lunes, 12 de septiembre de 2022

La mujer más hermosa del mundo

I

El cálido abrazo del sol y la refrescante bruma del río ayudan a despertarme. Las aguas se agitan con suavidad, como quien mece la cuna de su hijo recién nacido. El calorcito matutino me acaricia maternalmente y el cielo, esbelto e infinito, danza presuntuoso sin una sola nube que opaque su belleza.

Yazco boca abajo sobre una mezcla de rocas, troncos caídos y restos de basura. Una típica playita de río cuyos límites son los altos pastizales que dificultan ver qué esconden detrás. No tengo idea exacta de qué hora es, pero por la posición y la luz del sol calculo que deben ser las nueve o diez de la mañana.

Con los ojos aún cerrados, consciente pero inmóvil, trato de registrar cada sonido a mí alrededor como un niño en medio de la noche oscura. Si no me muevo pensarán que estoy muerto, no me golpearán más y me dejarán en paz. Tengo mucho miedo, para qué negarlo. Permanezco así unos minutos hasta que entiendo que no hay peor enemigo que el que habita en mi mente y que nadie a mí alrededor es una amenaza para mi integridad más que yo mismo.

Adormecido como al despabilarse de una larga siesta dominguera, tardo unos cuantos minutos en asimilar la situación. Me siento con las piernas cruzadas mirando al río y el reflejo del sol en el agua me ciega por completo. Froto mis ojos con las manos en un vago intento de disipar la neblina.

¡Qué extraño es despertar! Qué naturalizada tenemos una situación devastadoramente compleja: otra manera de percibir el tiempo y el espacio, la conexión con un cable hacia un mundo regido por otras lógicas, quizá más auténticas que las del mundo que tan livianamente llamamos real. Volver a ser uno mismo, volver a las alegrías y problemas terrenales, a los deseos y las angustias de todos los días. No es fácil asimilar el mundo al que fuimos lanzados.

Qué hastío ser todo el tiempo uno mismo. Siempre los mismos deseos, siempre los mismos miedos. Luchar contra los demonios ya conocidos. Algunos ya vencidos, algunos ya vencedores. Siempre me pregunté qué se sentirá despertar una mañana y ser Mehemed II, Artajerjes I o un marinero inglés del siglo XVI que pisa por primera vez territorio desconocido. Hablar otro idioma, tener otra historia, otros padres, otras amistades, otros deberes, otras realizaciones. ¿Cómo será ser un comerciante en la antigua Roma? ¿Cómo pensaba un fenicio, un campesino cubano, un emperador inca? ¿Qué sentían? ¿Cómo se vería el mundo a través de sus ojos? ¿Cuáles serían sus fantasmas, sus amores, sus traiciones?

Me incorporo con movimientos lentos y controlados. Inspecciono mi cuerpo con minuciosidad en busca de golpes o cortes. No hay hematomas. No veo sangre ni ropas rasgadas. No hay dolor. Sé que estoy vivo pero no tengo la más mínima noción de por qué amanecí en este lugar. Quizá me hayan robado. Busco en mis bolsillos la billetera, el celular, las llaves de casa, los cigarrillos. Todo está seco y en su sitio. No me falta dinero ni tarjetas.

El agua del río continúa su movimiento suave y constante hacia la orilla. Me invade un extraño aire como de sosiego, una brisa cargada de belleza perdida en el ambiente de esta escena confusa y desordenada. Hay algo hermoso en el caos, en el reconocimiento de la pérdida del control de uno mismo, en la aceptación del devenir azaroso que flota como una hoja de otoño. Enciendo un cigarrillo y lo fumo con fruición. La belleza inunda mi alma y nada me es más urgente que disfrutar de este aquí y ahora. No existe el ayer, dado que no recuerdo lo que sucedió. No hay mañana, porque no sé cómo seguir. Lo único que poseo es este presente tan confuso como bello, la maravillosa sensación de estar disolviéndome como las cenizas en el viento, el náufrago atado a la proa de su barco en medio de la tempestad desafiando a los dioses y sus caprichosos designios sin temer lo que le deparan, aceptando su destino con templanza y algo parecido a la dignidad.

Asomo la cabeza por entre los pastizales y diviso el sendero de ripio rodeado de una vegetación agresiva y espesa, escenario totalmente inconexo con los altos edificios que afloran pedantes de fondo. Súbitamente las imágenes se conectan con las ideas y logro reconocer dónde estoy: es la Reserva Ecológica de la Costanera Sur.

Puedo verme de niño paseando con mi familia en una destemplada tarde otoñal por los mismos senderos que ahora me encuentro recorriendo. Me veo pequeño, indefenso pero protegido, buscando algún animalito escurridizo que pasa velozmente a mi lado mientras mi abuela me ofrece jugo de naranja del vaso de un termo viejo y oxidado. El mundo es un jardín de rosas y todo es potencialmente elevable a lo sagrado. Pero hay que regresar; llamo al planeta Tierra.

Mentiría si dijese que me tranquiliza el hecho de saber dónde me encuentro. Mentiría si dijese que no tengo miedo. Mentiría si dijese que sé lo que estoy haciendo, que tengo adónde ir, que a alguien le interesará esta historia. Quizá me volví loco y ni me di cuenta. Finalmente sucedió. Qué va ser, a todos nos pasará. Por suerte fue menos doloroso de lo que imaginé.

Camino a paso lento pero firme hacia la salida. Logro captar algún que otro fragmento de belleza en mi retirada. De vez en cuando me paro en algún rinconcito que por alguna razón llama mi atención y aprecio maravillado la densa vegetación de la Reserva como aquel niño que alguna vez fui. No es fácil encontrar un oasis tan bello en medio de una ciudad tan gris como Buenos Aires.

Miro hacia un lodazal en busca de algún animalito extravagante pero me detengo de golpe. ¿Qué es eso? ¡No puedo creer lo que estoy viendo! Una mujer se pasea por entre los juncos allí abajo, alejada de los senderos habilitados para el público. Sus suaves y joviales movimientos adornan una escena maravillosa que recordaré por siempre. Va danzando, casi levitando. No parece temerle a los animales que viven en la Reserva ni a ser detenida por alguno de los guardianes del lugar. Se agacha y huele un ceibo. Habla con las aves. Baila. Canta. Ríe.

