea contra Joe
Frazier. Me paro frente a la derruida puerta y rompo el candado de una patada.
La abro de un empujón. No veo nada del otro lado. Oscuridad total. No lo dudo
un instante más. Respiro hondo y doy un paso al frente.
IV
El infierno es muy distinto
a como me lo había imaginado. Nada de llamas, fuego, ni gritos suplicando
clemencia. No hay demonios deformados rondando los pasillos ni filas de
condenados esperando su eterno castigo. Es una habitación elegantemente
decorada al estilo barroco, con dos sillones individuales enfrentados color
vino tinto y una mesa marrón oscura excelentemente encerada con terminaciones
en oro puro. Tan magnífica como sobria, una araña colgante tiñe el ambiente con
una luz cálida. El piso está cubierto de una alfombra de seda roja tan fina que
da lástima pisarla. En un rincón de la habitación veo una paloma blanca
encerrada en una jaula. Logro divisar una ventana cuyo fondo da hacia la nada:
más allá de ella se ve todo negro. Aquí no existe el tiempo ni el espacio. El
universo entero es esta habitación.
Logro divisar un cuadro de
considerable tamaño en cada una de las cuatro paredes. Son el “Cristo de San
Juan de la Cruz” y “La desintegración de la persistencia de la memoria”, de
Salvador Dalí; “Saturno devorando a su hijo”, de Francisco de Goya; y “Caída de
los ángeles rebeldes”, de Pieter Brueghel. Los marcos son una mezcla de madera
tallada y oro macizo. Creo que son los originales de cada obra.
La habitación huele a granos de café
recién molidos y a vainilla. Percibo unas gotas de jazmín, también. Huele a
madera. Huele a tu perfume, a cenizas rociadas con vino tinto, a la casa de mis
abuelos. Huele a leña. No tengo frío, tampoco calor. Es la temperatura
perfecta. Me extraña no estar sintiendo miedo. Solo se escucha el silencio.
¡Qué fuerza tiene el silencio! Qué
desnudo se encuentra uno ante semejante solemnidad. Cada segundo que corre abre
más y más el abismo con uno mismo, es como llegar a las profundidades del mar
luego de haber sobrepasado todos los metros iniciales de olas y rompimientos
para, finalmente, encontrar quietud, pureza, divinidad. Apenas logra ingresar
la luz del sol y floto sin esfuerzo alguno. Mi cuerpo no pesa. No respiro, no
es necesario hacerlo. Lejanos, solo creo escuchar los latidos de mi corazón.
Silencio, frontera de lo terrenal,
enséñame tus virtudes y tus miserias, que las mías bien las conozco. Echa luz
sobre mis sombras más temidas. Elévame, oh silencio, maravilloso universo,
verdadero infinito de las almas. Ilumíname. Quita las vendas de mis ojos y los
tapones de mis oídos. Enséñame a afrontar mis batallas y a aceptar lo
inaceptable. Ayúdame a vivir en armonía y a morir con dignidad. Y viceversa.
—Lindo lugar este, ¿no le parece?
—dice una voz extraña.
Con un movimiento rápido como un
felino desprevenido muevo mi cabeza hacia donde escucho que me hablan. Hay un
hombre sentado en uno de los sillones con las piernas cruzadas, un vaso de whisky
sin hielo en una mano y un cigarrillo en la otra. No estaba cuando entré a la
habitación.
—Sí, bastante —contesto,
aterrorizado.
—¿Quiere? —saca una cigarrera dorada.
—Gracias —acepto.
El hombre fuma con fruición. Disfruta
de cada bocanada de humo como si fuese la última. Tal vez lo sean. Expulsa el
humo como un volcán en erupción. Fumamos en silencio, sin mirarnos.
Contemplamos la majestuosidad del infierno, cada uno a su manera. Trato de
disimular mis emociones para no mostrarme vulnerable. De vez en cuando lo miro
de reojo. Tiene el pelo engominado peinado de costado. Luce un traje negro de
cinco botones en las mangas, camisa blanca y corbata morada. Los zapatos,
negros también, brillan como el sol del mediodía en verano. Alcanzo a divisar
un pañuelo del mismo color que la corbata simétricamente doblado en el bolsillo
delantero del saco. Sobre el respaldo del sillón de gamuza descansa un elegante
sobretodo negro. Da la sensación de estar aguardando algo con la paciencia
propia de quien sabe que la recompensa final bien vale la espera. Destila
elegancia en cada movimiento. Parece amable, pero no puedo confiar en nadie en
estas circunstancias.
