jueves, 29 de septiembre de 2022

YO SOY EL MAR

        El mar, siempre el mar. Mi alma en estado líquido, la ansiedad que se evapora con la bruma, tan vasto como mi corazón, lejano horizonte donde todo empieza y nada culmina; constante murmullo volátil de la última frontera, rumores de olvido en cada ola, destellos de soledades y fantasías. 

    Busco el mar y no lo encuentro. Lo busco como quien anhela ver un viejo amor para ver si sigue siendo la misma, si yo sigo siendo el mismo, si hay algo o alguien que pueda mantenerse estático al menos unos segundos (o años, da igual) en esto que se mueve tan rápido que da la impresión de estar parado.

    “Al mar hay que tenerle respeto”, solía decir mi madre a modo de prédica antes de la inevitable zambullida mañanera en las playas de Punta Mogotes. Tendría seis o siete años. La irreverencia infantil matizada con un mundo que todavía se me figuraba mágico, además de la energía desbordante de aquella época de mi vida que recuerdo con sumo cariño, eran el combo ideal para creer que podía hacerle frente hasta a las estrellas. Ahora, mientras tecleo estas palabras, el calendario me dice que tengo treinta y pico: ya no creo en reyes magos, puedo asegurar que no sé absolutamente nada de lo que me rodea y, si empiezo a hilar fino, hasta me parece ingenua la revolución...

    De pequeño me divertía creando fantasías épicas en donde era el protagonista. Tenía mis secuaces, por supuesto. Eran mis familiares y amigos más queridos, tan leales y dignos como yo, aquellos que consideraba estaban a la altura de semejantes cruzadas imaginarias. Mi excitada imaginación oscilaba desde la recreación de una batalla medieval hasta un campeonato mundial de fútbol donde el comedor de mi casa oficiaba de Maracaná. Otras veces era la sala de estar de la casa de mis abuelos, que tenía una alfombra verde como el césped que alimentaba mi ilusión. No tenía patio ni jardín, siempre fui un niño de departamento, y las veces que lo hice en la plaza detrás de mi casa la fantasía se rompía cuando hacían su aparición los vecinitos del barrio y mi imaginación entraba en otra lógica, no menos placentera pero sí más concreta, porque los rostros de golpe tomaban forma propia, las personalidades de mis jugadores ya no eran las que imaginaba sino las que veía en mis ocasionales compañeritos de equipo, no había goles sobre la hora donde todos nos abrazábamos y gritábamos subidos al alambrado en comunión con nuestros fieles seguidores que aguantaron estoicamente los embates de los caballos de la policía en San Martín, la tribuna no estaba llena de gente que coreaba nuestros nombres porque las únicas tribunas que había eran los bancos de la plaza donde algún abuelo nos miraba con cierta nostalgia recordando vaya uno a saber qué época pasada, los rivales ya no tenían todos las mismas camisetas sino que portaban las que podían, con colores disímiles y lavados. 

    Una de aquellas recreaciones fantásticas sucedía todos los veranos en mi amada Mar del Plata. Me paraba en la orilla con los pies en el agua, las olas acariciaban mis tobillos y, al retirarse, me hundía poco a poco en la arena hasta quedar encallado. Luego de valuar el mensaje mafioso que me enviaba el mar, quien con solo con una pequeña ola ya me generaba un obstáculo, liberaba mis piernas de un tirón y me preparaba para la batalla. 

    Siempre cumplía el mismo ritual: miraba firme hacia el horizonte, calculaba en qué dirección en línea recta se encontraba el África y pretendía alcanzarlo a pesar de que esa gigantesca masa de agua intentara detenerme. Me metía poco a poco como un ejército que se interna en la selva enemiga pisando sobre seguro, ganando territorio. Todos los días avanzaba un poco más que el anterior. Quería saber qué tan poderoso era realmente, desafiar los límites de lo establecido y poner a prueba los míos. Miraba para atrás hacia la playa calculando la distancia y, al ver que estaba un poco más lejos que ayer, sentía un gran orgullo de mí mismo que creo nunca más volví a experimentar.  

    No me asustaban sus misivas. No lo respetaba, o hacía como que. Caminaba despacio hacia él mientras las olas iban rompiendo cada vez más fuertes, primero en las piernas, luego en la cintura. Algunas lograban hacerme retroceder, pero ahí es cuando tomaba mayor impulso y seguía, seguía, seguía hasta que estallaban en mi pecho. El mar iba aumentando la intensidad de sus amenazas. No ponía las manos ni metía la cabeza bajo el agua, ni las saltaba ni las esquivaba. Afirmaba los talones y ponía el pecho, pum. A veces calculaba mal y rompían de lleno en mi cara, crash, dale, dame más que no me duele, pum, ¿tan fuerte sos? 

    Todo ese circo se repetía día a día, verano tras verano, hasta que pasaba la rompiente y el agua me llegaba a los pezones. Ese solía ser mi límite, mi punto de no retorno. Pero aquella mañana, pispeando que el mar no estaba muy revuelto (cosa rara en Punta Mogotes), por primera vez decidí incursionar en territorio desconocido. Recuerdo como si la estuviese viendo que flameaba la bandera roja y negra en el puesto de guardavidas, cosa que no entendí porque realmente se lo veía muy calmo. Pensé en las pocas ganas de trabajar que tendría el guardavidas y que, por las dudas y para cubrirse, acomodó la bandera de peligro y a otra cosa. No lo juzgo, yo también hubiese hecho lo mismo.

    Crucé el límite. Me adentré desafiante en los placeres de un mundo totalmente ajeno al mío. Me encontré en la frontera entre dos universos complementarios pero bien distintos. En nuestro territorio, el suelo bajo los pies es la base y el límite es el cielo. Podemos expandir nuestras plegarias hasta el infinito y lanzarlas hacia lo alto como un estruendo, mezcla de fuego y lascivia. Aquí necesitamos oxígeno para vivir y moriríamos si pasáramos mucho tiempo bajo el agua. Por el contrario, en el otro mundo, tan misterioso como poderoso, el universo se expande hacia abajo. Como el infierno. Habitan criaturas extrañas y desconocidas, como en el infierno. Es un mundo autárquico y dolorosamente bello, como el infierno. La superficie del agua es su cielo y las súplicas de sus habitantes se dirigen hacia los confines subterráneos del océano. El mundo terrenal es un cosmos sin vida para ellos. Morirían al salir de su hábitat, salvo algunas raras excepciones como los cocodrilos o los pingüinos que pueden combinar ambos universos y deberían ser analizados en profundidad antes de que se apoderen de todo cuanto nos rodea.

    Recuerdo ver a la gente a mi alrededor chapoteando en el agua como si fuese algo banal, sin comprender la complejidad de la situación en la cual se encontraban. Estábamos todos jugando en la frontera más hermosa del mundo, abandonado nuestro territorio, nuestras costumbres y comodidades para acceder poco a poco a otro universo, un espacio que no nos es posible habitar ni comprender pero nos fascina. Dudo que una corvina sienta algo parecido por nuestra tierra.

    Aquella mañana caminé hasta que el agua me llegó al cuello. La línea de rompiente había quedado muy atrás. Leves ondas me elevaban y descendían como una montaña rusa. Comencé a nadar. Nadé, nadé y nadé hasta que no hice pie. Flotaba como Muhammad Ali en el ring. Hice la plancha, me hundí hasta tocar el fondo y volví a salir. Le estaba faltando el respeto al mar y a mi madre. ¡Qué hermosa sensación! ¡Qué feliz fui! 

    Pero el movimiento del agua se fue tornando silenciosamente agresivo. Casi sin darme cuenta, la corriente me fue arrastrando impiadosa hacia aquel mundo donde no era para nada bienvenido, donde era menos que un visitante, solo un atrevido invasor que no tenía noción con las fuerzas con las que estaba jugando, un niño irrespetuoso de esos que dan ganas de sentar de un sopapo. 

    La cosa se tornó grave cuando entendí que no tenía el más mínimo control de la situación, que me hallaba a ciento cincuenta metros hacia la izquierda del lugar donde había ingresado al agua, que no había nadie a mi alrededor a quien compartirle mi angustia y que iba a morir allí solo, ahogado en la desesperación y el pánico. Lloré. Mis lágrimas se confundieron con el mar. Más duro aún fue entender que para él no tenían relevancia alguna, solo eran migajas de agua diluyéndose en el agua. No eran significativas más que para mí. 

    Todo fue sucediendo muy rápido. En un segundo pude pensar en lo corta que había sido mi vida y en lo estúpida que era mi muerte, en la angustia de mis padres, de mis abuelos, de mis amigos, en todo lo que iba a perder por ser un pendejo irrespetuoso, por no saber escuchar, por querer desafiar un poder que con nada, absolutamente nada, me estaba arrebatando mi vida entera.

    Traté de calmarme y pensar lo más fríamente que le es posible pensar a un niño de siete años. Si debía irme de este mundo, que al menos fuese luchando. Recordé algunos consejos que había leído hacía unos días en un póster colgado en la recepción del balneario respecto a cómo proceder en caso de tener problemas con el mar. Nadé paralelo a la costa esperando alguna ola que me fuera regresando poco a poco hacia mi mundo. Cuando veía que se formaba alguna, aumentaba el esfuerzo. Dosifiqué mi energía con la esperanza de que el mar, aquel poderoso némesis que me había creado en mi fantasía, se apiadara de mi falta de respeto y actuara con la misericordia propia de los grandes. En definitiva, como a todo enemigo, en el fondo lo amaba y admiraba mucho. Aún lo sigo haciendo.

    Nadé, nadé, nadé. El corazón golpeaba mi pecho con la fuerza del miedo. Incluso pude escucharlo gritar. Nada estaba en mis manos, me encontraba totalmente a merced del mar y sus designios. No me quedó otra que bracear y patalear desesperadamente, como si la vehemencia fuese sinónimo de fuerza.      

    Hasta que la corriente cesó. 

    Poco a poco pude regresar a mi punto de referencia, y uno de los momentos más felices de mi vida fue cuando volví a pisar el fondo arenoso. Salí del agua aturdido, tratando de tomar real dimensión de lo cerca que estuve de la muerte y lo dichoso que fui. Cuando una situación escapa a tu control no queda más remedio que entregarse a la diosa fortuna, momento que no deja de generar cierto malestar en los corazones dolientes al entender que lo que pueda suceder es netamente obra y gracia de fuerzas desconocidas, del humor de los dioses o de si mi hermana no se hubiese despertado a esa hora y no hubiéramos tardado tanto en llegar a la playa y no hubiese entrado en ese momento al mar donde la corriente era fuerte pero no indomable, porque si hubiese entrado antes, más temprano aquella mañana, el mar hubiese continuado en plena retirada y la fuerza hubiese sido aún mayor y yo no estaría ahora escribiendo estas palabras, usted no las estaría leyendo y habría un lugar más en el colectivo todas las mañanas y mis amigos serían amigos de otros amigos y mis amores hubiesen tenido otros amores, y lo mismo daría si fuese otro ser humano o un carpincho.

    Sentado en la orilla frente al mar fue la primera vez que entendí que aprender era más que ir y sentarse en la escuela y repetir como un loro barranquero lo que decían los maestros, que era más incluso que el mundo que me pintaban mis padres y algunos adultos. Fue la primera vez que entendí un fenómeno cotidiano del mundo a través de mi propia experiencia personal; el bautismo de saber de qué hablo cuando hablo porque lo había hecho carne. A partir de ese día entendí por qué al mar hay que tenerle respeto. Siempre me lo dijeron, siempre lo supe, pero no lo entendía porque la diferencia entre el saber y el entender es la experiencia. Yo sé que el desamor duele, cualquiera puede saberlo; la mayoría de las canciones, poemas y novelas hablan al respecto. Pero no pude entender cuánto y cómo duele hasta que no lo he vivido. Recién ahí mis palabras podrán tener algún valor, porque habrán corrido la sábana que tapa el cielo y habré comprendido un granito de arena en medio de este desierto infinito que guardaré en mi cajita de madera que lleva una placa con mi nombre. Todos tenemos una. Nuestro deber (quizá debería haber escrito “placer”, pero vio qué estúpido es uno...) es llenarla. Recuerdo que alguna vez dijo Borges que dijo Tennyson que si pudiéramos comprender una sola flor sabríamos quiénes somos, y qué es el mundo...  

    Ese día el mar no solo me perdonó la vida sino que me enseñó. Aprendí a no dejarme guiar por las superficies calmas y, por sobre todo, a respetar el interior tormentoso de lo incognoscible.

    Años después, una bellísima mañana de febrero en Ilhabela, Brasil, nos subimos a una lancha junto a unos amigos para navegar por el océano. El mar estaba calmo, con poco oleaje. A medida que avanzábamos, las gotitas que salpicaban nuestro embate se saturaban de colores conformando micromundos de libertad y una pizca de lujuria, se estrellaban en mi rostro con un desenfado que no podía ser otra cosa más que la pura verdad del universo. Tanto escarbar en uno mismo al divino botón para venir a darse cuenta de que el sentido de la vida estaba comprimido en esa ínfima combinación de moléculas de dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno.