Lleva un vestido corto color blanco que le da un aire angelical. A simple vista me da la sensación de no llevar corpiño. En sus pies, unas simples sandalias marrones. No lleva aros ni rouge en los labios. Nada que opaque su sonrisa. Es la mujer más hermosa que vi en mi vida. Los largos rizos de su pelo, castaños y un poco ondulados, son como los brazos del sol que me protegieron del pánico esta mañana. Sus ojos son la ventana al más allá, mundo infinito donde no existe el dolor, celeste grisáceo tan magnético como peculiar preparado en la paleta del mejor pintor. La risa y la lágrima conviven en ellos en armonía. Hay un sensual dejo felino en su mirar. Alcanzarían sus labios, rocío de miel, para encender la hoguera de las vanidades. La pasión arde en su boca, es evidente. Voluptuoso pero armonioso, su cuerpo parece esculpido por Donatello y su aspecto juvenil dificulta la tarea de definir su edad con precisión, pero estimo debe tener entre veinticuatro y veintisiete años, no más. Algunos lunares perfectamente esparcidos salpican su piel clara tostada por el sol.

El semblante de felicidad que ostenta cambia brutalmente al verme. Aquel rostro que derrochaba paz y alegría se transforma en sorpresa y terror. Se queda inmóvil con los brazos rígidos pegados al cuerpo, como un soldado en formación. Logro reconocer ciertas gotas de ternura en su mirar, o al menos eso quisiera creer.

Desesperada, se lanza a correr. Trato de seguirla pero su reacción intempestiva y la entrelazada vegetación son obstáculos que no logro sortear con dignidad. Lo bueno de convivir con la derrota es que te permite reconocer con facilidad cuando estás en clara desventaja. Le pregunto su nombre a los gritos pero no hay respuesta. La veo perderse de mi vista entre los pastizales como un tren que se aleja de la estación. Se va achicando en el horizonte y ya nunca volverá.

II

El hambre comienza a castigar mi cuerpo con dureza. Decido parar al azar en alguno de los carritos sobre la avenida Achával Rodríguez y pido una hamburguesa. Mientras la espero, repaso mentalmente lo que viví esta mañana. Intento darle un sentido lógico a todo, pensar la situación como un rompecabezas en el cual debo entender dónde va cada ficha para ver la imagen completa pero nada de lo que experimenté tiene sentido entre sí, empezando por mi misterioso despertar a orillas del río. Mucho menos la mujer de la Reserva. Es como pretender hacer una bandera con jirones de otras, de distintos tamaños y colores.

—Acá pasan cosas extrañas, ¿no? —dice la señora del carrito de comidas, sin mirarme.

Pestañeo rápidamente un par de veces para volver a hacer foco. La mujer debe notar mi estado de alerta.

—Quiero decir, se nota que algo le pasa. Vaya una a saber... —agrega.

—No estoy teniendo un buen día. Son cosas que pasan —respondo, evasivo.

La señora continúa con la vista en la parrilla asando mi hamburguesa pero atenta a nuestra conversación.

—Mire, llevo más de veinte años trabajando acá en la costanera. Imagínese usted la cantidad de cosas que he visto... De verdad, acá pasan cosas muy extrañas. Hay muchas historias que la gente repite. Algunas son ciertas, otras solo una parte. Aunque la mayoría son bolazos. Vaya una a saber, vio cómo es esto... —dice y me mira por primera vez a los ojos—. Pero seguramente habrá escuchado la historia de la mujer más hermosa del mundo porque es la más famosa del lugar —se divierte.

La miro con dureza para manifestar mi malestar con lo que interpreto es una ofensa a mi inteligencia. Es sorprendente lo fácil que uno puede perder los estribos con los extraños. Cada quién se monta la película que quiere. La mía es una tragicomedia mezclada con terror y pizcas de romanticismo.

—Para mí, la mujer más hermosa del mundo es siempre la que está conmigo —respondo.

La señora alza la vista y esboza una leve sonrisa de costado en aprobación a mi ingenio. Noto gotitas de dulzura en su mueca. Baja la cabeza y se concentra en mi hamburguesa. El humo de carne asada la envuelve, dándole un toque casi místico a su presencia. Trato de imaginar los esfuerzos que realizó a lo largo de su vida para sobrevivir. Pienso en los míos. Soy un afortunado.

—Sinceramente yo no creo mucho en este tipo de cosas —dice la señora—. Creer en eso y en los fantasmas es prácticamente lo mismo. Me cuesta creer que haya alguien en este momento a su lado escuchando lo que hablamos, riendo con otros fantasmas de que no podemos verlos ni tocarlos a la vez que tiran la mayonesa para asustarnos. Vaya una a saber... —y calla. Solo se escucha el crepitar de la carne en la parrilla—. De ser así, a mi me encantaría que el espíritu de mi hijo se me presente ahora mismo... —dice en un tono muy distinto al cual venía hablando. Es como si otra persona le hubiese prestado su voz. Siento una pena infinita por aquella mujer. Bajo la cabeza en señal de respeto. No sé qué decir. Un silencio cómplice nos arropa.

—Pero hay quienes comentan que acá en la Reserva han visto a una mujer vestida de blanco recorriendo los senderos —retoma, renovando su vitalidad— ¡Y son muchos, eh! Algunos dicen que es un espectro, el fantasma de una mujer que mataron acá en los juncos. Hay quienes dicen que murió de pena. Otros cuentan que es solo una mujer que vive en los pastizales, una especie de hippie que está medio tocame un vals. Vaya una a saber... Eso sí, las veces que la vieron siempre andaba sola. Cuando quiere baila, juega con los animales, nada en el río, camina, duerme. Nadie la molesta, hace lo que quiere cuando quiere. Es libre. Lo que sí, los pocos que la han visto aseguran que es la mujer más hermosa del mundo, en eso están todos de acuerdo.

—¿Y nunca nadie habló con ella?

—No, que yo sepa. Hay mucho chantapufi dando vueltas igual, ¿sabe? Yo no me creo todo lo que andan diciendo, yo no me creo.

—¿Por qué debería creerle a usted, entonces?