Apaga su cigarrillo en un cenicero de
cristal y contempla con aire conmovido uno de los cuadros en las paredes.
—La desintegración de la persistencia
de la memoria —dice, en pleno trance.
—¿Quién es usted?—pregunto.
—¿Qué es el tiempo? —repregunta, con
la vista fija en el cuadro.
—El tiempo no existe más que en
nuestras mentes.
—¿Y en nuestros corazones?
No respondo. No sé qué responder. Lo
miro fijo. Él no me mira, está hipnotizado con la obra de Dalí. Una lágrima
rebelde se le escapa de su ojo derecho. No la detiene, la deja correr hasta que
se pierde para siempre en la manga de su saco. Toma el pañuelo de su bolsillo y
se limpia delicadamente el rastro que dejó su llanto, del cual ya nada queda.
—¿Qué es el olvido? —pregunta.
—Creo que es el peor de los castigos.
—Estaban ya marchitas las flores que
las horas me entregaron. Mi única acción posible es ir deshojándolas poco a
poco... —recita.
—Fernando Pessoa.
—¡Salud! —levanta el vaso y bebe un
sorbo.
—¿Quién es usted?
—¿Para qué quiere saber? ¿Le cambia
algo tener la información de mi nombre? ¿Le cambia algo saber que me llamo
Miguel, Jorge o Pirulito? ¿Acaso va a poder sacarme de este lugar si le digo
quién soy? —dice, mirándome por primera vez a los ojos. Nunca conocí una mirada
tan triste.
—No —reconozco.
—Usted en realidad quiere saber si
soy… —no termina la frase, como si no se atreviera a nombrarlo.
—La verdad que sí. Me haría un gran
favor.
—Bueno, lamento no estar a la altura
de sus expectativas pero no lo soy. Soy Nadie. Aquí dentro todos somos nadie,
señor. Acá no interesan los nombres, ni las edades, ni el pasado, ni el futuro.
Le diría que en este lugar prácticamente no importa siquiera el sufrimiento…
Su tono se va endureciendo poco a
poco. Me sorprende la rapidez con la que pasó de su estado contemplativo a la
irritación.
—¿Qué hace acá? —pregunto.
—Lo mismo que usted, señor. No me
venga con pavadas.
—Vengo a rescatar un alma —miento.
—No me diga. ¿La de quién?
—La mía.
El hombre echa a reír a carcajadas.
Golpea sus muslos con energía y derrama un poco de whisky en la alfombra de
seda. El sonido de su risa llena todos los espacios de la habitación,
convirtiendo el escenario en un lugar más sombrío aún de lo que es. Me
sorprende que en ningún momento se despeinara. La paloma blanca aletea nerviosa
en la jaula.
—Hágame el favor: siéntese. Relájese.
Beba. Fume, tome. Charle conmigo, venga. Mire dónde se encuentra. Mire a su
alrededor. Déjese con estupideces de una vez —dice.
¿Qué otra opción tengo?
Resignado, me sirvo un whisky sin
hielo y me siento en el sillón que queda vacío. El caballero me ofrece otro
cigarrillo. Acepto.
—Dicen que es preferible compartir la
angustia con los amigos que la felicidad con los desconocidos —comento, por
decir algo.
—Yo no soy su amigo, señor —responde
con dureza.
—Déjeme pasar una... —casi que
suplico.
El caballero me corre la mirada como
buscando las palabras de lo que va a decir. Se acomoda el saco y se limpia el
polvillo que se acumuló en su muslo izquierdo. Vuelve a mirarme.
—Le voy a advertir algo, estimado.
Vaya haciéndose a la idea de que acá no le van a dejar pasar una. Nada. Ni una
pizca de piedad. Le van a contar las costillas como a un perro mugriento. Le
van saltar a cabecear con el codo y, si pueden, lo van a patear en el piso. No
lo tome personal. Todo lo contrario. Tómelo como un consejo gratuito. Acá solo
existe el sufrimiento, señor, y ni siquiera... —me dice, y noto cómo se le
nublan los ojos.
—Ya bastante sufrimiento hay allá
afuera... —señalo la puerta de salida.
El caballero ríe como una explosión,
fuerte y breve. No lo pudo contener.