    Al alejarnos de la costa, el conductor de la lancha hizo un largo rodeo para evadir algo que no se veía a simple vista y comenzó a cortar las pequeñas ondas que tímidamente se iban acercando hacia nosotros. Nadie entendía mucho. No había nada de qué preocuparse que justificara semejante actitud de precaución, pero recordé mi incidente cuando niño y pensé que algo extraño debía estar pasando debajo de aquella superficie aparentemente mansa, algo que sería realmente peligroso si nos atrevíamos a dejarnos llevar solo por lo que veíamos. El conductor nos dijo que siempre al salir de la bahía había un cambio abrupto de movimiento y que esa era una zona muy profunda que generaba correntadas internas, que parece tranquilo en superficie pero el mar tiene sus secretos y hay que saber verlo más allá de lo que los ojos pueden dar. Segundos después, la lancha comenzó a bambolearse fuertemente y aquellas olas que parecían inofensivas se transformaron en hostiles correntadas que denotaban vida y poder. 

    Fue la segunda vez que el mar me enseñó. La primera, aprendí a respetarlo. La segunda, entendí que soy como él.

    La mayoría de los días amanezco sereno, con oleaje tranquilo y calmo coqueteando armónicamente con la costa. Puedo refrescarme y hasta disfrutar de la belleza pero si bajo unos metros, tan solo unos metros, las correntadas podrían arrastrarme y llevarme a una muerte horrible y violenta (¿cuáles serán las lindas y pacíficas?). 

    Hay días en que las olas te indican que no debes acercarte, que si me miras de lejos tal vez hasta lo disfrutes y te llenes de una energía tan vital como inexplicable. Pero no te aproximes. Prohibido bañarse. Bandera roja. Son días de viento, frío y mucho oleaje que golpea con fiereza contra las rocas buscando erosionarlas, pretendiendo destruirlas no por el mero placer que otorga la maldad en sí misma sino para volver a construir un nuevo orden, una playa más grande, un acantilado más bello. Con el tiempo lo consigo. El mar siempre lo logra. 

    Esos días las aguas turbulentas rompen contra mis bordes salpicándolos de iodo y algas. La marea está alta, el tifón se avecina. Casi no alcanzo a ver lo que escribo y me entrego resignado al perfume de la tempestad. ¡Qué hermoso huele! Me tiene hipnotizado con su aroma a libertad, me arrojaré sin dudar a sus designios. Vientos huracanados elevan olas gigantescas que chocan sin ningún tipo de delicadeza contra mis acantilados y empapan a quienes se atrevan a acercarse a la costa. No temas, el agua refresca y limpia. Un gran bloque de rocas se desprende y se sumerge en el mar que se lo devora sin mayores inconvenientes hasta convertirlo en arenilla. Relámpagos, viento, bruma. Cualquier cosa puede suceder.

    Por dentro, la correntada es inmanejable. Tan fuerte que no entra en mis límites físicos. Ni siquiera yo conozco mis profundidades ni los seres que en ellas habitan. Ni siquiera a mí me es posible acceder a las regiones donde no llega la luz del sol porque allí la presión es asfixiante y nunca nadie ha llegado. Aún desconozco qué tipo de monstruos viven (y mueren) en los rincones más ocultos de mi lecho. Me asusta (me gusta), me duele (me intriga), me escapo (me llama), me rompo (me rearmo), me odio (me amo). 

    En este momento no hay un solo rayo de sol que adelante una esperanza de alivio. Llegará cuando lo desee. Ahora quiero darle rienda suelta a mis corrientes internas. Erosionen, oh poderosas olas, las rocas de mis fronteras, fisuren los límites de mis creencias, expándanse hasta donde ustedes lo dispongan y tomen el timón de mi vida al menos hoy, que algún día volverá a salir el sol y éstas aguas ahora revueltas mañana serán cálidas piletas cristalinas donde podremos volver a navegar como solíamos hacer cuando era niño y el mundo aún conservaba la promesa de convertirse en algún momento en un jardín de rosas.

    Aguas turbulentas, aroma a mar embravecido. Ni las gaviotas se asoman a chusmear. ¡Qué maravilla! ¡Cuánto poder! ¡Cuántas ganas de vivir! Destruyan todo a su paso que más pronto que tarde volveré a construirlo, acaben con todo rastro de piedad incesante, elévenme hasta donde ustedes lo dispongan y ayúdenme a dejarme llevar por la corriente hasta las profundidades de no sé qué ni me importa. Solo llévenme. Sobre las ruinas de lo que fui edificaré lo que quiero ser. Mañana habrá tiempo de reparar los daños, de emparchar los barcos, de buscar a nuestros seres queridos; ahora solo les toca rugir. Demuéstrenme qué tienen para enseñarme y permítanme diluirme, por fin y en paz, en todos los mares del mundo, ser agua fluyendo constante y no ésta hojalata que día a día va muriendo lentamente, un manantial que brote de los valles Calchaquíes y llegue tarde o temprano al mar, confundirme con el todo y ser por fin solo una palabra, algo irreal, absoluto.

    Y hay otros días en que soy una pileta. El mar de Cayo Guillermo, el canal de San Sebastián, las playas del Mediterráneo. Vení, bañate conmigo, podemos nadar hasta lo profundo sin temores. Hoy no hay dolor. Hoy somos hoy, siempre. Vení, vení, cualquiera puede bañarse, solo fijate de hacer pie. Refrescate en mí, juro que no habrá revolcadas inesperadas ni fuerzas sobrenaturales, pero vení rápido, dale, vení ahora porque puede que este mar calmo encerrado en un revoltijo de huesos y carne comience a bullir salvajemente desde las profundidades y ruja embravecido cuando la luna no esté donde deba estar o el viento traiga algún recuerdo que creía perdido y poco a poco se irá picando. Dale, vení ahora. Zambullite, refrescate y largate.

Yo soy el mar. 

Inmenso, pero limitado. 

Magnético, pero peligroso. 

Dulce, pero salado. 

Transparente, pero misterioso. 


El portal hacia fuerzas desconocidas, 

la casa que nadie quiere habitar. 

Castillos de arena olvidados en la orilla 

de niños que fueron y ya nunca serán, 

de aquellos que temen, y se lo pierden.


Yo soy el mar, la frontera a otro mundo. 

No corras si empiezas a ver algo oscuro. 

Las flores más bellas crecen en los pantanos. 

Hay vida aquí abajo, 

esquina del universo jamás conocida. 


Y si naufragas en lo profundo, 

no temas ni te des por perdida. 

Te aseguro que renacerás. 

Dime si alguna vez te acercaste tanto a la verdad. 

Dime si alguna vez te sentiste tan viva. 


lunes, 12 de septiembre de 2022

Puentes


“A veces siento que entre dos que se rompen la cara 
a trompadas hay mucho más entendimiento 
que entre los que están ahí mirando desde afuera”.

Julio Cortázar
Rayuela.



Sube el telón. Luces duras.

—¿Esta mesa te parece bien? Estamos resguardados del viento y no hace tanto frío —dijo Iris, con su bufanda de colores flameando desorientada.

—Sí, donde vos quieras —respondió Hermes, indiferente a las nimiedades de la conversación.

—Si querés vamos a otra...

—No, no, acá estamos fenómeno. Da el aire acondicionado, no hace tanto calor — contestó Hermes, y apoyó su sombrero con alas a modo de veredicto.

Se sentaron frente a frente sobre la mesa central del escenario, la más iluminada, la que les pertenecía. No tenían aún la confianza suficiente como para permitirse hacerlo uno al lado del otro; había que sortear varias barreras. La proximidad todavía les era un tanto incómoda y aquel mundo que se les presentaba ajeno era una mezcla de fascinación y temor, sensaciones tan propias de lo desconocido.

Pícara, Iris le comentó que hacía mucho que estaba esperando que la invitara a salir, que cómo no se había dado cuenta que de alguna manera quería llamar su atención, a lo cual Hermes lanzó una risa breve pero estruendosa, quizá exagerando el personaje; se dio cuenta al instante pero poco le importó y le respondió que ella también podría haberlo invitado, que no estábamos en mil novecientos cincuenta y que con el calor que tenía se iba a tomar varias cervezas.

Iris rió igual de fuerte que él antes de guardar silencio. A ninguno de los dos les encandilaban las luces del escenario. Comentó algo así como que le costaba sacarse ese ropaje, que estaba como pegado a la piel y que, bueno, habrá que ir arrancándose trozos como los leprosos de ser necesario, otra no queda. Hermes la miró sorprendido por el tono solemne que de golpe adquirió y sintió que la ficción se mezclaba con la realidad, no pudo distinguir si estaba actuando o realmente sentía lo que decía. Intentó explicar lo mejor que pudo que no esperaba una respuesta como esa dado lo que imaginaba de ella, que el abismo entre lo que creemos y lo que somos es tan grande que a veces nos olvidamos que existe, que a pesar de todo era una grata sorpresa, de esas que no se esperan pero se desean, y se dio cuenta (no lo dijo, pero quiso hacerlo) que había muchísimo más debajo de la punta del iceberg que se le figuraba fría e impersonal. En parte ya lo sabía, pero la curiosidad…

—Hay que hacer como la serpiente que muda la piel de tanto en tanto —soltó, magnético—. Es jodido, son miles de años sobre nuestras espaldas que de golpe empiezan a verse desnudos. Y estar desnudo siempre tiene algo de incómodo. Quizá sea esa especie de sensación de libertad que genera. ¿Conocés algo que cause más incomodidad que la libertad? ¡Che, qué calor hace, por favor! ¿No tenés calor?

—No, estoy bien. Gracias por preguntar —respondió ella, abrigándose aún más con su bufanda arcoíris.

Repentinamente se apagaron las luces y las voces. Quedaron a oscuras arriba del escenario y el silencio comenzó a decir más de lo que callaba. Cuando los reflectores volvieron a enfocarlos, todos pudimos presenciar cómo se miraron a los ojos por unos segundos que parecieron años y luego bajaron la vista a sus manos, a la gente que los rodeaba, a su esquina. ¿Qué había de real en todo cuanto les rodeaba? Varios creímos que se habían olvidado la letra y cierto murmullo aristócrata comenzó a invadir la sala.

Un río embravecido corría entre ellos, dividiéndolos. Una especie de Urubamba que bajaba de las montañas más altas, sin límites ni delicadezas, la fuerza de una corriente eléctrica invisible que no tenía principio ni fin. No podían verse las caras de orilla a orilla, solo tenían claro que allí a lo lejos (y a la vez tan cerca) se encontraba un mundo muy distinto al suyo dentro del mismo mundo, un territorio tan desconocido como enigmático, unas ansias absurdas de alcanzar lo inalcanzable como quien pretende caminar por la Vastitas Borealis: sabe que existe, está allí, pero nunca lo hará.

No tenían idea de quién o qué se encontraba del otro lado de la orilla pero querían averiguarlo, la misma curiosidad que suele matar al gato, querían hundirse en sus intrigas hasta el cuello o quizá solo reafirmar que aquello que veían no era más que lo que creían ver, la expresa demostración de lo inaccesible, la falta más cruenta haciéndose carne.

Exploraron el menú del bar escrito en varios colores en un pizarrón lejano sobre la mesada principal.

—No entiendo nada. ¿Cuánto vale una cerveza roja? —preguntó Iris y rió.

—Yo tampoco entiendo —dijo Hermes—. ¿Cuál de todas? Hay siete variedades distintas. Creo que dice ciento cincuenta la pinta, cien la media.

—Ah, está bien. Igual con el frío que hace mejor me pido algo más calentito. ¿Te tomás un vino conmigo? —preguntó ella.

—Estoy más para una cervecita —respondió él—. Igual podés pedirte una copa, si querés. Parece que son generosas. Mirá la mesa de allá donde están esos dos chicos, el de barba se pidió una.

—Sí, sí, creo que voy a por una copa de vino mejor.

Era la primera vez que se veían por fuera del ámbito laboral. Trabajaban en el mismo banco a unas cuadras de la plaza de Mayo, o al menos eso decía el programa del teatro, qué sé yo. No conocían del otro más que la faceta que dejaban vislumbrar entre papeles y tazas de café hervido, pero eso es precisamente lo que produce la atracción: las ganas de adentrarse en tierra desconocida y explorar los misterios de algo que se siente pero que no se ve, de querer descubrir qué hay al final del arcoíris a pesar que nunca nadie encontró las pepitas de oro y los duendes te roban en patota los pocos pesos que podés llegar a tener encima.

Más por curiosidad que por deseo, Iris estaba obsesionada con lo que no veía e imaginaba de Hermes. Para ella solo era un juego, una prueba de vanidad entre tantas palabras, una cabeza más sobre la chimenea de la sala de estar. No, no era Hermes su obsesión. Era el juego en sí mismo lo que buscaba, la diversión de la conquista por la conquista, algo no muy distinto a los cazadores furtivos del África si ni siquiera pretendía comérselo para saciar su hambre, tan solo buscaba vestirse de gala con su piel, un símbolo de status como los relojes de oro o los autos de alta gama; mientras que él la deseaba salvajemente, no podía pensar en otra cosa más que en quitarle el antifaz y llegar al centro de la Tierra, de su tierra, a pesar de darse cuenta que en realidad no era ella el tema, no, en el fondo solo estaba en juego su deseo, ese caballo salvaje que comienza a tirarlo hacia adelante, hacia un mundo de placer que solo existe en su adulterada imaginación.