Levanta la vista y me mira con una dureza que no se condice con el tono de la conversación que venimos llevando. Nuevamente me da la sensación de que otra persona la posee.

—Cada uno cree en lo que quiere. O en lo que puede —dice.

Baja la vista como si no tuviese nada más que agregar. Nos quedamos en silencio un buen rato. Me sorprende cómo hablan los silencios.

—Hoy creo haberla visto, bailando en medio de un lodazal cerca de la salida. Salió corriendo cuando me vio —confieso.

La señora no me escucha, o hace como que. No responde. Sigue concentrada chequeando el nivel de cocción de mi hamburguesa. Me siento totalmente a merced de esta mujer. Hay algo en su presencia que me obnubila. Sin darme cuenta cómo ni cuándo, está dominando los tiempos y temas de la conversación. Maneja los tonos, los temas, el ritmo. Soy un títere haciendo lo que ella desea, como si supiese qué voy a decir antes que lo diga. Decido callar. Siempre que no se sepa qué decir es preferible guardar silencio y parecer un tonto que hablar y despejar toda duda.

Pero la señora quiere charlar. Quiere contarme la historia. Quiere contarme su historia. Quiere que pueda creer. Quiere que crea. Se divierte conmigo. Pasa el rato. Habla sin mirarme, concentrada en su faena.

—Dicen las malas lenguas que quien quiera hablar con ella debe cumplir con una serie de requisitos. Sí, así como lo escucha. La belleza es cruel, mi amigo, sobre todo en una mujer. Qué va ser... Pero hasta el día de hoy nadie lo ha logrado así que imagino que debe ser más cuento que otra cosa. Vaya una a saber... —dice.

—¿Y cuáles son esos requisitos?

—Bueno, se podrá imaginar que no hay una lista escrita por alguien, pero dicen que son tres: encontrar una de las siete entradas del infierno, pasar una noche allí y batirse a duelo por su amor. Pero, ¿por qué pregunta tanto? —dice la mujer, a la vez que me alcanza mi tan ansiada hamburguesa.

—Curiosidad. Desde que me desperté esta mañana que todo me resulta curioso.

La mujer se apoya con las manos sobre la mesada de madera del carrito. Me mira inquisitiva pero juguetonamente. Hay algo que me quiere decir pero no lo hace, como si tuviese que adivinarlo o razonarlo por mi cuenta para tatuarlo definitivamente en mi interior. Siento que me quiere desafiar y enseñar a la vez, como si fuese uno de los siete sabios del Himalaya.

—¿Acaso existe persona en esta tierra que valga semejante esfuerzo? —dispara.

—Hay personas que hacen nuestra vida un poco menos dolorosa. O un poco más bella, depende de cómo estén las estrellas —contesto.

La veo sonreír. Me gusta mucho su sonrisa.

—¿Se ha enamorado usted alguna vez? —me animo a preguntarle.

Me mira como un lobo a su presa. Me mide. Me analiza. Descubro que disfruta hablar conmigo. Está jugando.

—Vaya una a saber... —responde encogiéndose de hombros y lanzando una risita.

Cuántos mundos hay detrás de una persona. Cuántos caminos recorridos. ¿Habrá sufrido por amor? ¿Seguirá haciéndolo? ¿Contra qué demonios estará aún luchando? ¿Y yo? ¿Contra qué demonios estoy luchando? ¿Qué mundos hay detrás de mí? ¿Me habrá olvidado?

Bajo la cabeza para buscar mi billetera y pagar por la comida, pero las preguntas son aún mayores cuando, al levantar la mirada, ni el puesto ni la mujer se encuentran aquí presentes.

III

Buenos Aires siempre me pareció una ciudad un tanto diabólica. Si, como dicen, Dios está en todas partes pero atiende en Buenos Aires, lo mismo aplica para el Diablo. Tengo la vaga sensación de haberlo visto alguna que otra noche en las inmediaciones de la plaza San Martín, o en algunas de las mujeres que de vez en cuando me saludan por la calle.

Confundido, camino sin rumbo por la costanera. Trato de encontrar algún rastro de la mujer vestida de blanco en los pastizales de entrada a la Reserva pero no tengo suerte. Me siento en el pequeño muro de cemento de espaldas a los juncos y enciendo un cigarrillo. Una parte de mí siente la imperiosa necesidad de encontrar a esa chica pero, pensándolo bien, no sé hasta qué punto estoy dispuesto a pasar una noche en el infierno por una mujer. Ya lo he hecho demasiadas veces en mi vida.

“¿Acaso existe persona en esta tierra que valga semejante esfuerzo?”.

Las razones para irme a casa y olvidar lo que estoy viviendo esta mañana se agolpan en orden de importancia en mi mente. Pero la sangre no es agua, y cuando bulle hay que saber escucharla. Algo que no puedo explicar pero sí sentir me empuja a buscar a esa mujer. Estoy en el preciso instante en donde soy consciente que me arrojo al vacío con el corazón en las manos, a sabiendas que no estoy tomando la mejor decisión para mi integridad física y emocional pero sí para saciar mi sed de vitalidad.

Hablo con el encargado de un carrito cercano a la entrada de la Reserva. Le pregunto, en clave, si conoce dónde puedo encontrar al Diablo. Me mira como si fuese un extraterrestre y me ignora sin dirigirme la palabra. Hago lo mismo con los carritos siguientes: uno me insulta; otro me ofrece cocaína; el de más allá saca una Biblia y me habla de Jehová; la mujer que le sigue da unos pasos hacia atrás, rescata un rosario del bolsillo del delantal y comienza a rezar a los gritos.

No estoy dispuesto a darme por vencido tan fácilmente. La cabeza me dice que es una locura lo que estoy haciendo, que estoy perdiendo tiempo de mi vida en algo que no tiene sentido. Y quizá tenga razón. Pero ese es el problema principal: no quiero tener razón. Estoy harto de la razón. No quiero más que mis decisiones estén supeditadas a una concatenación lógica de causas y consecuencias. No quiero más el pesimismo tan típico de la inteligencia, quiero el optimismo propio de la voluntad incluso ciega, absurda. Quiero emoción. Quiero lo que crece, sangre, vino, el olor de tu pelo, rojo, alegrías, tristezas, esas cartas que nos mandamos, amores, desamores, verde, oliva, sexo, todos los colores, aquella noche en aquel lugar, música, prohibido prohibir, tormenta, morir en vos y renacer de mis cenizas. Quiero de todo en esta vida, menos razón.