—No, señor. No se compara con este
lugar. A ver si le queda claro: está usted en el mismísimo infierno.
—El infierno está dentro de nuestras
mentes. Uno puede entrar y salir cuando quiere —juego.
—¡Ah, maravilloso! —dice,
sarcástico—. Usted es de los que cree que el sol existe porque lo vemos, ¿no es
así?
—Si un árbol cae en el bosque y nadie
está cerca para oírlo, ¿hace algún ruido? —replico y bebo un sorbo de whisky.
—Usted debería escuchar más al
verdulero de la esquina de su casa que a Merleau-Ponty.
—Solo existe lo que uno percibe
—sostengo.
—¿Existo yo, acaso?
—Por supuesto. Porque puedo
percibirlo.
—¿Existe este vaso?
—Claro que sí.
—¿Existe el infierno?
—Vivimos en él todos los días.
—¿Existe Dios?
Me da la sensación de haber entrado
en su juego, en las redes de un guión muy bien pensado. Me tomo mi tiempo para
responder. No sé bien qué decir.
—Verdaderamente nunca tuve
oportunidad de percibirlo —reconozco.
—Entonces, según su lógica, no existe
—replica el caballero de negro.
—¿Y para usted?
El hombre me mira fijo. Bebe su
whisky sin quitarme los ojos de encima. Luego mira el “Cristo en la Cruz de San
Juan”.
—Eso es lo que opino de Dios —dice y
señala el cuadro con la cabeza.
Hay un dejo de tristeza en todos sus
movimientos, incluso en los más vehementes. Una tristeza muy humana, profunda,
existencial. De esas que no tienen cura.
—Yo sé por qué está aquí —susurra—.
Usted también la quiere conocer.
Me levanto en silencio para servir
otro whisky. Mis movimientos son lentos y parsimoniosos. Busco controlar la
situación. Vuelvo a sentarme. Sostengo los codos en mis rodillas, entrelazo las
manos y apoyo la pera en ellas. Lo miro en silencio pero con intensidad. El
hombre me mantiene la mirada. Poco le cuesta. Es igual o más intensa que la
mía.
Me sorprendo al verlo sacar una caja
de madera debajo de su sillón. La apoya sobre la mesa. La caja es antiquísima
pero muy bien mantenida. Barnizada y con herrajes de oro. La abre. Es un juego
de ajedrez antiguo. Las piezas son de marfil puro. El tablero, de madera de
secuoya.
—El que gane la partida tendrá el
derecho de hablar con ella —dice.
Hace años no juego al ajedrez. En una
época lo practiqué con asiduidad. Recuerdo el movimiento de las piezas pero no
tengo la técnica suficiente como para hacerme con la victoria. No me queda más
remedio que aceptar.
Sorteamos los colores. Juego con las
piezas negras.
El hombre me ofrece un cigarrillo
antes de empezar. Fumamos. Luego saca otra cigarrera más chiquita, de igual
elegancia que la anterior.
—¿Me acompaña? —ofrece cocaína.
Acepto.
Tablero de por medio, no nos
dirigimos la palabra en ningún momento durante la partida. La falta de práctica
no implica que no me dé cuenta que estoy en clara desventaja. Mi única
esperanza es que, más por azar que por genio, realice un movimiento magistral
que incline la balanza a mi favor. Lo fantástico del ajedrez es que es de esos
deportes en que nadie gana hasta que gana. Como el fútbol o el boxeo, donde por
más que uno esté haciendo una gran pelea un solo error o una pelota parada
pueden dejarte en peligro de nocaut. Me aferro a esa opción como un salvavidas
en medio del océano.
Pero eso solo sucede en los cuentos,
no en el infierno. A cada mínima ilusión de encontrar un movimiento salvador,
el hombre de traje negro se adelanta y bloquea mi contraataque. Estoy
perdiendo. Me lo tomo con calma. No será ni la primera ni la última vez. Quizá
por eso no me sorprende tanto cuando veo que posa su mano en la dama blanca y
asalta sin pedir permiso el casillero junto al rey negro. Captura el último
peón, lo deja a un lado donde reposan mis otras piezas, levanta la vista y me
mira con la dignidad del buen ganador.
—Jaque mate.