No tardó demasiado en darse cuenta que el deseo era su vitalidad: corre detrás de sí como quien pretende alcanzar el horizonte y, cuando cree que ha llegado, la línea se le ha corrido y todo lo obtenido en el camino no es más que un estorbo para la satisfacción de su próximo objetivo. “Estamos más enamorados del deseo que de lo que deseamos”, recordó con inesperada perspicacia. Son sus ganas de vivir cien veces la vida las que se reflejaban en ella y en muchas otras mujeres (por no decir todas), las ganas de seguir descubriendo el mundo a través de olores y gemidos, de poderes y sometimientos, de revelar qué reposa bajo las aguas aparentemente serenas donde solo unos pocos logran llegar. No, no era Iris el tema, como tampoco lo fueron sus mujeres pasadas ni las que vendrán. Siempre fue, es y será él. Hacia él mismo estaban dirigidos estos pensamientos, a su narcisismo pedante y absoluto, ese que bien sabe lo dejará solo para el resto de sus días.

El escenario comenzó a girar en círculos. El sol se reflejaba en el agua del río y la luz de la luna otorgaba un manto de quietud. Solo se escuchaba el constante murmullo del agua a su paso.

—¿Nunca te diste cuenta que te tiraba onda? —preguntó Iris, luego de un tiempo.

—Las ondas se pierden en el éter, nena —respondió Hermes, quien al ver la expresión de Iris rápidamente adoptó otro personaje—. Soy más estúpido de lo que aparento, lo cual ya es decir bastante.

Iris sonrió con ganas a pesar de no tenerlas. Entendía todo lo que debía hacer. Era joven, pero veterana. Puso el primer ladrillo en su vera del río.

—Sos raro... —dijo, entrecerrando los ojos y comiendo maní.

—Necesito agua para tirarme a la pileta.

—Había agua, vino, cerveza...

—¿Qué tengo de raro?

—Sos como el jefe indio en ¨Atrapado sin salida¨ —dijo Iris luego de reflexionar unos segundos—. No hablás y parece que no estás pero cada vez que apareces en pantalla algo se mueve dentro de mí y quiero saber qué pensás, por qué haces lo que haces, por qué estás acá y no en otro lado. ¿La viste?

—Raro sería tener tres ojos, dos bocas, paz mental —dijo Hermes, volviendo a su personaje principal.

—¿Viste lo que es esa película? A mí me encantó. Esas ansias de libertad… —dijo Iris y sus ojos brillaron.

—O soñar, eso es raro. ¿Nunca te pusiste a pensar que existen infinitas realidades y solo nos es posible comunicarnos en una? Digo, por ejemplo: acá en el bar todos más o menos nos movemos igual y sabemos qué hacer y qué no y si alguno no hace lo que los demás entienden como permitido es catalogado como loco y aislado, pero de alguna manera todos estamos aislados. Yo no tengo idea de qué estás pensando, por ejemplo. Nunca lo voy a saber. Solo me es posible acceder a lo que entiendo de lo que vos me decís que crees que te sucede, en el marco de una estructura previamente determinada como es el lenguaje. ¿No te parecen demasiadas barreras? ¿No es agobiante? — respondió Hermes, y nunca supo si fue él quien habló o fue hablado por alguien.

—Sos raro... —repitió Iris, poniendo otro ladrillo en la vera del río.

Hermes rió, más de pena que de complicidad. No estaba seguro que le hubiera entendido. Se dio cuenta que estaba construyendo su pilar del puente demasiado lejos del de Iris. Decidió volver a empezar de cero.

—Ahora voy al baño, arranco el mingitorio y destrozo la ventana para escaparme —dijo, rearmándolo más cerca del de ella.

El público rió a carcajadas mientras ellos se miraban casi con cariño. Ya no sabían si estaban realizando la mejor performance de su corta vida como actores o si eso realmente estaba sucediendo, se corrieron los límites de la ficción y se mezclaron con los de la realidad (¿cuál de todas?) formando una especie de masa con plastilina morada, arcilla y restos de saquitos de té.

—¿Pedimos algo para comer? —preguntó Iris.

—Dale —respondió Hermes.

—¿Qué pedimos?

—Lo que quieras.

—¿Te parece bien una hamburguesa? —preguntó ella.

—Estoy para algo más liviano. Tengo mucho calor. Es una tarde pesadísima —respondió él.

—Bueno, decime qué querés, entonces.

—Lo que quieras para mí está bien. No tengo problema.

—¿Guiso de lentejas? Para combatir esta noche fría e impiadosa —dijo Iris.

—Me tienen que llevar a la guardia del Durand, después. Algo no tan pesado, por favor —dijo Hermes.

—¿Hummus?

—Comí ayer.

—¿Por qué no me decís lo que querés, mejor? —preguntó Iris, poniendo otro ladrillo sobre los anteriores a la vera del río.

—Ya te dije. Lo que vos quieras.

—Te tiré tres opciones y no te gustó ninguna.

—Solo me hablaste del hummus —contestó Hermes, desconcertado.

—Te dije de comer una hamburguesa o guiso de lentejas, también.

—No, no me dijiste. Solo hablaste del hummus.

Iris lo miró como si no supiese quién era. Se preguntó adónde se había ido ese breve pero maravilloso instante de conexión que habían tenido segundos atrás y si era cierto, aunque se negaba a creerlo, que duraba tan miserablemente poco. Se cuestionó si lo que estaba sucediendo era mucho más que una función, si no sería siempre así, si acaso existe persona en esta tierra que pueda ser comprendida realmente. Un espantoso sentimiento de soledad la invadió de golpe. Levantó la vista para asegurarse que allí enfrente realmente había alguien, que no era una ilusión ni un sueño, tuvo que hacer un esfuerzo superior para dar un paso hacia atrás y caer en la certeza que allí seguía estando el ser humano que ella creía conocer, quien la miraba con intensidad y desesperación porque creyó que se había olvidado la letra.

No, no se la olvidó en absoluto, Hermes. Nunca sucedió ni sucederá principalmente porque ese era el núcleo del problema: solo sabía repetir a la perfección líneas escritas por otros, guionistas borrachos más cercanos a la perversión que a la belleza, cínicos directores que se llenaban los bolsillos con lo que ellos creían era bien visto y aceptado, gente como uno y todo eso que siempre le generó tanto escozor y noches enteras sin dormir. Días y días compartiendo el mismo espacio con Hermes y de golpe se le figuraba un total desconocido. En verdad lo era. Realmente no tenía la menor idea de quién era esa persona que se encontraba al otro lado del río, ni nadie a su alrededor. Sintió como si fuese una pequeña isla en medio del Pacífico, una hormiguita mirando la luna.

—Mirá, yo solo quiero comer algo con vos que me saque este frío de mierda. Me da igual lo que sea, elegí vos —dijo apenada, a pesar de lo cual decidió colocar más ladrillos sobre los anteriores a la vera del río.

Hermes la miró casi con admiración, como si la conociese de toda la vida. Se preguntó qué le estaba pasando y no supo reconocer a su compañera de escenario más que como un envase vacío donde depositar todas sus expectativas, un espejo tan bello como cruel de sus miserias y esperanzas. Se cuestionó cómo pasó tanto tiempo sin ella a su lado, la cantidad de mujeres que habían pasado por su cama sin siquiera conocer una sola de sus penas y para qué buscar tanto si con ella sentía una conexión y un entendimiento que nunca sintió con nadie, tan metido estaba en su mundo que…

Sabía que después de esa mirada ella comenzaría a decir “yo solo quiero comer algo con vos que me saque este frío de mierda. Me da igual lo que sea, elegí vos” porque la conocía, sabía de su talento y su capacidad, podía prever (o al menos eso creía) su reacción ante cada situación y esa falsa sensación de control lo llevó a la conclusión que no había persona en el mundo con la cual se sintiese menos solo. Días y días compartiendo el mismo espacio finalmente habían dado sus frutos. En verdad se conocían mucho. Realmente tenía bien en claro quién era la persona que se encontraba al otro lado del río.

—A ver, dejame ver qué tienen. Voy a ver en el pizarrón mágico —dijo y puso otro ladrillo sobre el anterior en su orilla.

Entre tanto él buscaba, ella chequeó su celular más por costumbre que por necesidad. No sonó ni vibró en ningún momento pero de igual manera abrió Whastapp, Instagram, Twitter y Gmail con desarrollada destreza, su dedo pulgar subía y bajaba en movimientos espasmódicos más rápido de lo que sus ojos podían captar. Vio a Hermes volver a la mesa con aires helénicos. Reconoció que algo le llamaba la atención de aquel hombre, después de todo.

—Estoy más para una picadita. Unos quesos, unas aceitunas. La tarde se presta — dijo Hermes a su regreso.

—¡No! ¡Mirá esto! —gritó Iris, sin prestar atención a lo que él dijo.

Le mostró un video en su celular. Lo habían pasado en el grupo de sus amigas, según acotó. Hermes no comprendió lo abrupto del mensaje pero decidió sumarse a su requerimiento poniendo, sin darse cuenta, más ladrillos a la vera del río. Se acercó hacia ella pensando que nunca había estado tan próximo a su piel como en aquel entonces, que en las funciones anteriores se paraba exactamente donde estaba la cruz de cinta de papel en el piso pero aquella vez algo lo llevó a traspasar ese límite, pequeñísima irreverencia que en su estructurada cosmología significaba una deliberada falta de respeto al director de la obra y, por qué no decirlo, al público que todos los sábados pagaba una entrada para escucharlo decir lo que otros querían que dijese. Le pagaban por ser otro, por ser alguien que no es, por decir lo que no sentía decir.

Se apoyó con sus brazos sobre la mesa y acercó su rostro al cuello de Iris percibiendo su perfume, no solo el de importados frasquitos de vidrio sino sobre todo el de su piel, el de su pelo, el de su saliva, una mezcla tan atractiva y peligrosa como la cocaína, un aroma que nunca en años de conocerla logró identificar hasta ese preciso instante donde comenzó a preguntarse quién era y qué hacía ahí con su compañera de escenario jugando a ser algo que ambos desconocían pero en el fondo admiraban y demandaban, lo que era peor.

Mientras el video mostraba cómo unas máquinas golpeaban con ferocidad el pont des Trous en Bélgica, una maravilla arquitectónica medieval destruida en cuestión de días, Hermes echó un vistazo a su sombrero en el otro extremo de la mesa y no entendió qué significaba ni por qué debía llevarlo si al fin y al cabo las palabras duraban lo que duró aquel puente, unos cientos de años que se desmoronaron en cuestión de minutos y aquellas dos partes de la ciudad de Tournai quedaron separadas por algo más que un río. Sintió unas inexplicables ganas de romper en llanto.

—Mirá vos, tremendo —comentó, por decir algo.

—¡Qué barbaridad! —se quejó Iris— Tirar abajo semejante obra de arte, parte del patrimonio histórico y cultural del mundo…

—¿Y por qué lo tiraron? —preguntó Hermes.

—Parece que quieren ampliar el acceso al Sena con barcos de mayor calado. Básicamente, guita. Como siempre, guita —respondió ella, en chino.

Él la miró como si le hubiese hablado en chino. Entrecerró los ojos.

—Y bueno, es necesario darle paso al progreso también —dijo, en alemán—. Seguramente construirán otro más grande y más moderno dentro de poco. La gente va a tener dónde cruzar, no es para tanto...

Ella lo miró como si le hubiese hablado en alemán. Entrecerró los ojos.

—Sos demasiado utilitarista, vos.

—Y vos demasiado romántica...

—¿Estás viendo lo mismo que yo? —preguntó Iris, poniendo otro ladrillo sobre los anteriores a la vera del río.

—Sí, por eso te estoy preguntando —respondió Hermes, derribando los pocos ladrillos que había logrado poner en su orilla.

— ¿Qué me preguntaste?

—¿Eh?

—Que qué me preguntaste —dijo ella, en arameo.

—No sé de qué me estás hablando —contestó él, en latín.

—No te entiendo —dijo Iris, cansada.

Él la miró. No supo qué responder.

—Te pregunté si estabas viendo lo mismo que yo porque no puedo creer que dijeras lo que dijiste y me respondiste que sí, que por eso me estabas preguntando. Eso fue lo que pasó, textual —dijo Iris, didáctica.

—Y bueno, te pregunté y no me contestaste —comentó Hermes, irritado.

Se miraron en silencio. Un silencio tan incómodo que ya no les importaba. Las aguas del río bajaban cada vez más impetuosas. Las luces se endurecieron.