Vuelvo a entrar a la Reserva. Después de todo, ¿qué tengo que perder? Cigarrillo en mano, voy buscando por los senderos como un poeta en la gran ciudad. Camino perdido y desconectado de la realidad en que viven mis coetáneos. Los observo. ¿Adónde van? ¿De qué ríen? ¿A quién extrañan? Siento una mezcla de lástima y envidia hacia ellos. De seguro entienden menos que yo de todo, pero deben ser más felices. Una pareja trota a ritmo acompasado con la ropa y accesorios de último modelo disponible: gorras, gafas, reloj cuenta pulsaciones, calzas, zapatillas. Un chico anda en bicicleta con auriculares bluetooth a la vez que enciende un faso y canta. Más allá, una señora pasea el carrito de su nieto. Pienso qué será de sus vidas y por qué confluimos todos en este momento, en este lugar, y no de otro modo. Podría haber sido de otra manera, pero es así. ¿Por qué es así? ¿Qué se esconde detrás del velo de la casualidad y la aleatoriedad?

Me figuro que están todos complotados en mi contra, que no son más que actores o, peor aún, fantasmas que rondan la Reserva como la historia de la mujer que me contó la señora del carrito. Vieja conocida en la larga noche, caigo en la paranoia de encontrar sentido en acciones remotas para justificar el objetivo principal de hacerme creer una realidad distinta a la mía. ¿Con qué objeto? ¿No tienen nada mejor que hacer de sus vidas que joderme la mía? Vayan a ser felices, ustedes que pueden. Sigan con sus vidas de plástico y televisión y déjenme tranquilo.

Transpiro. Tengo taquicardia y mis fosas nasales no logran incorporar el aire que mis pulmones necesitan. Decido seguir caminando para calmarme. Inhalo por la nariz, exhalo por la boca. Repito el accionar hasta dominar mi pulso y mi mente. No sé cuánto tiempo hace que estoy así. Camino por inercia. Mi cuerpo sabe mecánicamente qué acciones realizar para proporcionar movimiento y equilibrio pero mi cabeza no está aquí, como si de golpe me hubiese pegado un rayo y me hubiese partido en dos. Alguien me pregunta algo, no entiendo bien qué. Le respondo con un gruñido. No puedo hablar con claridad, disculpe. Sigo caminando.

Sin saber cómo ni cuándo, llego al extremo de la Reserva, muy cerca de la playita donde amanecí hace unas horas. Es el extremo de la ciudad. A partir de aquí, el sendero comienza a regresar. Una extraña nostalgia me toma por sorpresa. Me apoyo sobre una baranda de madera semi podrida y contemplo el río de la Plata. Me maravillo ante semejante espejo de agua. Enciendo un cigarrillo.

A pocos metros, detrás de unos pastizales altos y desprolijos, visualizo una casa muy mal mantenida. Parece abandonada. A sus costados hay una cinta prohibiendo el paso y posee la típica forma que dibujan los niños en el jardín: cuadrada, techo a dos aguas, de madera, una entrada principal y dos ventanas a cada lado con los vidrios rotos. La puerta está abollada y oxidada. Un débil candado hace las veces de protector de la propiedad. Más allá puede observarse una especie de panel eléctrico pintado de azul y una baliza vertical de considerable altura para avisar a barcos y pesqueros. No veo a nadie que la vigile.

Alguna vez mi viejo me dijo que el mejor escondite es aquel que está a la vista de todos. Obligo a mi mente a realizar un esfuerzo mayor al que está acostumbrada y la analizo con detenimiento. Dios no juega a los dados. El Diablo tampoco.

Traspaso la cinta por debajo arqueando mi cintura como Muhammad Alí en medio de una pelea contra Joe Frazier. Me paro frente a la derruida puerta y rompo el candado de una patada. La abro de un empujón. No veo nada del otro lado. Oscuridad total. No lo dudo un instante más. Respiro hondo y doy un paso al frente.

IV

El infierno es muy distinto a como me lo había imaginado. Nada de llamas, fuego, ni gritos suplicando clemencia. No hay demonios deformados rondando los pasillos ni filas de condenados esperando su eterno castigo. Es una habitación elegantemente decorada al estilo barroco, con dos sillones individuales enfrentados color vino tinto y una mesa marrón oscura excelentemente encerada con terminaciones en oro puro. Tan magnífica como sobria, una araña colgante tiñe el ambiente con una luz cálida. El piso está cubierto de una alfombra de seda roja tan fina que da lástima pisarla. En un rincón de la habitación veo una paloma blanca encerrada en una jaula. Logro divisar una ventana cuyo fondo da hacia la nada: más allá de ella se ve todo negro. Aquí no existe el tiempo ni el espacio. El universo entero es esta habitación.

Logro divisar un cuadro de considerable tamaño en cada una de las cuatro paredes. Son el “Cristo de San Juan de la Cruz” y “La desintegración de la persistencia de la memoria”, de Salvador Dalí; “Saturno devorando a su hijo”, de Francisco de Goya; y “Caída de los ángeles rebeldes”, de Pieter Brueghel. Los marcos son una mezcla de madera tallada y oro macizo. Creo que son los originales de cada obra.

La habitación huele a granos de café recién molidos y a vainilla. Percibo unas gotas de jazmín, también. Huele a madera. Huele a tu perfume, a cenizas rociadas con vino tinto, a la casa de mis abuelos. Huele a leña. No tengo frío, tampoco calor. Es la temperatura perfecta. Me extraña no estar sintiendo miedo. Solo se escucha el silencio.

¡Qué fuerza tiene el silencio! Qué desnudo se encuentra uno ante semejante solemnidad. Cada segundo que corre abre más y más el abismo con uno mismo, es como llegar a las profundidades del mar luego de haber sobrepasado todos los metros iniciales de olas y rompimientos para, finalmente, encontrar quietud, pureza, divinidad. Apenas logra ingresar la luz del sol y floto sin esfuerzo alguno. Mi cuerpo no pesa. No respiro, no es necesario hacerlo. Lejanos, solo creo escuchar los latidos de mi corazón.