Inmediatamente me levanto del sillón
y le doy la mano. Escucho que me dice algo pero ya no me interesa. No quiero
estar un minuto más aquí dentro. Quiero irme a mi casa, ver a mis amigos, a mi
familia. Quiero leer, escribir. ¿Qué hago en el infierno batiéndome a duelo con
un desconocido para obtener el derecho (¡tan solo el derecho!) a hablar con una
mujer, por más que sea la más hermosa del mundo? ¿Acaso existe persona en esta
tierra que valga semejante esfuerzo?
Me doy media vuelta y, sin mirar
atrás, abro la puerta y doy un paso al frente. Abandono el infierno, ojalá que
para siempre.
V
Dejar atrás el infierno
resulta más complicado de lo que imaginé. Ahora que lo pienso, tiene sentido:
es muy fácil entrar pero no salir.
Retomo el sendero de la Reserva. Las
aguas del río se mezclan con los rayos del sol ya de mediodía y me parece casi
ridículo que todo siga su curso en aparente armonía luego de haber estado donde
estuve. Allí nomás es posible encontrar una de las entradas al infierno y todos
los que ahora me rodean viven sus vidas en aparente normalidad. La gente pasa a
mi alrededor riendo y tomando mate como si lo que sus ojos pueden ver fuese lo
único real en el universo. ¿Cuántos mundos habrá detrás de cada uno de ellos?
¿Y cuántos hay dentro de aquella madriguera en apariencia inofensiva? ¿Y en
esos hormigueros?
Camino derrotado por la senda de
tierra y ripio. No entiendo absolutamente nada de lo que me sucede desde que
amanecí en la orilla del río, aquí cerquita. Quizá necesite tiempo para
asimilarlo. Quizá nunca lo haga. Cansado de estar cansado, me consuelo pensando
que no todo tiene un sentido ni puede ser explicado. No quiero hablar con nadie
hasta que llegue a mi hogar. Apresuro el paso. Un hombre me pide no sé qué. Ni
lo escucho, solo le digo que no.
Me detengo en uno de los miradores
para estar conmigo. ¡Qué placer hundirse en las profundidades, bucear en los
tesoros escondidos de uno mismo, tropezar con las regiones no conocidas de mi
alma! Aquí soy dueño de todo, incluso (casi iba a escribir “sobre todo”) de mi
propio dolor.
Naufrago sin salvavidas en mis
pensamientos cuando de golpe los veo. Sí, allí abajo. Mire bien, allí. En la
laguna, al lado de aquellos pastizales, detrás de ese cúmulo de árboles caídos
que figuran una especie de trinchera. El hombre de traje negro y ella. Parecen
dos animales en celo. Debe de estar contándole lo fácil que venció a su rival
en el inframundo, lo débil que era aquel hombre y lo afortunada que es ella de
estar hablando con un verdadero triunfador como él. Debe estar contándole el
mundo en vez de querer vivirlo con ella, sacando conejos de la galera para el
aplauso de un público que se atiborra de pochoclos húmedos en bolsitas de
plástico que luego arrojarán al río sin dudar.
Sonriendo, el caballero extrae algo
del bolsillo interno del saco y se lo entrega. Es un papel. Ella hace una mueca
de asombro un tanto actuada pero lo acepta y lo guarda, sin leerlo, en el
bolsillo lateral de su vestido blanco. Agudizo la vista para observarla con
mayor detenimiento. Su belleza es distinta a la de cualquiera, no solo en los
aspectos físicos, sino en el aura que desprende. Puede iluminar sin esfuerzo
una habitación entera. Rebosa calidez. Destila hogar.
Debe haber sentido mis ojos en ella
porque inmediatamente levanta la vista y me mira. Su actitud cambia por
completo. La sorpresa se apodera de su expresión. Los ojos de una persona nunca
mienten. Hay algo en los de ella que me resulta familiar. Es como si una pieza
de mi rompecabezas infinito hubiese encastrado con una del de ella pero no
ahora, sino en otro tiempo, tal vez en otra vida. Siento que de algún modo la
conozco desde hace años pero es imposible, jamás la había visto hasta hoy.
Instintivamente da un paso hacia atrás del hombre que la corteja y creo notar
que le suelta la mano. Le comenta algo al oído. Él no responde, solo mira al
piso a la vez que asiente levemente con la cabeza ante cada palabra. Sin más
preámbulos, la mujer sale corriendo entre los juncos hasta perderse de mi
vista.