—Che, tengo mucho calor. ¿Te jode si vamos a esa mesa donde no da el sol? — preguntó él, después de un rato de observar cómo las demás personas del bar charlaban y reían amenamente. ¿Por qué los otros podían y él no, carajo? ¿Qué era más real: ellos o los demás?

—Me encantan los puentes —dijo ella—. Tienen un no sé qué que me vuelve loca. Algo como de imposible hecho realidad. Comunican regiones que estarían aisladas de no ser por ellos. Contradicen hasta a la matemática: uno más uno no da dos, sino uno. Es increíble que una pueda caminar por toda Venecia.

—¿Nos cambiamos de mesa?

—Yo estoy bien acá. No da el viento y se ve la luna. ¡Mirá qué maravillosa está! — dijo Iris, hipnótica.

Hermes suspiró y calló. En el momento no se dio cuenta, pero volvió a poner el primer ladrillo en su vera del río.

—Una vez con unos amigos cruzando el Zárate Brazo Largo se nos quedó el auto en medio del puente —dijo después de un rato—. Tuvimos que hacernos a un costado como pudimos y esperar la grúa para que nos lleve al mecánico más cercano. Estuvimos parados sobre el Paraná dos horas. Al principio nos queríamos matar pero a medida que fue pasando el tiempo lo disfrutamos, íbamos de un lado al otro como si pudiésemos caminar sobre el agua. ¡Éramos Jesús! Nos sacamos fotos, cantamos. ¡No lo podíamos creer!

Rieron. Ambos pusieron varios ladrillos, cada uno por su cuenta. Las luces se fueron apagando y el ambiente se tornó más cálido.

—¿Y qué hicieron? —preguntó Iris, poniendo aún más ladrillos sobre los anteriores sobre la vera del río.

—Esperar. No nos quedó otra. Era feriado encima, imaginate. ¿Podés creer que cuando llegó la grúa justo conocía a un amigo que tenía el taller abierto y nos arregló el auto en veinte minutos? —dijo Hermes, colocando un ladrillo sobre el anterior en la otra vera del río.

—¡No te puedo creer! Menos mal… —dijo Iris, ya con el pilar levantado sobre la orilla. Ahora solo quedaba construir su parte del tablero hacia adelante.

—Fue tremendo. En el momento la pasamos como el orto pero después nos cagamos de risa —dijo Hermes, envalentonado—. Voy a pedir una picadita y otra cerveza. ¿Te pido algo?

—El guisito de lentejas, por favor. Y otra copa de vino. Hace un frío bárbaro. ¡Mirá, se congeló un oso polar! —dijo Iris, riendo y abrazándose a sí misma.

Hermes dudó, esbozó una especie de sonrisa y se dirigió hacia el mostrador principal para hacer el pedido. A la vuelta se quejó de la nueva costumbre de tener que levantarse para pedir las cosas en lugar de ser atendido. Tenía aspecto jovial pero era un alma vieja, como si fuese una de sus últimas vidas en esta tierra. Cierto cansancio en sus ojos lo delataban.

—Estamos perdidos, nena. Como ese puente que me mostraste. El progreso no mira ni ve… —reflexionó.

—Ni oye ni escucha —agregó Iris, sonriendo.

—Ni piensa ni siente —sentenció Hermes en pleno trance, y las alas de su sombrero comenzaron a batir.

—Estoy totalmente de acuerdo con vos —dijo Iris, y alcanzó a poner el último ladrillo para culminar su parte del tablero. Se encontraba elevada a mitad del río, sentada con las piernas cruzadas esperando a su contraparte. Había realizado lo que dependía de ella, ya no podía hacer más.

—Al fin coincidimos en algo... —rió Hermes.

—También coincidimos en el lugar de trabajo.

—Y en la bronca que le tenemos a Basualdo. ¡Qué hijo de puta! —dijo él, reconstruyendo su pilar de las cenizas.

—Es un pobre tipo... —dijo Iris, piadosa—. Pensá que está en ese banco desde hace veinticinco años. Es su vida. Vos sabés que le tengo un miedo a eso...

—¿A qué? —preguntó Hermes, con un ladrillo en la mano sobre la cima del pilar.

—A que mi vida se reduzca a llenar datos en un Excel, sellar papeles y quejarme de los chicos nuevos que entran porque ¨antes de los treinta y cinco nadie valora el trabajo y la juventud está perdida¨ —se burló, agravando su voz—. ¿Te acordás el día que Tettamanzi dijo eso en la reunión?

Hermes se rió a carcajadas. Cómo olvidarlo.

—Me acuerdo de eso y se me pasa el frío —dijo Iris.

—¡Qué mina jodida esa, por favor! Y que después de decir eso agarró todos los formularios de impuestos y te los dejó sobre el escritorio, pidiéndote el favor por ese día como si nada hubiera pasado porque tenía que ir a no sé dónde y no los iba a poder terminar —respondió Hermes, cerca de culminar su pilar.

Ya podía verle la cara a Iris, que lo esperaba sentada en la punta de su tablero. Le pareció más hermosa de lo que era. Ahora todo dependía de él.

—Me dijo que la habían llamado del colegio del nieto y que tenía que retirarlo urgentemente, pero nunca me dijo qué le pasó al pibe. ¿Por qué la iban a llamar a ella y no a los padres? —aulló Iris, histriónica— Ni para mentir tiene creatividad...

—El trabajo de oficina es, de por sí, una canallada —soltó Hermes—. Uno se la pasa sentado frente a una pantalla ocho horas todos los días para ganarse la vida, mientras la vida le pasa por el costado. La vista comienza a nublarse, la espalda a encorvarse, las muñecas a sobrecargarse. El mundo se achica. Es el único momento de nuestra vida donde miramos el reloj y deseamos que pase el tiempo, es tremendo...

— “Uh, no pasa más la hora…” —actuó Iris, modulando la voz— ¿Viste que así dice Tettamanzi?

Rieron con ganas. Era un clásico.

—Uno debe conformarse con poner unas plantas y unas fotos en el escritorio para darle una identidad a esas paredes sobresaturadas de luz blanca cual quirófano y así evitar sentirse un número —Hermes retomó su discurso— ¿No sentís que sos un mero engranaje de una maquinaria que día a día levanta un castillo de naipes a las diez de la mañana para derribarlo a las cinco de la tarde?

—Igual, te digo, si tengo que sobrevivir prefiero estar sentada siete horas en una oficina que, por ejemplo, estar peleándome con un león para alimentar a mi familia. Pensá que si hubiésemos nacido quinientos años atrás, hubiésemos tenido que sobrevivir de otra manera... —se sinceró Iris.

—Qué exagerada sos —Hermes rió.

—Te juro que no. La matriz es la misma, pensalo. Por lo menos en la oficina no pasamos frío en invierno ni calor en verano.

—¿Estás segura? —Hermes volvió a reír.

—Y nadie me va saltar a la yugular para quitarme la comida de la boca.

—No literalmente, peeero… —Hermes lo estaba sintiendo.

—La oficina es un tipo de supervivencia mucho más cómoda que la lucha cuerpo a cuerpo con un animal —concluyó Iris.

—Quizá la del león sea más digna —remató Hermes.

Rieron con fuerza, como si estuviesen solos en el bar y flotasen como dos islas a la deriva entre sillas de madera incómodas y bandejas con papas fritas con cheddar. El escenario dejó de girar. Se miraron en silencio. Estiraron las manos y casi que podían tocarse ubicados a ambos lados del tablero, aún sin terminar. Solo faltaban colocar un par de ladrillos pero el río comenzó a subir.

—Qué noche hermosa, ¿no te parece? —preguntó Iris.

—La verdad que sí, es una tarde espectacular —respondió Hermes.

—Contame algo de vos.

—A pesar del calor.

—¿Sabes qué me gustaría?

—Mañana tengo que ir a terapia

—Que me cuentes qué haces los fines de semana.

—¿Vos hacés terapia? —preguntó Hermes, en japonés.

—Porque nunca hablás de lo que haces fuera del trabajo —dijo ella, en romaní.

—Te lo recomiendo, eh. Al principio no me convencía, pero una vez que probas no podes dejar. Es un lindo espacio. Aprendes a hablar y a escuchar —dijo Hermes.

—Yo por ejemplo los viernes a la noche me junto con alguna amiga, casi siempre en la casa de Hera. Abrimos unos vinitos, cocinamos algo, charlamos, fumamos —dijo Iris, parándose en la cruz estipulada al centro del escenario.

—Bah, qué sé yo, a mí me gusta. Después cada uno hará su experiencia. Hago hace más de dos años ya.

—Sí, es verdad. Y los sábados me despierto tarde, sin alarma. A veces limpio, a veces me veo con alguna amiga, a veces veo a mi familia. Depende, ¿viste? —comentó Iris, en sánscrito.

—Totalmente. Imaginate que el péndulo se mueve por inercia y no por motus propio —acotó Hermes.

—Yo no puedo con eso. Prefiero una película a una serie. Las series están pensadas para engancharte nada más, su lógica es simplemente llamar tu atención. En cambio las películas… —dijo Iris, riendo y pidiendo más luz en el escenario.

—Claro, claro. En mi caso no puedo dejar de pensar en lo que me estoy perdiendo mientras escribo estas cosas. Es agotador estar en un solo lugar, ser siempre yo.

—No sé, eh. Pensá que si no fuese por el Che Guevara no existiría la revolución cubana —comentó Iris, en ruso.

—Ah, ni hablar. Si por mi fuese, los saco a patadas a la calle.

—Sí, es lo que todos buscamos y nadie se anima a dar el primer paso. ¿Qué pensás del judaísmo y el cristianismo?

—Es todo un tema. Louise Glück decía que miramos el mundo una sola vez, en la infancia. Que el resto es memoria.

—Me encantaría saber tocar un instrumento. El arpa, por ejemplo. ¿Vos tocás alguno?

—Sí. O como alguna vez escribió Emil Cioran: solo tiene convicciones quien no ha profundizado en nada. ¿Me mostrás el video de ese puente otra vez, por favor? —pidió Hermes, en árabe.

—Yo fui a Rusia hace unos años. Es impresionante las marcas que quedaron de la revolución. Se ven, se tocan, se huelen… —dijo Iris, y dio play al pedido de su interlocutor.

Contemplaron el video en silencio. Las máquinas volvieron a golpear al antiguo puente belga. Aguzaron el oído y lograron descifrar algunos alaridos de disgusto y rencor entre los presentes.

—Che, mirá. ¿Viste en el centro del tablero del puente? —preguntó Hermes.

—Sí. ¿Qué pasa? —respondió Iris, agotada de esperarlo.

—¿Te diste cuenta que le faltaban unos ladrillos? No estaba completo... —comentó, mirándola a los ojos.

Iris le devolvió la mirada sin dificultad, mas no sin compasión. No tenía la menor idea de en qué idioma le estaba hablando. Tanteó entre sus cosas para ver si le quedaba algún ladrillo para prestarle pero solo halló polvo y lapiceras que no escribían. Nunca se sintió tan sola en su vida. Le brotaron unas irremediables ganas de levantarse e irse corriendo hacia otro planeta y no volver a hablar nunca más con nadie, salir de su propia piel y diluirse entre las estrellas y el resto de vino que quedaba en su copa casi vacía.

Se encontraban a las puertas del clímax de la obra, sabía que la línea que seguía era “pero al nuestro no le falta nada” y debía arrojarse a sus brazos y esperar la bajada del telón y, si tenía suerte, los aplausos, pero el río comenzó a desbordar los límites terrenales e inundó ambas orillas obligando a Hermes a retroceder y refugiarse en alguna caverna cercana mientras ella observaba la escena desde las alturas del tablero del puente incompleto, a salvo del agua pero no de sus efectos. Se preguntó qué sucedería si se arrojaba. ¿Renacería libremente? ¿Enloquecería de soledad? ¿Ambas? Decidió no hacerlo, lamentó haber optado por la cordura como siempre y comenzó a cuestionarse de dónde caía esa apabullante masa de agua, hacia dónde se dirigía y qué o quiénes habían ordenado su devenir constante e irremediable. La recorrió un desamparo infinito.

—Quizá sean todos así —le salió decir.

Hermes la miró confundido. Lo descolocó su repentina improvisación. No sabía cómo seguir si algo se desviaba de la estructura del guión, nunca se manejó bien en la espontaneidad. Se tomó lo que quedaba de la cerveza de un sorbo para ganar tiempo y pensar cómo actuar.

—¿No existe puente completo, entonces? —logró esbozar.

Silencio.

La directora de escena hizo una seña desesperada al iluminador para salir del paso y las luces comenzaron a apagarse, lentamente. Una lágrima comenzó a rodar por la mejilla derecha de Iris, que miró a Hermes desde la punta del tablero. Hasta ese momento, Hermes jamás había sentido tanta admiración por nadie en su vida. No podía creer el talento del cual Iris era poseedora, le parecía una artista con una capacidad de expresión superlativa, una mujer que nunca está sola porque en definitiva nadie lo está, siempre estamos rodeados de gente que camina por las calles y viste y sueña lo mismo que nosotros. Creyó seguir construyendo su pilar en la vera del río pero la corriente había destruido todo a su paso y ya no quedaban ladrillos ni esperanzas.