Silencio, frontera de lo terrenal, enséñame tus virtudes y tus miserias, que las mías bien las conozco. Echa luz sobre mis sombras más temidas. Elévame, oh silencio, maravilloso universo, verdadero infinito de las almas. Ilumíname. Quita las vendas de mis ojos y los tapones de mis oídos. Enséñame a afrontar mis batallas y a aceptar lo inaceptable. Ayúdame a vivir en armonía y a morir con dignidad. Y viceversa.

—Lindo lugar este, ¿no le parece? —dice una voz extraña.

Con un movimiento rápido como un felino desprevenido muevo mi cabeza hacia donde escucho que me hablan. Hay un hombre sentado en uno de los sillones con las piernas cruzadas, un vaso de whisky sin hielo en una mano y un cigarrillo en la otra. No estaba cuando entré a la habitación.

—Sí, bastante —contesto, aterrorizado.

—¿Quiere? —saca una cigarrera dorada.

—Gracias —acepto.

El hombre fuma con fruición. Disfruta de cada bocanada de humo como si fuese la última. Tal vez lo sean. Expulsa el humo como un volcán en erupción. Fumamos en silencio, sin mirarnos. Contemplamos la majestuosidad del infierno, cada uno a su manera. Trato de disimular mis emociones para no mostrarme vulnerable. De vez en cuando lo miro de reojo. Tiene el pelo engominado peinado de costado. Luce un traje negro de cinco botones en las mangas, camisa blanca y corbata morada. Los zapatos, negros también, brillan como el sol del mediodía en verano. Alcanzo a divisar un pañuelo del mismo color que la corbata simétricamente doblado en el bolsillo delantero del saco. Sobre el respaldo del sillón de gamuza descansa un elegante sobretodo negro. Da la sensación de estar aguardando algo con la paciencia propia de quien sabe que la recompensa final bien vale la espera. Destila elegancia en cada movimiento. Parece amable, pero no puedo confiar en nadie en estas circunstancias.

Apaga su cigarrillo en un cenicero de cristal y contempla con aire conmovido uno de los cuadros en las paredes.

—La desintegración de la persistencia de la memoria —dice, en pleno trance.

—¿Quién es usted?—pregunto.

—¿Qué es el tiempo? —repregunta, con la vista fija en el cuadro.

—El tiempo no existe más que en nuestras mentes.

—¿Y en nuestros corazones?

No respondo. No sé qué responder. Lo miro fijo. Él no me mira, está hipnotizado con la obra de Dalí. Una lágrima rebelde se le escapa de su ojo derecho. No la detiene, la deja correr hasta que se pierde para siempre en la manga de su saco. Toma el pañuelo de su bolsillo y se limpia delicadamente el rastro que dejó su llanto, del cual ya nada queda.

—¿Qué es el olvido? —pregunta.

—Creo que es el peor de los castigos.

—Estaban ya marchitas las flores que las horas me entregaron. Mi única acción posible es ir deshojándolas poco a poco... —recita.

—Fernando Pessoa.

—¡Salud! —levanta el vaso y bebe un sorbo.

—¿Quién es usted?

—¿Para qué quiere saber? ¿Le cambia algo tener la información de mi nombre? ¿Le cambia algo saber que me llamo Miguel, Jorge o Pirulito? ¿Acaso va a poder sacarme de este lugar si le digo quién soy? —dice, mirándome por primera vez a los ojos. Nunca conocí una mirada tan triste.

—No —reconozco.

—Usted en realidad quiere saber si soy… —no termina la frase, como si no se atreviera a nombrarlo.

—La verdad que sí. Me haría un gran favor.

—Bueno, lamento no estar a la altura de sus expectativas pero no lo soy. Soy Nadie. Aquí dentro todos somos nadie, señor. Acá no interesan los nombres, ni las edades, ni el pasado, ni el futuro. Le diría que en este lugar prácticamente no importa siquiera el sufrimiento…

Su tono se va endureciendo poco a poco. Me sorprende la rapidez con la que pasó de su estado contemplativo a la irritación.

—¿Qué hace acá? —pregunto.

—Lo mismo que usted, señor. No me venga con pavadas.

—Vengo a rescatar un alma —miento.

—No me diga. ¿La de quién?

—La mía.

El hombre echa a reír a carcajadas. Golpea sus muslos con energía y derrama un poco de whisky en la alfombra de seda. El sonido de su risa llena todos los espacios de la habitación, convirtiendo el escenario en un lugar más sombrío aún de lo que es. Me sorprende que en ningún momento se despeinara. La paloma blanca aletea nerviosa en la jaula.

—Hágame el favor: siéntese. Relájese. Beba. Fume, tome. Charle conmigo, venga. Mire dónde se encuentra. Mire a su alrededor. Déjese con estupideces de una vez —dice.

¿Qué otra opción tengo?

Resignado, me sirvo un whisky sin hielo y me siento en el sillón que queda vacío. El caballero me ofrece otro cigarrillo. Acepto.

—Dicen que es preferible compartir la angustia con los amigos que la felicidad con los desconocidos —comento, por decir algo.

—Yo no soy su amigo, señor —responde con dureza.

—Déjeme pasar una... —casi que suplico.

El caballero me corre la mirada como buscando las palabras de lo que va a decir. Se acomoda el saco y se limpia el polvillo que se acumuló en su muslo izquierdo. Vuelve a mirarme.

—Le voy a advertir algo, estimado. Vaya haciéndose a la idea de que acá no le van a dejar pasar una. Nada. Ni una pizca de piedad. Le van a contar las costillas como a un perro mugriento. Le van saltar a cabecear con el codo y, si pueden, lo van a patear en el piso. No lo tome personal. Todo lo contrario. Tómelo como un consejo gratuito. Acá solo existe el sufrimiento, señor, y ni siquiera... —me dice, y noto cómo se le nublan los ojos.

—Ya bastante sufrimiento hay allá afuera... —señalo la puerta de salida.

El caballero ríe como una explosión, fuerte y breve. No lo pudo contener.

—No, señor. No se compara con este lugar. A ver si le queda claro: está usted en el mismísimo infierno.

—El infierno está dentro de nuestras mentes. Uno puede entrar y salir cuando quiere —juego.