El hombre de traje negro levanta la
cabeza y la ve alejarse para siempre de su vida. Casi como en una obra de
teatro, lentamente se da media vuelta y me encuentra con la mirada. Me
sorprende que no se le mueva un solo músculo de su rostro al verme. No cambia
su expresión. Es como si otra persona distinta a la que conocí ocupase el
cuerpo de aquel sujeto, como si fuese el mismo envase pero con distinto
contenido. No reconozco aquellos ojos tristes. No hay nada detrás de estos que
ahora me miran. Un breve pero intenso escalofrío me eriza la piel.
Extrae el pañuelo morado del bolsillo
delantero del saco y se saca el polvo de las manos, del traje y de sus zapatos.
Al finalizar, vuelve a mirarme fríamente, se coloca con parsimonia el sobretodo
y el sombrero de copa que reposaban tranquilos en el tronco de un árbol caído,
enciende un cigarrillo, hace una leve mueca con el ala del sombrero y se retira
caminando entre los pastizales con una mano en el cigarro y la otra en el bolsillo.
Su silbido y el canto de los pájaros se funden en un largo adiós. Siento cierto
temor y atracción por aquel hombre.
Después de todo, quizá no seamos tan
distintos como pensaba.
VI
¿Cuántas veces ama un
hombre en su vida? ¿Cuántas veces una mujer? ¿Hemos amado alguna vez? ¿Hemos
sido amados, siquiera? ¿Somos capaces de amar con la misma intensidad a
distintas personas o es algo que se va desgastando con el paso del tiempo y los
desamores, algo que va perdiéndose como gradualmente se pierde la vista, y lo
que ayer era pura definición y colores vívidos poco a poco va tornándose en
imagen borrosa para acabar en la agonía de la última sombra, morada del
infinito, hotel de los placeres? ¿Qué queda después del amor?
A la merma de intensidad le dirán
sabiduría. A la cobardía la harán pasar como amor propio. Al olvido lo llamarán
oportunidad. Deberemos reconstruir nuestros muros sobre las cenizas de viejos
amores, aprenderemos a los golpes como los animales, entenderemos que por allí
no es el camino porque antes dolió, regaremos el camino con nuestra sangre a
cuentagotas para convertir en sagrado el suelo que alguna vez pisamos. Solo así
podremos elevarnos a lo divino.
Mi primera novia. Mis aprendizajes.
Mi segunda novia. Mis derrotas. Mi tercera novia. La chica que se enamoró de mí
pero yo no de ella. Mi cuarta novia. La chica que no se enamoró de mí pero yo
sí de ella. He aprendido y he sufrido. He amado mucho y no me han amado, y
viceversa. He llorado. He reído. He soñado. He vuelto a ser niño. He sido anciano.
He sido mis padres. He sido sus padres. He sido héroe y villano. He
traicionado. He mentido. He sido brutalmente sincero. He sido solo una tarde en
el parque Sarmiento. He sido sexo. He sido padre, hijo y cuñado. He caminado de
la mano. He bailado borracho. He tenido sexo en la escalera, en la playa, en el
auto, en el trabajo. He exagerado. He escrito cartas y me han escrito algunas:
cada una de ellas es una bala que tira a matar.
Muchas veces no supe qué decir y lo
poco que dije fue indebido. Muchas veces me sentí solo estando acompañado. He
dejado todo y no ha alcanzado. He abandonado y he sido abandonado. He sido
amante, novio, esposo, divorciado. He sido celoso y me han celado. Me he
enojado y he hecho enojar. He sido el novio ideal. He sido el amante ideal. He
sido el ex novio que ninguna mujer quisiera tener. He sido cruel, sincero,
hiriente, cariñoso, sexy, vulnerable, fuerte, canalla, dependiente. He ganado y
he perdido. He jugado. He querido. He amado. He sido bueno y malo. He vivido.
¿Quién soy ahora?
Camino cabizbajo sumido en mis
pensamientos. Fumo con placer. Mi vida se amontona en imágenes fugaces y
recuerdos vívidos que llegan a mi mente como las olas a la orilla del mar.
Rompen con fuerza en mi cabeza y se retiran rápidamente para darle paso a otro
recuerdo, dejando a su paso tan solo rastros de yodo que se impregnan en mis
poros. De golpe saboreo olores, colores, palabras. He tenido una gran vida, a
pesar de todo. Si me confesaran que hoy es el fin, me iría tranquilo. La
dulzura de la derrota, mi vieja amiga. Hazme sabio, oh derrota, que del triunfo
solo aprenden los idiotas.