—¿Te puedo confesar algo? —preguntó Hermes, mirándola desde abajo con el agua por los tobillos.

—Lo que quieras —Iris, indiferente.

—Creo que nunca sentí tanta conexión con alguien como con vos —se sinceró Hermes, ya a oscuras.

Iris lo miró desde las alturas con los ojos llenos de pena, se dio media vuelta y se alejó sin pronunciar palabra alguna, total para qué. Hermes se calzó su sombrero de alas y salió del escenario convencido que acababan de realizar la mejor función de su vida. Le hizo una breve mueca al asistente y cayó el telón. El público estalló en vítores.

Me encantaría decir que eran el uno para el otro y que pasaron la noche juntos, que tuvieron hijos y viajaron por el mundo, que lograron irse del banco y que vivieron felices para siempre pero eso ya sería mentir demasiado. Tengo miedo que no se entienda nada.

La mujer más hermosa del mundo

I

El cálido abrazo del sol y la refrescante bruma del río ayudan a despertarme. Las aguas se agitan con suavidad, como quien mece la cuna de su hijo recién nacido. El calorcito matutino me acaricia maternalmente y el cielo, esbelto e infinito, danza presuntuoso sin una sola nube que opaque su belleza.

Yazco boca abajo sobre una mezcla de rocas, troncos caídos y restos de basura. Una típica playita de río cuyos límites son los altos pastizales que dificultan ver qué esconden detrás. No tengo idea exacta de qué hora es, pero por la posición y la luz del sol calculo que deben ser las nueve o diez de la mañana.

Con los ojos aún cerrados, consciente pero inmóvil, trato de registrar cada sonido a mí alrededor como un niño en medio de la noche oscura. Si no me muevo pensarán que estoy muerto, no me golpearán más y me dejarán en paz. Tengo mucho miedo, para qué negarlo. Permanezco así unos minutos hasta que entiendo que no hay peor enemigo que el que habita en mi mente y que nadie a mí alrededor es una amenaza para mi integridad más que yo mismo.

Adormecido como al despabilarse de una larga siesta dominguera, tardo unos cuantos minutos en asimilar la situación. Me siento con las piernas cruzadas mirando al río y el reflejo del sol en el agua me ciega por completo. Froto mis ojos con las manos en un vago intento de disipar la neblina.

¡Qué extraño es despertar! Qué naturalizada tenemos una situación devastadoramente compleja: otra manera de percibir el tiempo y el espacio, la conexión con un cable hacia un mundo regido por otras lógicas, quizá más auténticas que las del mundo que tan livianamente llamamos real. Volver a ser uno mismo, volver a las alegrías y problemas terrenales, a los deseos y las angustias de todos los días. No es fácil asimilar el mundo al que fuimos lanzados.

Qué hastío ser todo el tiempo uno mismo. Siempre los mismos deseos, siempre los mismos miedos. Luchar contra los demonios ya conocidos. Algunos ya vencidos, algunos ya vencedores. Siempre me pregunté qué se sentirá despertar una mañana y ser Mehemed II, Artajerjes I o un marinero inglés del siglo XVI que pisa por primera vez territorio desconocido. Hablar otro idioma, tener otra historia, otros padres, otras amistades, otros deberes, otras realizaciones. ¿Cómo será ser un comerciante en la antigua Roma? ¿Cómo pensaba un fenicio, un campesino cubano, un emperador inca? ¿Qué sentían? ¿Cómo se vería el mundo a través de sus ojos? ¿Cuáles serían sus fantasmas, sus amores, sus traiciones?

Me incorporo con movimientos lentos y controlados. Inspecciono mi cuerpo con minuciosidad en busca de golpes o cortes. No hay hematomas. No veo sangre ni ropas rasgadas. No hay dolor. Sé que estoy vivo pero no tengo la más mínima noción de por qué amanecí en este lugar. Quizá me hayan robado. Busco en mis bolsillos la billetera, el celular, las llaves de casa, los cigarrillos. Todo está seco y en su sitio. No me falta dinero ni tarjetas.

El agua del río continúa su movimiento suave y constante hacia la orilla. Me invade un extraño aire como de sosiego, una brisa cargada de belleza perdida en el ambiente de esta escena confusa y desordenada. Hay algo hermoso en el caos, en el reconocimiento de la pérdida del control de uno mismo, en la aceptación del devenir azaroso que flota como una hoja de otoño. Enciendo un cigarrillo y lo fumo con fruición. La belleza inunda mi alma y nada me es más urgente que disfrutar de este aquí y ahora. No existe el ayer, dado que no recuerdo lo que sucedió. No hay mañana, porque no sé cómo seguir. Lo único que poseo es este presente tan confuso como bello, la maravillosa sensación de estar disolviéndome como las cenizas en el viento, el náufrago atado a la proa de su barco en medio de la tempestad desafiando a los dioses y sus caprichosos designios sin temer lo que le deparan, aceptando su destino con templanza y algo parecido a la dignidad.

Asomo la cabeza por entre los pastizales y diviso el sendero de ripio rodeado de una vegetación agresiva y espesa, escenario totalmente inconexo con los altos edificios que afloran pedantes de fondo. Súbitamente las imágenes se conectan con las ideas y logro reconocer dónde estoy: es la Reserva Ecológica de la Costanera Sur.

Puedo verme de niño paseando con mi familia en una destemplada tarde otoñal por los mismos senderos que ahora me encuentro recorriendo. Me veo pequeño, indefenso pero protegido, buscando algún animalito escurridizo que pasa velozmente a mi lado mientras mi abuela me ofrece jugo de naranja del vaso de un termo viejo y oxidado. El mundo es un jardín de rosas y todo es potencialmente elevable a lo sagrado. Pero hay que regresar; llamo al planeta Tierra.

Mentiría si dijese que me tranquiliza el hecho de saber dónde me encuentro. Mentiría si dijese que no tengo miedo. Mentiría si dijese que sé lo que estoy haciendo, que tengo adónde ir, que a alguien le interesará esta historia. Quizá me volví loco y ni me di cuenta. Finalmente sucedió. Qué va ser, a todos nos pasará. Por suerte fue menos doloroso de lo que imaginé.

Camino a paso lento pero firme hacia la salida. Logro captar algún que otro fragmento de belleza en mi retirada. De vez en cuando me paro en algún rinconcito que por alguna razón llama mi atención y aprecio maravillado la densa vegetación de la Reserva como aquel niño que alguna vez fui. No es fácil encontrar un oasis tan bello en medio de una ciudad tan gris como Buenos Aires.

Miro hacia un lodazal en busca de algún animalito extravagante pero me detengo de golpe. ¿Qué es eso? ¡No puedo creer lo que estoy viendo! Una mujer se pasea por entre los juncos allí abajo, alejada de los senderos habilitados para el público. Sus suaves y joviales movimientos adornan una escena maravillosa que recordaré por siempre. Va danzando, casi levitando. No parece temerle a los animales que viven en la Reserva ni a ser detenida por alguno de los guardianes del lugar. Se agacha y huele un ceibo. Habla con las aves. Baila. Canta. Ríe.

Lleva un vestido corto color blanco que le da un aire angelical. A simple vista me da la sensación de no llevar corpiño. En sus pies, unas simples sandalias marrones. No lleva aros ni rouge en los labios. Nada que opaque su sonrisa. Es la mujer más hermosa que vi en mi vida. Los largos rizos de su pelo, castaños y un poco ondulados, son como los brazos del sol que me protegieron del pánico esta mañana. Sus ojos son la ventana al más allá, mundo infinito donde no existe el dolor, celeste grisáceo tan magnético como peculiar preparado en la paleta del mejor pintor. La risa y la lágrima conviven en ellos en armonía. Hay un sensual dejo felino en su mirar. Alcanzarían sus labios, rocío de miel, para encender la hoguera de las vanidades. La pasión arde en su boca, es evidente. Voluptuoso pero armonioso, su cuerpo parece esculpido por Donatello y su aspecto juvenil dificulta la tarea de definir su edad con precisión, pero estimo debe tener entre veinticuatro y veintisiete años, no más. Algunos lunares perfectamente esparcidos salpican su piel clara tostada por el sol.

El semblante de felicidad que ostenta cambia brutalmente al verme. Aquel rostro que derrochaba paz y alegría se transforma en sorpresa y terror. Se queda inmóvil con los brazos rígidos pegados al cuerpo, como un soldado en formación. Logro reconocer ciertas gotas de ternura en su mirar, o al menos eso quisiera creer.

Desesperada, se lanza a correr. Trato de seguirla pero su reacción intempestiva y la entrelazada vegetación son obstáculos que no logro sortear con dignidad. Lo bueno de convivir con la derrota es que te permite reconocer con facilidad cuando estás en clara desventaja. Le pregunto su nombre a los gritos pero no hay respuesta. La veo perderse de mi vista entre los pastizales como un tren que se aleja de la estación. Se va achicando en el horizonte y ya nunca volverá.

II

El hambre comienza a castigar mi cuerpo con dureza. Decido parar al azar en alguno de los carritos sobre la avenida Achával Rodríguez y pido una hamburguesa. Mientras la espero, repaso mentalmente lo que viví esta mañana. Intento darle un sentido lógico a todo, pensar la situación como un rompecabezas en el cual debo entender dónde va cada ficha para ver la imagen completa pero nada de lo que experimenté tiene sentido entre sí, empezando por mi misterioso despertar a orillas del río. Mucho menos la mujer de la Reserva. Es como pretender hacer una bandera con jirones de otras, de distintos tamaños y colores.

—Acá pasan cosas extrañas, ¿no? —dice la señora del carrito de comidas, sin mirarme.

Pestañeo rápidamente un par de veces para volver a hacer foco. La mujer debe notar mi estado de alerta.

—Quiero decir, se nota que algo le pasa. Vaya una a saber... —agrega.

—No estoy teniendo un buen día. Son cosas que pasan —respondo, evasivo.

La señora continúa con la vista en la parrilla asando mi hamburguesa pero atenta a nuestra conversación.

—Mire, llevo más de veinte años trabajando acá en la costanera. Imagínese usted la cantidad de cosas que he visto... De verdad, acá pasan cosas muy extrañas. Hay muchas historias que la gente repite. Algunas son ciertas, otras solo una parte. Aunque la mayoría son bolazos. Vaya una a saber, vio cómo es esto... —dice y me mira por primera vez a los ojos—. Pero seguramente habrá escuchado la historia de la mujer más hermosa del mundo porque es la más famosa del lugar —se divierte.

La miro con dureza para manifestar mi malestar con lo que interpreto es una ofensa a mi inteligencia. Es sorprendente lo fácil que uno puede perder los estribos con los extraños. Cada quién se monta la película que quiere. La mía es una tragicomedia mezclada con terror y pizcas de romanticismo.

—Para mí, la mujer más hermosa del mundo es siempre la que está conmigo —respondo.

La señora alza la vista y esboza una leve sonrisa de costado en aprobación a mi ingenio. Noto gotitas de dulzura en su mueca. Baja la cabeza y se concentra en mi hamburguesa. El humo de carne asada la envuelve, dándole un toque casi místico a su presencia. Trato de imaginar los esfuerzos que realizó a lo largo de su vida para sobrevivir. Pienso en los míos. Soy un afortunado.

—Sinceramente yo no creo mucho en este tipo de cosas —dice la señora—. Creer en eso y en los fantasmas es prácticamente lo mismo. Me cuesta creer que haya alguien en este momento a su lado escuchando lo que hablamos, riendo con otros fantasmas de que no podemos verlos ni tocarlos a la vez que tiran la mayonesa para asustarnos. Vaya una a saber... —y calla. Solo se escucha el crepitar de la carne en la parrilla—. De ser así, a mi me encantaría que el espíritu de mi hijo se me presente ahora mismo... —dice en un tono muy distinto al cual venía hablando. Es como si otra persona le hubiese prestado su voz. Siento una pena infinita por aquella mujer. Bajo la cabeza en señal de respeto. No sé qué decir. Un silencio cómplice nos arropa.

—Pero hay quienes comentan que acá en la Reserva han visto a una mujer vestida de blanco recorriendo los senderos —retoma, renovando su vitalidad— ¡Y son muchos, eh! Algunos dicen que es un espectro, el fantasma de una mujer que mataron acá en los juncos. Hay quienes dicen que murió de pena. Otros cuentan que es solo una mujer que vive en los pastizales, una especie de hippie que está medio tocame un vals. Vaya una a saber... Eso sí, las veces que la vieron siempre andaba sola. Cuando quiere baila, juega con los animales, nada en el río, camina, duerme. Nadie la molesta, hace lo que quiere cuando quiere. Es libre. Lo que sí, los pocos que la han visto aseguran que es la mujer más hermosa del mundo, en eso están todos de acuerdo.

—¿Y nunca nadie habló con ella?

—No, que yo sepa. Hay mucho chantapufi dando vueltas igual, ¿sabe? Yo no me creo todo lo que andan diciendo, yo no me creo.

—¿Por qué debería creerle a usted, entonces?