—¡Ah, maravilloso! —dice, sarcástico—. Usted es de los que cree que el sol existe porque lo vemos, ¿no es así?

—Si un árbol cae en el bosque y nadie está cerca para oírlo, ¿hace algún ruido? —replico y bebo un sorbo de whisky.

—Usted debería escuchar más al verdulero de la esquina de su casa que a Merleau-Ponty.

—Solo existe lo que uno percibe —sostengo.

—¿Existo yo, acaso?

—Por supuesto. Porque puedo percibirlo.

—¿Existe este vaso?

—Claro que sí.

—¿Existe el infierno?

—Vivimos en él todos los días.

—¿Existe Dios?

Me da la sensación de haber entrado en su juego, en las redes de un guión muy bien pensado. Me tomo mi tiempo para responder. No sé bien qué decir.

—Verdaderamente nunca tuve oportunidad de percibirlo —reconozco.

—Entonces, según su lógica, no existe —replica el caballero de negro.

—¿Y para usted?

El hombre me mira fijo. Bebe su whisky sin quitarme los ojos de encima. Luego mira el “Cristo en la Cruz de San Juan”.

—Eso es lo que opino de Dios —dice y señala el cuadro con la cabeza.

Hay un dejo de tristeza en todos sus movimientos, incluso en los más vehementes. Una tristeza muy humana, profunda, existencial. De esas que no tienen cura.

—Yo sé por qué está aquí —susurra—. Usted también la quiere conocer.

Me levanto en silencio para servir otro whisky. Mis movimientos son lentos y parsimoniosos. Busco controlar la situación. Vuelvo a sentarme. Sostengo los codos en mis rodillas, entrelazo las manos y apoyo la pera en ellas. Lo miro en silencio pero con intensidad. El hombre me mantiene la mirada. Poco le cuesta. Es igual o más intensa que la mía.

Me sorprendo al verlo sacar una caja de madera debajo de su sillón. La apoya sobre la mesa. La caja es antiquísima pero muy bien mantenida. Barnizada y con herrajes de oro. La abre. Es un juego de ajedrez antiguo. Las piezas son de marfil puro. El tablero, de madera de secuoya.

—El que gane la partida tendrá el derecho de hablar con ella —dice.

Hace años no juego al ajedrez. En una época lo practiqué con asiduidad. Recuerdo el movimiento de las piezas pero no tengo la técnica suficiente como para hacerme con la victoria. No me queda más remedio que aceptar.

Sorteamos los colores. Juego con las piezas negras.

El hombre me ofrece un cigarrillo antes de empezar. Fumamos. Luego saca otra cigarrera más chiquita, de igual elegancia que la anterior.

—¿Me acompaña? —ofrece cocaína.

Acepto.

 

Tablero de por medio, no nos dirigimos la palabra en ningún momento durante la partida. La falta de práctica no implica que no me dé cuenta que estoy en clara desventaja. Mi única esperanza es que, más por azar que por genio, realice un movimiento magistral que incline la balanza a mi favor. Lo fantástico del ajedrez es que es de esos deportes en que nadie gana hasta que gana. Como el fútbol o el boxeo, donde por más que uno esté haciendo una gran pelea un solo error o una pelota parada pueden dejarte en peligro de nocaut. Me aferro a esa opción como un salvavidas en medio del océano.

Pero eso solo sucede en los cuentos, no en el infierno. A cada mínima ilusión de encontrar un movimiento salvador, el hombre de traje negro se adelanta y bloquea mi contraataque. Estoy perdiendo. Me lo tomo con calma. No será ni la primera ni la última vez. Quizá por eso no me sorprende tanto cuando veo que posa su mano en la dama blanca y asalta sin pedir permiso el casillero junto al rey negro. Captura el último peón, lo deja a un lado donde reposan mis otras piezas, levanta la vista y me mira con la dignidad del buen ganador.

—Jaque mate.

Inmediatamente me levanto del sillón y le doy la mano. Escucho que me dice algo pero ya no me interesa. No quiero estar un minuto más aquí dentro. Quiero irme a mi casa, ver a mis amigos, a mi familia. Quiero leer, escribir. ¿Qué hago en el infierno batiéndome a duelo con un desconocido para obtener el derecho (¡tan solo el derecho!) a hablar con una mujer, por más que sea la más hermosa del mundo? ¿Acaso existe persona en esta tierra que valga semejante esfuerzo?

Me doy media vuelta y, sin mirar atrás, abro la puerta y doy un paso al frente. Abandono el infierno, ojalá que para siempre.

V

Dejar atrás el infierno resulta más complicado de lo que imaginé. Ahora que lo pienso, tiene sentido: es muy fácil entrar pero no salir.

Retomo el sendero de la Reserva. Las aguas del río se mezclan con los rayos del sol ya de mediodía y me parece casi ridículo que todo siga su curso en aparente armonía luego de haber estado donde estuve. Allí nomás es posible encontrar una de las entradas al infierno y todos los que ahora me rodean viven sus vidas en aparente normalidad. La gente pasa a mi alrededor riendo y tomando mate como si lo que sus ojos pueden ver fuese lo único real en el universo. ¿Cuántos mundos habrá detrás de cada uno de ellos? ¿Y cuántos hay dentro de aquella madriguera en apariencia inofensiva? ¿Y en esos hormigueros?

Camino derrotado por la senda de tierra y ripio. No entiendo absolutamente nada de lo que me sucede desde que amanecí en la orilla del río, aquí cerquita. Quizá necesite tiempo para asimilarlo. Quizá nunca lo haga. Cansado de estar cansado, me consuelo pensando que no todo tiene un sentido ni puede ser explicado. No quiero hablar con nadie hasta que llegue a mi hogar. Apresuro el paso. Un hombre me pide no sé qué. Ni lo escucho, solo le digo que no.

Me detengo en uno de los miradores para estar conmigo. ¡Qué placer hundirse en las profundidades, bucear en los tesoros escondidos de uno mismo, tropezar con las regiones no conocidas de mi alma! Aquí soy dueño de todo, incluso (casi iba a escribir “sobre todo”) de mi propio dolor.