Estoy saliendo de la Reserva cuando
veo que alguien se mueve entre los pastizales de aquella laguna. Es ella. Baila
y canta dulcemente. Está sola. Siempre está sola.
Es mi última oportunidad.
VII
Abandono el sendero y me
interno en el lodazal. Mis pies se hunden hasta los tobillos y me cuesta
caminar. Piso troncos, maleza, barro. Una pequeña serpiente me roza el gemelo.
Camino lentamente hacia ella. Me ve pero, a diferencia de las últimas veces,
esta vez no percibo asombro en sus ojos ni ternura en su expresión. Continúa
danzando como si no le importase mi presencia. Permite que me acerque.
—Hola —digo, tímido—. No te asustes,
no voy a hacerte daño.
—Lo sé —responde, onírica.
—Soy…
—Ya sé quién sos —me interrumpe.
De cerca es aún más hermosa. La
escena toma una tonalidad amarillenta, como si el sol calentara más donde ella
pasa. Su pelo ondea en la refrescante brisa que de golpe se levanta. Dudo de no
haber muerto.
—¿Cómo lo sabés?
—Porque nosotros nos conocemos.
—¿Cómo te llamas? —pregunto, sin
haber escuchado bien lo que dijo.
Deja de bailar y se para frente a mí.
Me sonríe dulcemente. Se sienta en el tronco de un árbol y me hace señas para
que me siente a su lado.
—Pongamos que me llamo Jezabel
—responde.
Suspira. Está presente en cuerpo pero
noto cómo su mente se conecta con algo ajeno a lo que somos. Mis ojos se
nublan. No logro reconocer si estoy llorando o soñando.
—Siempre fuiste sincero conmigo, así
que yo lo seré con vos —dice—. Creo que después de tanto esfuerzo te mereces,
al menos, conocer la verdad. Vivo acá en la Reserva. Trato de ser muy cuidadosa
con la gente, no me dejo ver mucho. Por supuesto, siempre algo se me escapa. No
soy perfecta.
Sonríe. Ni siquiera ella cree en lo
que acaba de decir.
—Se dicen muchas cosas de mí
—retoma—. Algunos dirán que soy una persona horrible. Otros, que soy un ser
humano maravilloso. Hay quienes dicen que soy una bruja. Los menos, que no
existo y soy un fantasma. Todas las opiniones son ciertas.
Debe reconocer el desconcierto en mi
semblante porque hace una mueca aniñada y continúa hablando.
—Quiero decir, ya te habrás dado
cuenta que en este lugar ocurren cosas extrañas. Se podría decir que este es un
lugar mágico. Muchas parejas se acercan a esta zona para renovar su amor, para
comenzar una relación o tan solo para que el dolor que supone la extinción de
la pasión no sea tan angustiante.
La última frase me entristece, no sé
por qué. Escucho atentamente cada palabra que dice. Es de esos momentos en que
uno obliga a su mente a utilizar el máximo de su potencial para retener
absolutamente todo lo posible, consciente de estar viviendo un hecho
extraordinario en su vida que puede cambiar el rumbo de las cosas. Trato de no
dejarme distraer por su imponente hermosura pero rara vez lo consigo.
—Vi muchas parejas, vi mucho
sufrimiento —continúa—. Y yo no quiero sufrir por nada ni nadie. La vida es
para disfrutarla, ¿no te parece? Te imaginarás que oportunidades para estar con
alguien me sobran... Pero ese no es el punto. Yo no quiero enamorarme. Nunca
quise. Solo quiero divertirme. Ser libre como las aves que habitan este hermoso
lugar, cantar cuando ansío que mi voz se escuche, bailar cuando quiero que mi
cuerpo hable, caminar cuando deseo alcanzar el horizonte. Eso quiero: ser
libre. No estar atada a nada ni a nadie.
Hace una pausa y baja la cabeza. Algo
me impide pronunciar palabra. Hay momentos donde solo el silencio es la mejor
respuesta. Cuando vuelve a levantarla, sus hermosos ojos están cubiertos de
lágrimas. Le corro la mirada. Me duele verla llorar.
—Pero una vez me pasó. No lo pude
evitar. Nadie puede evitarlo. No elegimos cuándo ni de quién enamorarnos —dice,
perdiendo el control como una bicicleta bajando de la montaña.