Levanta la vista y me mira con una dureza que no se condice con el tono de la conversación que venimos llevando. Nuevamente me da la sensación de que otra persona la posee.

—Cada uno cree en lo que quiere. O en lo que puede —dice.

Baja la vista como si no tuviese nada más que agregar. Nos quedamos en silencio un buen rato. Me sorprende cómo hablan los silencios.

—Hoy creo haberla visto, bailando en medio de un lodazal cerca de la salida. Salió corriendo cuando me vio —confieso.

La señora no me escucha, o hace como que. No responde. Sigue concentrada chequeando el nivel de cocción de mi hamburguesa. Me siento totalmente a merced de esta mujer. Hay algo en su presencia que me obnubila. Sin darme cuenta cómo ni cuándo, está dominando los tiempos y temas de la conversación. Maneja los tonos, los temas, el ritmo. Soy un títere haciendo lo que ella desea, como si supiese qué voy a decir antes que lo diga. Decido callar. Siempre que no se sepa qué decir es preferible guardar silencio y parecer un tonto que hablar y despejar toda duda.

Pero la señora quiere charlar. Quiere contarme la historia. Quiere contarme su historia. Quiere que pueda creer. Quiere que crea. Se divierte conmigo. Pasa el rato. Habla sin mirarme, concentrada en su faena.

—Dicen las malas lenguas que quien quiera hablar con ella debe cumplir con una serie de requisitos. Sí, así como lo escucha. La belleza es cruel, mi amigo, sobre todo en una mujer. Qué va ser... Pero hasta el día de hoy nadie lo ha logrado así que imagino que debe ser más cuento que otra cosa. Vaya una a saber... —dice.

—¿Y cuáles son esos requisitos?

—Bueno, se podrá imaginar que no hay una lista escrita por alguien, pero dicen que son tres: encontrar una de las siete entradas del infierno, pasar una noche allí y batirse a duelo por su amor. Pero, ¿por qué pregunta tanto? —dice la mujer, a la vez que me alcanza mi tan ansiada hamburguesa.

—Curiosidad. Desde que me desperté esta mañana que todo me resulta curioso.

La mujer se apoya con las manos sobre la mesada de madera del carrito. Me mira inquisitiva pero juguetonamente. Hay algo que me quiere decir pero no lo hace, como si tuviese que adivinarlo o razonarlo por mi cuenta para tatuarlo definitivamente en mi interior. Siento que me quiere desafiar y enseñar a la vez, como si fuese uno de los siete sabios del Himalaya.

—¿Acaso existe persona en esta tierra que valga semejante esfuerzo? —dispara.

—Hay personas que hacen nuestra vida un poco menos dolorosa. O un poco más bella, depende de cómo estén las estrellas —contesto.

La veo sonreír. Me gusta mucho su sonrisa.

—¿Se ha enamorado usted alguna vez? —me animo a preguntarle.

Me mira como un lobo a su presa. Me mide. Me analiza. Descubro que disfruta hablar conmigo. Está jugando.

—Vaya una a saber... —responde encogiéndose de hombros y lanzando una risita.

Cuántos mundos hay detrás de una persona. Cuántos caminos recorridos. ¿Habrá sufrido por amor? ¿Seguirá haciéndolo? ¿Contra qué demonios estará aún luchando? ¿Y yo? ¿Contra qué demonios estoy luchando? ¿Qué mundos hay detrás de mí? ¿Me habrá olvidado?

Bajo la cabeza para buscar mi billetera y pagar por la comida, pero las preguntas son aún mayores cuando, al levantar la mirada, ni el puesto ni la mujer se encuentran aquí presentes.

III

Buenos Aires siempre me pareció una ciudad un tanto diabólica. Si, como dicen, Dios está en todas partes pero atiende en Buenos Aires, lo mismo aplica para el Diablo. Tengo la vaga sensación de haberlo visto alguna que otra noche en las inmediaciones de la plaza San Martín, o en algunas de las mujeres que de vez en cuando me saludan por la calle.

Confundido, camino sin rumbo por la costanera. Trato de encontrar algún rastro de la mujer vestida de blanco en los pastizales de entrada a la Reserva pero no tengo suerte. Me siento en el pequeño muro de cemento de espaldas a los juncos y enciendo un cigarrillo. Una parte de mí siente la imperiosa necesidad de encontrar a esa chica pero, pensándolo bien, no sé hasta qué punto estoy dispuesto a pasar una noche en el infierno por una mujer. Ya lo he hecho demasiadas veces en mi vida.

“¿Acaso existe persona en esta tierra que valga semejante esfuerzo?”.

Las razones para irme a casa y olvidar lo que estoy viviendo esta mañana se agolpan en orden de importancia en mi mente. Pero la sangre no es agua, y cuando bulle hay que saber escucharla. Algo que no puedo explicar pero sí sentir me empuja a buscar a esa mujer. Estoy en el preciso instante en donde soy consciente que me arrojo al vacío con el corazón en las manos, a sabiendas que no estoy tomando la mejor decisión para mi integridad física y emocional pero sí para saciar mi sed de vitalidad.

Hablo con el encargado de un carrito cercano a la entrada de la Reserva. Le pregunto, en clave, si conoce dónde puedo encontrar al Diablo. Me mira como si fuese un extraterrestre y me ignora sin dirigirme la palabra. Hago lo mismo con los carritos siguientes: uno me insulta; otro me ofrece cocaína; el de más allá saca una Biblia y me habla de Jehová; la mujer que le sigue da unos pasos hacia atrás, rescata un rosario del bolsillo del delantal y comienza a rezar a los gritos.

No estoy dispuesto a darme por vencido tan fácilmente. La cabeza me dice que es una locura lo que estoy haciendo, que estoy perdiendo tiempo de mi vida en algo que no tiene sentido. Y quizá tenga razón. Pero ese es el problema principal: no quiero tener razón. Estoy harto de la razón. No quiero más que mis decisiones estén supeditadas a una concatenación lógica de causas y consecuencias. No quiero más el pesimismo tan típico de la inteligencia, quiero el optimismo propio de la voluntad incluso ciega, absurda. Quiero emoción. Quiero lo que crece, sangre, vino, el olor de tu pelo, rojo, alegrías, tristezas, esas cartas que nos mandamos, amores, desamores, verde, oliva, sexo, todos los colores, aquella noche en aquel lugar, música, prohibido prohibir, tormenta, morir en vos y renacer de mis cenizas. Quiero de todo en esta vida, menos razón.

Vuelvo a entrar a la Reserva. Después de todo, ¿qué tengo que perder? Cigarrillo en mano, voy buscando por los senderos como un poeta en la gran ciudad. Camino perdido y desconectado de la realidad en que viven mis coetáneos. Los observo. ¿Adónde van? ¿De qué ríen? ¿A quién extrañan? Siento una mezcla de lástima y envidia hacia ellos. De seguro entienden menos que yo de todo, pero deben ser más felices. Una pareja trota a ritmo acompasado con la ropa y accesorios de último modelo disponible: gorras, gafas, reloj cuenta pulsaciones, calzas, zapatillas. Un chico anda en bicicleta con auriculares bluetooth a la vez que enciende un faso y canta. Más allá, una señora pasea el carrito de su nieto. Pienso qué será de sus vidas y por qué confluimos todos en este momento, en este lugar, y no de otro modo. Podría haber sido de otra manera, pero es así. ¿Por qué es así? ¿Qué se esconde detrás del velo de la casualidad y la aleatoriedad?

Me figuro que están todos complotados en mi contra, que no son más que actores o, peor aún, fantasmas que rondan la Reserva como la historia de la mujer que me contó la señora del carrito. Vieja conocida en la larga noche, caigo en la paranoia de encontrar sentido en acciones remotas para justificar el objetivo principal de hacerme creer una realidad distinta a la mía. ¿Con qué objeto? ¿No tienen nada mejor que hacer de sus vidas que joderme la mía? Vayan a ser felices, ustedes que pueden. Sigan con sus vidas de plástico y televisión y déjenme tranquilo.

Transpiro. Tengo taquicardia y mis fosas nasales no logran incorporar el aire que mis pulmones necesitan. Decido seguir caminando para calmarme. Inhalo por la nariz, exhalo por la boca. Repito el accionar hasta dominar mi pulso y mi mente. No sé cuánto tiempo hace que estoy así. Camino por inercia. Mi cuerpo sabe mecánicamente qué acciones realizar para proporcionar movimiento y equilibrio pero mi cabeza no está aquí, como si de golpe me hubiese pegado un rayo y me hubiese partido en dos. Alguien me pregunta algo, no entiendo bien qué. Le respondo con un gruñido. No puedo hablar con claridad, disculpe. Sigo caminando.

Sin saber cómo ni cuándo, llego al extremo de la Reserva, muy cerca de la playita donde amanecí hace unas horas. Es el extremo de la ciudad. A partir de aquí, el sendero comienza a regresar. Una extraña nostalgia me toma por sorpresa. Me apoyo sobre una baranda de madera semi podrida y contemplo el río de la Plata. Me maravillo ante semejante espejo de agua. Enciendo un cigarrillo.

A pocos metros, detrás de unos pastizales altos y desprolijos, visualizo una casa muy mal mantenida. Parece abandonada. A sus costados hay una cinta prohibiendo el paso y posee la típica forma que dibujan los niños en el jardín: cuadrada, techo a dos aguas, de madera, una entrada principal y dos ventanas a cada lado con los vidrios rotos. La puerta está abollada y oxidada. Un débil candado hace las veces de protector de la propiedad. Más allá puede observarse una especie de panel eléctrico pintado de azul y una baliza vertical de considerable altura para avisar a barcos y pesqueros. No veo a nadie que la vigile.

Alguna vez mi viejo me dijo que el mejor escondite es aquel que está a la vista de todos. Obligo a mi mente a realizar un esfuerzo mayor al que está acostumbrada y la analizo con detenimiento. Dios no juega a los dados. El Diablo tampoco.

Traspaso la cinta por debajo arqueando mi cintura como Muhammad Alí en medio de una pelea contra Joe Frazier. Me paro frente a la derruida puerta y rompo el candado de una patada. La abro de un empujón. No veo nada del otro lado. Oscuridad total. No lo dudo un instante más. Respiro hondo y doy un paso al frente.

IV

El infierno es muy distinto a como me lo había imaginado. Nada de llamas, fuego, ni gritos suplicando clemencia. No hay demonios deformados rondando los pasillos ni filas de condenados esperando su eterno castigo. Es una habitación elegantemente decorada al estilo barroco, con dos sillones individuales enfrentados color vino tinto y una mesa marrón oscura excelentemente encerada con terminaciones en oro puro. Tan magnífica como sobria, una araña colgante tiñe el ambiente con una luz cálida. El piso está cubierto de una alfombra de seda roja tan fina que da lástima pisarla. En un rincón de la habitación veo una paloma blanca encerrada en una jaula. Logro divisar una ventana cuyo fondo da hacia la nada: más allá de ella se ve todo negro. Aquí no existe el tiempo ni el espacio. El universo entero es esta habitación.

Logro divisar un cuadro de considerable tamaño en cada una de las cuatro paredes. Son el “Cristo de San Juan de la Cruz” y “La desintegración de la persistencia de la memoria”, de Salvador Dalí; “Saturno devorando a su hijo”, de Francisco de Goya; y “Caída de los ángeles rebeldes”, de Pieter Brueghel. Los marcos son una mezcla de madera tallada y oro macizo. Creo que son los originales de cada obra.

La habitación huele a granos de café recién molidos y a vainilla. Percibo unas gotas de jazmín, también. Huele a madera. Huele a tu perfume, a cenizas rociadas con vino tinto, a la casa de mis abuelos. Huele a leña. No tengo frío, tampoco calor. Es la temperatura perfecta. Me extraña no estar sintiendo miedo. Solo se escucha el silencio.

¡Qué fuerza tiene el silencio! Qué desnudo se encuentra uno ante semejante solemnidad. Cada segundo que corre abre más y más el abismo con uno mismo, es como llegar a las profundidades del mar luego de haber sobrepasado todos los metros iniciales de olas y rompimientos para, finalmente, encontrar quietud, pureza, divinidad. Apenas logra ingresar la luz del sol y floto sin esfuerzo alguno. Mi cuerpo no pesa. No respiro, no es necesario hacerlo. Lejanos, solo creo escuchar los latidos de mi corazón.

Silencio, frontera de lo terrenal, enséñame tus virtudes y tus miserias, que las mías bien las conozco. Echa luz sobre mis sombras más temidas. Elévame, oh silencio, maravilloso universo, verdadero infinito de las almas. Ilumíname. Quita las vendas de mis ojos y los tapones de mis oídos. Enséñame a afrontar mis batallas y a aceptar lo inaceptable. Ayúdame a vivir en armonía y a morir con dignidad. Y viceversa.

—Lindo lugar este, ¿no le parece? —dice una voz extraña.

Con un movimiento rápido como un felino desprevenido muevo mi cabeza hacia donde escucho que me hablan. Hay un hombre sentado en uno de los sillones con las piernas cruzadas, un vaso de whisky sin hielo en una mano y un cigarrillo en la otra. No estaba cuando entré a la habitación.