Naufrago sin salvavidas en mis pensamientos cuando de golpe los veo. Sí, allí abajo. Mire bien, allí. En la laguna, al lado de aquellos pastizales, detrás de ese cúmulo de árboles caídos que figuran una especie de trinchera. El hombre de traje negro y ella. Parecen dos animales en celo. Debe de estar contándole lo fácil que venció a su rival en el inframundo, lo débil que era aquel hombre y lo afortunada que es ella de estar hablando con un verdadero triunfador como él. Debe estar contándole el mundo en vez de querer vivirlo con ella, sacando conejos de la galera para el aplauso de un público que se atiborra de pochoclos húmedos en bolsitas de plástico que luego arrojarán al río sin dudar.

Sonriendo, el caballero extrae algo del bolsillo interno del saco y se lo entrega. Es un papel. Ella hace una mueca de asombro un tanto actuada pero lo acepta y lo guarda, sin leerlo, en el bolsillo lateral de su vestido blanco. Agudizo la vista para observarla con mayor detenimiento. Su belleza es distinta a la de cualquiera, no solo en los aspectos físicos, sino en el aura que desprende. Puede iluminar sin esfuerzo una habitación entera. Rebosa calidez. Destila hogar.

Debe haber sentido mis ojos en ella porque inmediatamente levanta la vista y me mira. Su actitud cambia por completo. La sorpresa se apodera de su expresión. Los ojos de una persona nunca mienten. Hay algo en los de ella que me resulta familiar. Es como si una pieza de mi rompecabezas infinito hubiese encastrado con una del de ella pero no ahora, sino en otro tiempo, tal vez en otra vida. Siento que de algún modo la conozco desde hace años pero es imposible, jamás la había visto hasta hoy. Instintivamente da un paso hacia atrás del hombre que la corteja y creo notar que le suelta la mano. Le comenta algo al oído. Él no responde, solo mira al piso a la vez que asiente levemente con la cabeza ante cada palabra. Sin más preámbulos, la mujer sale corriendo entre los juncos hasta perderse de mi vista.

El hombre de traje negro levanta la cabeza y la ve alejarse para siempre de su vida. Casi como en una obra de teatro, lentamente se da media vuelta y me encuentra con la mirada. Me sorprende que no se le mueva un solo músculo de su rostro al verme. No cambia su expresión. Es como si otra persona distinta a la que conocí ocupase el cuerpo de aquel sujeto, como si fuese el mismo envase pero con distinto contenido. No reconozco aquellos ojos tristes. No hay nada detrás de estos que ahora me miran. Un breve pero intenso escalofrío me eriza la piel.

Extrae el pañuelo morado del bolsillo delantero del saco y se saca el polvo de las manos, del traje y de sus zapatos. Al finalizar, vuelve a mirarme fríamente, se coloca con parsimonia el sobretodo y el sombrero de copa que reposaban tranquilos en el tronco de un árbol caído, enciende un cigarrillo, hace una leve mueca con el ala del sombrero y se retira caminando entre los pastizales con una mano en el cigarro y la otra en el bolsillo. Su silbido y el canto de los pájaros se funden en un largo adiós. Siento cierto temor y atracción por aquel hombre.

Después de todo, quizá no seamos tan distintos como pensaba.

VI

¿Cuántas veces ama un hombre en su vida? ¿Cuántas veces una mujer? ¿Hemos amado alguna vez? ¿Hemos sido amados, siquiera? ¿Somos capaces de amar con la misma intensidad a distintas personas o es algo que se va desgastando con el paso del tiempo y los desamores, algo que va perdiéndose como gradualmente se pierde la vista, y lo que ayer era pura definición y colores vívidos poco a poco va tornándose en imagen borrosa para acabar en la agonía de la última sombra, morada del infinito, hotel de los placeres? ¿Qué queda después del amor?

A la merma de intensidad le dirán sabiduría. A la cobardía la harán pasar como amor propio. Al olvido lo llamarán oportunidad. Deberemos reconstruir nuestros muros sobre las cenizas de viejos amores, aprenderemos a los golpes como los animales, entenderemos que por allí no es el camino porque antes dolió, regaremos el camino con nuestra sangre a cuentagotas para convertir en sagrado el suelo que alguna vez pisamos. Solo así podremos elevarnos a lo divino.

Mi primera novia. Mis aprendizajes. Mi segunda novia. Mis derrotas. Mi tercera novia. La chica que se enamoró de mí pero yo no de ella. Mi cuarta novia. La chica que no se enamoró de mí pero yo sí de ella. He aprendido y he sufrido. He amado mucho y no me han amado, y viceversa. He llorado. He reído. He soñado. He vuelto a ser niño. He sido anciano. He sido mis padres. He sido sus padres. He sido héroe y villano. He traicionado. He mentido. He sido brutalmente sincero. He sido solo una tarde en el parque Sarmiento. He sido sexo. He sido padre, hijo y cuñado. He caminado de la mano. He bailado borracho. He tenido sexo en la escalera, en la playa, en el auto, en el trabajo. He exagerado. He escrito cartas y me han escrito algunas: cada una de ellas es una bala que tira a matar.

Muchas veces no supe qué decir y lo poco que dije fue indebido. Muchas veces me sentí solo estando acompañado. He dejado todo y no ha alcanzado. He abandonado y he sido abandonado. He sido amante, novio, esposo, divorciado. He sido celoso y me han celado. Me he enojado y he hecho enojar. He sido el novio ideal. He sido el amante ideal. He sido el ex novio que ninguna mujer quisiera tener. He sido cruel, sincero, hiriente, cariñoso, sexy, vulnerable, fuerte, canalla, dependiente. He ganado y he perdido. He jugado. He querido. He amado. He sido bueno y malo. He vivido.

¿Quién soy ahora?

Camino cabizbajo sumido en mis pensamientos. Fumo con placer. Mi vida se amontona en imágenes fugaces y recuerdos vívidos que llegan a mi mente como las olas a la orilla del mar. Rompen con fuerza en mi cabeza y se retiran rápidamente para darle paso a otro recuerdo, dejando a su paso tan solo rastros de yodo que se impregnan en mis poros. De golpe saboreo olores, colores, palabras. He tenido una gran vida, a pesar de todo. Si me confesaran que hoy es el fin, me iría tranquilo. La dulzura de la derrota, mi vieja amiga. Hazme sabio, oh derrota, que del triunfo solo aprenden los idiotas.