—Enamorarse es uno de los
sentimientos más hermosos que nos toca experimentar a los humanos. Es muy
triste que estés en contra de eso —digo, sin pensar.
—No estoy en contra —replica, seria—.
Simplemente no es lo que quiero para mi vida.
—Me parece muy egoísta.
—Nunca escuchas…
—¿Y qué pasó con esa persona de la
que te enamoraste?
Mira al cielo antes de contestar.
Suspira. Busca una respuesta divina pero parece que los dioses esta vez la han
abandonado.
—Eso no es asunto tuyo —responde con
dureza.
Por primera vez siento temor estando
a su lado.
—Nunca quise enamorarme —retoma— pero
uno no elige ese tipo de cosas. Una no elige la lluvia que te va a calar hasta
los huesos cuando salís de un concierto...
—Cortázar —sonrío.
—Cómo te gustaba leer Rayuela los
sábados a la mañana…
Nuevamente baja la cabeza. Hace una
breve pausa como pensando lo que va a decir. Elige las palabras. Suspira.
—Esa persona está condenada a una
maldición —continúa—. La única manera de romper el maleficio es no volviéndome
a ver jamás.
Siento infinita pena por aquel
condenado.
Jezabel no puede contenerse más e
irrumpe en llanto. Sus lágrimas no estropean la belleza de su rostro. Es
hermosa incluso en la desazón. Realmente es la mujer más hermosa del mundo. Me
mira con la cabeza ladeada, casi acongojada. Dicen que una imagen vale más que
mil palabras. Una mirada vale más que mil imágenes, entonces.
Con una tristeza que logra derribar
los pesados muros de mi corazón trato de hilvanar palabra pero no lo consigo al
primer intento. Trago saliva.
—¿Por qué? —susurro.
—Por favor, perdoname, pero es lo que
quiero —responde Jezabel—. Una tiene que ser fiel a sí misma. Vos mismo me lo
decías siempre.
—No entiendo qué tiene que ver querer
ser libre con estar enamorada. No son sentimientos antagónicos.
—Para mí, sí. El precio de la
libertad es la soledad. Y yo acá vivo sola, sin que nadie me exija o cuestione.
—No recuerdo cómo se siente un beso
tuyo —lamento.
—A todos nos va a pasar.
—Jezabel…
—Entendeme, por favor. Sé que algún
día me vas a entender.
Se acerca y me da un beso.
Entrecierro los ojos y me los refriego para disipar la neblina. Los árboles que
nos rodean comienzan a balancearse como el péndulo de un reloj antiguo y las
aguas de la laguna bullen. De sus entrañas sale un animal con cuerpo de culebra
y las patas y rostro de una rana. Mide aproximadamente cinco metros de alto y
croa una especie de súplica al cielo que me atemoriza y conmueve a la vez. Una
manada de vizcachas nos observan fumando desde una madriguera y comienzan a
reír a carcajadas, mientras aquellos lagartos overos beben Old Fashioned en
copas que creo haber usado en noches que olvidé. Calas y clivias gritan
palabras ininteligibles. Hay un polvo en el aire que no sé si es polen o ceniza
de aquel volcán que se ve a lo lejos y estalla. Un búho blanco se posa en las
ramas de un talilla y me mira fijo. Me invade un extraño aire de sosiego. Así
debe ser morir. El universo entero se redujo a sus labios.
—El amor es el azar que se fija. El
resto, es el desastre que deja al pasar —me dice el búho, y echa a volar.
Otra pieza del rompecabezas infinito
acaba de encastrar. Esta vez lo veo. Estoy más cerca del absoluto que antes.
Debería estar contento, pero no lo estoy.
—Te amo con todo mi corazón —dice
Jezabel.
Y todo se vuelve oscuro.
VIII
El cálido abrazo del sol y
la refrescante bruma del río ayudan a despertarme. Las aguas se agitan con
suavidad, como quien mece la cuna de su hijo recién nacido. El calorcito
matutino me acaricia maternalmente y el cielo, esbelto e infinito, danza presuntuoso
sin una sola nube que opaque su belleza.
Yazco boca abajo sobre una mezcla de
rocas, troncos caídos y restos de basura. Una típica playita de río cuyos
límites son los altos pastizales que dificultan ver qué esconden detrás. No
tengo idea exacta de qué hora es, pero por la posición y la luz del sol calculo
que deben ser las nueve o diez de la mañana...