—Sí, bastante —contesto, aterrorizado.

—¿Quiere? —saca una cigarrera dorada.

—Gracias —acepto.

El hombre fuma con fruición. Disfruta de cada bocanada de humo como si fuese la última. Tal vez lo sean. Expulsa el humo como un volcán en erupción. Fumamos en silencio, sin mirarnos. Contemplamos la majestuosidad del infierno, cada uno a su manera. Trato de disimular mis emociones para no mostrarme vulnerable. De vez en cuando lo miro de reojo. Tiene el pelo engominado peinado de costado. Luce un traje negro de cinco botones en las mangas, camisa blanca y corbata morada. Los zapatos, negros también, brillan como el sol del mediodía en verano. Alcanzo a divisar un pañuelo del mismo color que la corbata simétricamente doblado en el bolsillo delantero del saco. Sobre el respaldo del sillón de gamuza descansa un elegante sobretodo negro. Da la sensación de estar aguardando algo con la paciencia propia de quien sabe que la recompensa final bien vale la espera. Destila elegancia en cada movimiento. Parece amable, pero no puedo confiar en nadie en estas circunstancias.

Apaga su cigarrillo en un cenicero de cristal y contempla con aire conmovido uno de los cuadros en las paredes.

—La desintegración de la persistencia de la memoria —dice, en pleno trance.

—¿Quién es usted?—pregunto.

—¿Qué es el tiempo? —repregunta, con la vista fija en el cuadro.

—El tiempo no existe más que en nuestras mentes.

—¿Y en nuestros corazones?

No respondo. No sé qué responder. Lo miro fijo. Él no me mira, está hipnotizado con la obra de Dalí. Una lágrima rebelde se le escapa de su ojo derecho. No la detiene, la deja correr hasta que se pierde para siempre en la manga de su saco. Toma el pañuelo de su bolsillo y se limpia delicadamente el rastro que dejó su llanto, del cual ya nada queda.

—¿Qué es el olvido? —pregunta.

—Creo que es el peor de los castigos.

—Estaban ya marchitas las flores que las horas me entregaron. Mi única acción posible es ir deshojándolas poco a poco... —recita.

—Fernando Pessoa.

—¡Salud! —levanta el vaso y bebe un sorbo.

—¿Quién es usted?

—¿Para qué quiere saber? ¿Le cambia algo tener la información de mi nombre? ¿Le cambia algo saber que me llamo Miguel, Jorge o Pirulito? ¿Acaso va a poder sacarme de este lugar si le digo quién soy? —dice, mirándome por primera vez a los ojos. Nunca conocí una mirada tan triste.

—No —reconozco.

—Usted en realidad quiere saber si soy… —no termina la frase, como si no se atreviera a nombrarlo.

—La verdad que sí. Me haría un gran favor.

—Bueno, lamento no estar a la altura de sus expectativas pero no lo soy. Soy Nadie. Aquí dentro todos somos nadie, señor. Acá no interesan los nombres, ni las edades, ni el pasado, ni el futuro. Le diría que en este lugar prácticamente no importa siquiera el sufrimiento…

Su tono se va endureciendo poco a poco. Me sorprende la rapidez con la que pasó de su estado contemplativo a la irritación.

—¿Qué hace acá? —pregunto.

—Lo mismo que usted, señor. No me venga con pavadas.

—Vengo a rescatar un alma —miento.

—No me diga. ¿La de quién?

—La mía.

El hombre echa a reír a carcajadas. Golpea sus muslos con energía y derrama un poco de whisky en la alfombra de seda. El sonido de su risa llena todos los espacios de la habitación, convirtiendo el escenario en un lugar más sombrío aún de lo que es. Me sorprende que en ningún momento se despeinara. La paloma blanca aletea nerviosa en la jaula.

—Hágame el favor: siéntese. Relájese. Beba. Fume, tome. Charle conmigo, venga. Mire dónde se encuentra. Mire a su alrededor. Déjese con estupideces de una vez —dice.

¿Qué otra opción tengo?

Resignado, me sirvo un whisky sin hielo y me siento en el sillón que queda vacío. El caballero me ofrece otro cigarrillo. Acepto.

—Dicen que es preferible compartir la angustia con los amigos que la felicidad con los desconocidos —comento, por decir algo.

—Yo no soy su amigo, señor —responde con dureza.

—Déjeme pasar una... —casi que suplico.

El caballero me corre la mirada como buscando las palabras de lo que va a decir. Se acomoda el saco y se limpia el polvillo que se acumuló en su muslo izquierdo. Vuelve a mirarme.

—Le voy a advertir algo, estimado. Vaya haciéndose a la idea de que acá no le van a dejar pasar una. Nada. Ni una pizca de piedad. Le van a contar las costillas como a un perro mugriento. Le van saltar a cabecear con el codo y, si pueden, lo van a patear en el piso. No lo tome personal. Todo lo contrario. Tómelo como un consejo gratuito. Acá solo existe el sufrimiento, señor, y ni siquiera... —me dice, y noto cómo se le nublan los ojos.

—Ya bastante sufrimiento hay allá afuera... —señalo la puerta de salida.

El caballero ríe como una explosión, fuerte y breve. No lo pudo contener.

—No, señor. No se compara con este lugar. A ver si le queda claro: está usted en el mismísimo infierno.

—El infierno está dentro de nuestras mentes. Uno puede entrar y salir cuando quiere —juego.

—¡Ah, maravilloso! —dice, sarcástico—. Usted es de los que cree que el sol existe porque lo vemos, ¿no es así?

—Si un árbol cae en el bosque y nadie está cerca para oírlo, ¿hace algún ruido? —replico y bebo un sorbo de whisky.

—Usted debería escuchar más al verdulero de la esquina de su casa que a Merleau-Ponty.

—Solo existe lo que uno percibe —sostengo.

—¿Existo yo, acaso?

—Por supuesto. Porque puedo percibirlo.

—¿Existe este vaso?

—Claro que sí.

—¿Existe el infierno?

—Vivimos en él todos los días.

—¿Existe Dios?

Me da la sensación de haber entrado en su juego, en las redes de un guión muy bien pensado. Me tomo mi tiempo para responder. No sé bien qué decir.

—Verdaderamente nunca tuve oportunidad de percibirlo —reconozco.

—Entonces, según su lógica, no existe —replica el caballero de negro.

—¿Y para usted?

El hombre me mira fijo. Bebe su whisky sin quitarme los ojos de encima. Luego mira el “Cristo en la Cruz de San Juan”.

—Eso es lo que opino de Dios —dice y señala el cuadro con la cabeza.

Hay un dejo de tristeza en todos sus movimientos, incluso en los más vehementes. Una tristeza muy humana, profunda, existencial. De esas que no tienen cura.

—Yo sé por qué está aquí —susurra—. Usted también la quiere conocer.

Me levanto en silencio para servir otro whisky. Mis movimientos son lentos y parsimoniosos. Busco controlar la situación. Vuelvo a sentarme. Sostengo los codos en mis rodillas, entrelazo las manos y apoyo la pera en ellas. Lo miro en silencio pero con intensidad. El hombre me mantiene la mirada. Poco le cuesta. Es igual o más intensa que la mía.

Me sorprendo al verlo sacar una caja de madera debajo de su sillón. La apoya sobre la mesa. La caja es antiquísima pero muy bien mantenida. Barnizada y con herrajes de oro. La abre. Es un juego de ajedrez antiguo. Las piezas son de marfil puro. El tablero, de madera de secuoya.

—El que gane la partida tendrá el derecho de hablar con ella —dice.

Hace años no juego al ajedrez. En una época lo practiqué con asiduidad. Recuerdo el movimiento de las piezas pero no tengo la técnica suficiente como para hacerme con la victoria. No me queda más remedio que aceptar.

Sorteamos los colores. Juego con las piezas negras.

El hombre me ofrece un cigarrillo antes de empezar. Fumamos. Luego saca otra cigarrera más chiquita, de igual elegancia que la anterior.

—¿Me acompaña? —ofrece cocaína.

Acepto.

 

Tablero de por medio, no nos dirigimos la palabra en ningún momento durante la partida. La falta de práctica no implica que no me dé cuenta que estoy en clara desventaja. Mi única esperanza es que, más por azar que por genio, realice un movimiento magistral que incline la balanza a mi favor. Lo fantástico del ajedrez es que es de esos deportes en que nadie gana hasta que gana. Como el fútbol o el boxeo, donde por más que uno esté haciendo una gran pelea un solo error o una pelota parada pueden dejarte en peligro de nocaut. Me aferro a esa opción como un salvavidas en medio del océano.

Pero eso solo sucede en los cuentos, no en el infierno. A cada mínima ilusión de encontrar un movimiento salvador, el hombre de traje negro se adelanta y bloquea mi contraataque. Estoy perdiendo. Me lo tomo con calma. No será ni la primera ni la última vez. Quizá por eso no me sorprende tanto cuando veo que posa su mano en la dama blanca y asalta sin pedir permiso el casillero junto al rey negro. Captura el último peón, lo deja a un lado donde reposan mis otras piezas, levanta la vista y me mira con la dignidad del buen ganador.

—Jaque mate.

Inmediatamente me levanto del sillón y le doy la mano. Escucho que me dice algo pero ya no me interesa. No quiero estar un minuto más aquí dentro. Quiero irme a mi casa, ver a mis amigos, a mi familia. Quiero leer, escribir. ¿Qué hago en el infierno batiéndome a duelo con un desconocido para obtener el derecho (¡tan solo el derecho!) a hablar con una mujer, por más que sea la más hermosa del mundo? ¿Acaso existe persona en esta tierra que valga semejante esfuerzo?

Me doy media vuelta y, sin mirar atrás, abro la puerta y doy un paso al frente. Abandono el infierno, ojalá que para siempre.

V

Dejar atrás el infierno resulta más complicado de lo que imaginé. Ahora que lo pienso, tiene sentido: es muy fácil entrar pero no salir.

Retomo el sendero de la Reserva. Las aguas del río se mezclan con los rayos del sol ya de mediodía y me parece casi ridículo que todo siga su curso en aparente armonía luego de haber estado donde estuve. Allí nomás es posible encontrar una de las entradas al infierno y todos los que ahora me rodean viven sus vidas en aparente normalidad. La gente pasa a mi alrededor riendo y tomando mate como si lo que sus ojos pueden ver fuese lo único real en el universo. ¿Cuántos mundos habrá detrás de cada uno de ellos? ¿Y cuántos hay dentro de aquella madriguera en apariencia inofensiva? ¿Y en esos hormigueros?

Camino derrotado por la senda de tierra y ripio. No entiendo absolutamente nada de lo que me sucede desde que amanecí en la orilla del río, aquí cerquita. Quizá necesite tiempo para asimilarlo. Quizá nunca lo haga. Cansado de estar cansado, me consuelo pensando que no todo tiene un sentido ni puede ser explicado. No quiero hablar con nadie hasta que llegue a mi hogar. Apresuro el paso. Un hombre me pide no sé qué. Ni lo escucho, solo le digo que no.

Me detengo en uno de los miradores para estar conmigo. ¡Qué placer hundirse en las profundidades, bucear en los tesoros escondidos de uno mismo, tropezar con las regiones no conocidas de mi alma! Aquí soy dueño de todo, incluso (casi iba a escribir “sobre todo”) de mi propio dolor.

Naufrago sin salvavidas en mis pensamientos cuando de golpe los veo. Sí, allí abajo. Mire bien, allí. En la laguna, al lado de aquellos pastizales, detrás de ese cúmulo de árboles caídos que figuran una especie de trinchera. El hombre de traje negro y ella. Parecen dos animales en celo. Debe de estar contándole lo fácil que venció a su rival en el inframundo, lo débil que era aquel hombre y lo afortunada que es ella de estar hablando con un verdadero triunfador como él. Debe estar contándole el mundo en vez de querer vivirlo con ella, sacando conejos de la galera para el aplauso de un público que se atiborra de pochoclos húmedos en bolsitas de plástico que luego arrojarán al río sin dudar.

Sonriendo, el caballero extrae algo del bolsillo interno del saco y se lo entrega. Es un papel. Ella hace una mueca de asombro un tanto actuada pero lo acepta y lo guarda, sin leerlo, en el bolsillo lateral de su vestido blanco. Agudizo la vista para observarla con mayor detenimiento. Su belleza es distinta a la de cualquiera, no solo en los aspectos físicos, sino en el aura que desprende. Puede iluminar sin esfuerzo una habitación entera. Rebosa calidez. Destila hogar.

Debe haber sentido mis ojos en ella porque inmediatamente levanta la vista y me mira. Su actitud cambia por completo. La sorpresa se apodera de su expresión. Los ojos de una persona nunca mienten. Hay algo en los de ella que me resulta familiar. Es como si una pieza de mi rompecabezas infinito hubiese encastrado con una del de ella pero no ahora, sino en otro tiempo, tal vez en otra vida. Siento que de algún modo la conozco desde hace años pero es imposible, jamás la había visto hasta hoy. Instintivamente da un paso hacia atrás del hombre que la corteja y creo notar que le suelta la mano. Le comenta algo al oído. Él no responde, solo mira al piso a la vez que asiente levemente con la cabeza ante cada palabra. Sin más preámbulos, la mujer sale corriendo entre los juncos hasta perderse de mi vista.

El hombre de traje negro levanta la cabeza y la ve alejarse para siempre de su vida. Casi como en una obra de teatro, lentamente se da media vuelta y me encuentra con la mirada. Me sorprende que no se le mueva un solo músculo de su rostro al verme. No cambia su expresión. Es como si otra persona distinta a la que conocí ocupase el cuerpo de aquel sujeto, como si fuese el mismo envase pero con distinto contenido. No reconozco aquellos ojos tristes. No hay nada detrás de estos que ahora me miran. Un breve pero intenso escalofrío me eriza la piel.

Extrae el pañuelo morado del bolsillo delantero del saco y se saca el polvo de las manos, del traje y de sus zapatos. Al finalizar, vuelve a mirarme fríamente, se coloca con parsimonia el sobretodo y el sombrero de copa que reposaban tranquilos en el tronco de un árbol caído, enciende un cigarrillo, hace una leve mueca con el ala del sombrero y se retira caminando entre los pastizales con una mano en el cigarro y la otra en el bolsillo. Su silbido y el canto de los pájaros se funden en un largo adiós. Siento cierto temor y atracción por aquel hombre.

Después de todo, quizá no seamos tan distintos como pensaba.

VI

¿Cuántas veces ama un hombre en su vida? ¿Cuántas veces una mujer? ¿Hemos amado alguna vez? ¿Hemos sido amados, siquiera? ¿Somos capaces de amar con la misma intensidad a distintas personas o es algo que se va desgastando con el paso del tiempo y los desamores, algo que va perdiéndose como gradualmente se pierde la vista, y lo que ayer era pura definición y colores vívidos poco a poco va tornándose en imagen borrosa para acabar en la agonía de la última sombra, morada del infinito, hotel de los placeres? ¿Qué queda después del amor?

A la merma de intensidad le dirán sabiduría. A la cobardía la harán pasar como amor propio. Al olvido lo llamarán oportunidad. Deberemos reconstruir nuestros muros sobre las cenizas de viejos amores, aprenderemos a los golpes como los animales, entenderemos que por allí no es el camino porque antes dolió, regaremos el camino con nuestra sangre a cuentagotas para convertir en sagrado el suelo que alguna vez pisamos. Solo así podremos elevarnos a lo divino.

Mi primera novia. Mis aprendizajes. Mi segunda novia. Mis derrotas. Mi tercera novia. La chica que se enamoró de mí pero yo no de ella. Mi cuarta novia. La chica que no se enamoró de mí pero yo sí de ella. He aprendido y he sufrido. He amado mucho y no me han amado, y viceversa. He llorado. He reído. He soñado. He vuelto a ser niño. He sido anciano. He sido mis padres. He sido sus padres. He sido héroe y villano. He traicionado. He mentido. He sido brutalmente sincero. He sido solo una tarde en el parque Sarmiento. He sido sexo. He sido padre, hijo y cuñado. He caminado de la mano. He bailado borracho. He tenido sexo en la escalera, en la playa, en el auto, en el trabajo. He exagerado. He escrito cartas y me han escrito algunas: cada una de ellas es una bala que tira a matar.

Muchas veces no supe qué decir y lo poco que dije fue indebido. Muchas veces me sentí solo estando acompañado. He dejado todo y no ha alcanzado. He abandonado y he sido abandonado. He sido amante, novio, esposo, divorciado. He sido celoso y me han celado. Me he enojado y he hecho enojar. He sido el novio ideal. He sido el amante ideal. He sido el ex novio que ninguna mujer quisiera tener. He sido cruel, sincero, hiriente, cariñoso, sexy, vulnerable, fuerte, canalla, dependiente. He ganado y he perdido. He jugado. He querido. He amado. He sido bueno y malo. He vivido.

¿Quién soy ahora?

Camino cabizbajo sumido en mis pensamientos. Fumo con placer. Mi vida se amontona en imágenes fugaces y recuerdos vívidos que llegan a mi mente como las olas a la orilla del mar. Rompen con fuerza en mi cabeza y se retiran rápidamente para darle paso a otro recuerdo, dejando a su paso tan solo rastros de yodo que se impregnan en mis poros. De golpe saboreo olores, colores, palabras. He tenido una gran vida, a pesar de todo. Si me confesaran que hoy es el fin, me iría tranquilo. La dulzura de la derrota, mi vieja amiga. Hazme sabio, oh derrota, que del triunfo solo aprenden los idiotas.

Estoy saliendo de la Reserva cuando veo que alguien se mueve entre los pastizales de aquella laguna. Es ella. Baila y canta dulcemente. Está sola. Siempre está sola.

Es mi última oportunidad.

VII

Abandono el sendero y me interno en el lodazal. Mis pies se hunden hasta los tobillos y me cuesta caminar. Piso troncos, maleza, barro. Una pequeña serpiente me roza el gemelo. Camino lentamente hacia ella. Me ve pero, a diferencia de las últimas veces, esta vez no percibo asombro en sus ojos ni ternura en su expresión. Continúa danzando como si no le importase mi presencia. Permite que me acerque.

—Hola —digo, tímido—. No te asustes, no voy a hacerte daño.

—Lo sé —responde, onírica.

—Soy…

—Ya sé quién sos —me interrumpe.

De cerca es aún más hermosa. La escena toma una tonalidad amarillenta, como si el sol calentara más donde ella pasa. Su pelo ondea en la refrescante brisa que de golpe se levanta. Dudo de no haber muerto.

—¿Cómo lo sabés?

—Porque nosotros nos conocemos.

—¿Cómo te llamas? —pregunto, sin haber escuchado bien lo que dijo.

Deja de bailar y se para frente a mí. Me sonríe dulcemente. Se sienta en el tronco de un árbol y me hace señas para que me siente a su lado.

—Pongamos que me llamo Jezabel —responde.

Suspira. Está presente en cuerpo pero noto cómo su mente se conecta con algo ajeno a lo que somos. Mis ojos se nublan. No logro reconocer si estoy llorando o soñando.

—Siempre fuiste sincero conmigo, así que yo lo seré con vos —dice—. Creo que después de tanto esfuerzo te mereces, al menos, conocer la verdad. Vivo acá en la Reserva. Trato de ser muy cuidadosa con la gente, no me dejo ver mucho. Por supuesto, siempre algo se me escapa. No soy perfecta.

Sonríe. Ni siquiera ella cree en lo que acaba de decir.

—Se dicen muchas cosas de mí —retoma—. Algunos dirán que soy una persona horrible. Otros, que soy un ser humano maravilloso. Hay quienes dicen que soy una bruja. Los menos, que no existo y soy un fantasma. Todas las opiniones son ciertas.

Debe reconocer el desconcierto en mi semblante porque hace una mueca aniñada y continúa hablando.

—Quiero decir, ya te habrás dado cuenta que en este lugar ocurren cosas extrañas. Se podría decir que este es un lugar mágico. Muchas parejas se acercan a esta zona para renovar su amor, para comenzar una relación o tan solo para que el dolor que supone la extinción de la pasión no sea tan angustiante.

La última frase me entristece, no sé por qué. Escucho atentamente cada palabra que dice. Es de esos momentos en que uno obliga a su mente a utilizar el máximo de su potencial para retener absolutamente todo lo posible, consciente de estar viviendo un hecho extraordinario en su vida que puede cambiar el rumbo de las cosas. Trato de no dejarme distraer por su imponente hermosura pero rara vez lo consigo.

—Vi muchas parejas, vi mucho sufrimiento —continúa—. Y yo no quiero sufrir por nada ni nadie. La vida es para disfrutarla, ¿no te parece? Te imaginarás que oportunidades para estar con alguien me sobran... Pero ese no es el punto. Yo no quiero enamorarme. Nunca quise. Solo quiero divertirme. Ser libre como las aves que habitan este hermoso lugar, cantar cuando ansío que mi voz se escuche, bailar cuando quiero que mi cuerpo hable, caminar cuando deseo alcanzar el horizonte. Eso quiero: ser libre. No estar atada a nada ni a nadie.

Hace una pausa y baja la cabeza. Algo me impide pronunciar palabra. Hay momentos donde solo el silencio es la mejor respuesta. Cuando vuelve a levantarla, sus hermosos ojos están cubiertos de lágrimas. Le corro la mirada. Me duele verla llorar.

—Pero una vez me pasó. No lo pude evitar. Nadie puede evitarlo. No elegimos cuándo ni de quién enamorarnos —dice, perdiendo el control como una bicicleta bajando de la montaña.

—Enamorarse es uno de los sentimientos más hermosos que nos toca experimentar a los humanos. Es muy triste que estés en contra de eso —digo, sin pensar.

—No estoy en contra —replica, seria—. Simplemente no es lo que quiero para mi vida.

—Me parece muy egoísta.

—Nunca escuchas…

—¿Y qué pasó con esa persona de la que te enamoraste?

Mira al cielo antes de contestar. Suspira. Busca una respuesta divina pero parece que los dioses esta vez la han abandonado.

—Eso no es asunto tuyo —responde con dureza.

Por primera vez siento temor estando a su lado.

—Nunca quise enamorarme —retoma— pero uno no elige ese tipo de cosas. Una no elige la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto...

—Cortázar —sonrío.

—Cómo te gustaba leer Rayuela los sábados a la mañana…

Nuevamente baja la cabeza. Hace una breve pausa como pensando lo que va a decir. Elige las palabras. Suspira.

—Esa persona está condenada a una maldición —continúa—. La única manera de romper el maleficio es no volviéndome a ver jamás.

Siento infinita pena por aquel condenado.

Jezabel no puede contenerse más e irrumpe en llanto. Sus lágrimas no estropean la belleza de su rostro. Es hermosa incluso en la desazón. Realmente es la mujer más hermosa del mundo. Me mira con la cabeza ladeada, casi acongojada. Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Una mirada vale más que mil imágenes, entonces.

Con una tristeza que logra derribar los pesados muros de mi corazón trato de hilvanar palabra pero no lo consigo al primer intento. Trago saliva.

—¿Por qué? —susurro.

—Por favor, perdoname, pero es lo que quiero —responde Jezabel—. Una tiene que ser fiel a sí misma. Vos mismo me lo decías siempre.

—No entiendo qué tiene que ver querer ser libre con estar enamorada. No son sentimientos antagónicos.

—Para mí, sí. El precio de la libertad es la soledad. Y yo acá vivo sola, sin que nadie me exija o cuestione.

—No recuerdo cómo se siente un beso tuyo —lamento.

—A todos nos va a pasar.

—Jezabel…

—Entendeme, por favor. Sé que algún día me vas a entender.

Se acerca y me da un beso. Entrecierro los ojos y me los refriego para disipar la neblina. Los árboles que nos rodean comienzan a balancearse como el péndulo de un reloj antiguo y las aguas de la laguna bullen. De sus entrañas sale un animal con cuerpo de culebra y las patas y rostro de una rana. Mide aproximadamente cinco metros de alto y croa una especie de súplica al cielo que me atemoriza y conmueve a la vez. Una manada de vizcachas nos observan fumando desde una madriguera y comienzan a reír a carcajadas, mientras aquellos lagartos overos beben Old Fashioned en copas que creo haber usado en noches que olvidé. Calas y clivias gritan palabras ininteligibles. Hay un polvo en el aire que no sé si es polen o ceniza de aquel volcán que se ve a lo lejos y estalla. Un búho blanco se posa en las ramas de un talilla y me mira fijo. Me invade un extraño aire de sosiego. Así debe ser morir. El universo entero se redujo a sus labios.

—El amor es el azar que se fija. El resto, es el desastre que deja al pasar —me dice el búho, y echa a volar.

Otra pieza del rompecabezas infinito acaba de encastrar. Esta vez lo veo. Estoy más cerca del absoluto que antes. Debería estar contento, pero no lo estoy.

—Te amo con todo mi corazón —dice Jezabel.

Y todo se vuelve oscuro.

VIII

El cálido abrazo del sol y la refrescante bruma del río ayudan a despertarme. Las aguas se agitan con suavidad, como quien mece la cuna de su hijo recién nacido. El calorcito matutino me acaricia maternalmente y el cielo, esbelto e infinito, danza presuntuoso sin una sola nube que opaque su belleza.

Yazco boca abajo sobre una mezcla de rocas, troncos caídos y restos de basura. Una típica playita de río cuyos límites son los altos pastizales que dificultan ver qué esconden detrás. No tengo idea exacta de qué hora es, pero por la posición y la luz del sol calculo que deben ser las nueve o diez de la mañana...

EMPEZAR UN CUADERNO NUEVO ES COMO COGER

  Hace mucho que no escribo. Hace mucho que siento que no tengo nada para decir. Y una persona que escribe que no tiene nada para decir es l...