Estoy saliendo de la Reserva cuando veo que alguien se mueve entre los pastizales de aquella laguna. Es ella. Baila y canta dulcemente. Está sola. Siempre está sola.

Es mi última oportunidad.

VII

Abandono el sendero y me interno en el lodazal. Mis pies se hunden hasta los tobillos y me cuesta caminar. Piso troncos, maleza, barro. Una pequeña serpiente me roza el gemelo. Camino lentamente hacia ella. Me ve pero, a diferencia de las últimas veces, esta vez no percibo asombro en sus ojos ni ternura en su expresión. Continúa danzando como si no le importase mi presencia. Permite que me acerque.

—Hola —digo, tímido—. No te asustes, no voy a hacerte daño.

—Lo sé —responde, onírica.

—Soy…

—Ya sé quién sos —me interrumpe.

De cerca es aún más hermosa. La escena toma una tonalidad amarillenta, como si el sol calentara más donde ella pasa. Su pelo ondea en la refrescante brisa que de golpe se levanta. Dudo de no haber muerto.

—¿Cómo lo sabés?

—Porque nosotros nos conocemos.

—¿Cómo te llamas? —pregunto, sin haber escuchado bien lo que dijo.

Deja de bailar y se para frente a mí. Me sonríe dulcemente. Se sienta en el tronco de un árbol y me hace señas para que me siente a su lado.

—Pongamos que me llamo Jezabel —responde.

Suspira. Está presente en cuerpo pero noto cómo su mente se conecta con algo ajeno a lo que somos. Mis ojos se nublan. No logro reconocer si estoy llorando o soñando.

—Siempre fuiste sincero conmigo, así que yo lo seré con vos —dice—. Creo que después de tanto esfuerzo te mereces, al menos, conocer la verdad. Vivo acá en la Reserva. Trato de ser muy cuidadosa con la gente, no me dejo ver mucho. Por supuesto, siempre algo se me escapa. No soy perfecta.

Sonríe. Ni siquiera ella cree en lo que acaba de decir.

—Se dicen muchas cosas de mí —retoma—. Algunos dirán que soy una persona horrible. Otros, que soy un ser humano maravilloso. Hay quienes dicen que soy una bruja. Los menos, que no existo y soy un fantasma. Todas las opiniones son ciertas.

Debe reconocer el desconcierto en mi semblante porque hace una mueca aniñada y continúa hablando.

—Quiero decir, ya te habrás dado cuenta que en este lugar ocurren cosas extrañas. Se podría decir que este es un lugar mágico. Muchas parejas se acercan a esta zona para renovar su amor, para comenzar una relación o tan solo para que el dolor que supone la extinción de la pasión no sea tan angustiante.

La última frase me entristece, no sé por qué. Escucho atentamente cada palabra que dice. Es de esos momentos en que uno obliga a su mente a utilizar el máximo de su potencial para retener absolutamente todo lo posible, consciente de estar viviendo un hecho extraordinario en su vida que puede cambiar el rumbo de las cosas. Trato de no dejarme distraer por su imponente hermosura pero rara vez lo consigo.

—Vi muchas parejas, vi mucho sufrimiento —continúa—. Y yo no quiero sufrir por nada ni nadie. La vida es para disfrutarla, ¿no te parece? Te imaginarás que oportunidades para estar con alguien me sobran... Pero ese no es el punto. Yo no quiero enamorarme. Nunca quise. Solo quiero divertirme. Ser libre como las aves que habitan este hermoso lugar, cantar cuando ansío que mi voz se escuche, bailar cuando quiero que mi cuerpo hable, caminar cuando deseo alcanzar el horizonte. Eso quiero: ser libre. No estar atada a nada ni a nadie.

Hace una pausa y baja la cabeza. Algo me impide pronunciar palabra. Hay momentos donde solo el silencio es la mejor respuesta. Cuando vuelve a levantarla, sus hermosos ojos están cubiertos de lágrimas. Le corro la mirada. Me duele verla llorar.

—Pero una vez me pasó. No lo pude evitar. Nadie puede evitarlo. No elegimos cuándo ni de quién enamorarnos —dice, perdiendo el control como una bicicleta bajando de la montaña.

—Enamorarse es uno de los sentimientos más hermosos que nos toca experimentar a los humanos. Es muy triste que estés en contra de eso —digo, sin pensar.

—No estoy en contra —replica, seria—. Simplemente no es lo que quiero para mi vida.

—Me parece muy egoísta.

—Nunca escuchas…

—¿Y qué pasó con esa persona de la que te enamoraste?

Mira al cielo antes de contestar. Suspira. Busca una respuesta divina pero parece que los dioses esta vez la han abandonado.

—Eso no es asunto tuyo —responde con dureza.

Por primera vez siento temor estando a su lado.

—Nunca quise enamorarme —retoma— pero uno no elige ese tipo de cosas. Una no elige la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto...

—Cortázar —sonrío.

—Cómo te gustaba leer Rayuela los sábados a la mañana…

Nuevamente baja la cabeza. Hace una breve pausa como pensando lo que va a decir. Elige las palabras. Suspira.

—Esa persona está condenada a una maldición —continúa—. La única manera de romper el maleficio es no volviéndome a ver jamás.

Siento infinita pena por aquel condenado.

Jezabel no puede contenerse más e irrumpe en llanto. Sus lágrimas no estropean la belleza de su rostro. Es hermosa incluso en la desazón. Realmente es la mujer más hermosa del mundo. Me mira con la cabeza ladeada, casi acongojada. Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Una mirada vale más que mil imágenes, entonces.

Con una tristeza que logra derribar los pesados muros de mi corazón trato de hilvanar palabra pero no lo consigo al primer intento. Trago saliva.

—¿Por qué? —susurro.

—Por favor, perdoname, pero es lo que quiero —responde Jezabel—. Una tiene que ser fiel a sí misma. Vos mismo me lo decías siempre.

—No entiendo qué tiene que ver querer ser libre con estar enamorada. No son sentimientos antagónicos.

—Para mí, sí. El precio de la libertad es la soledad. Y yo acá vivo sola, sin que nadie me exija o cuestione.

—No recuerdo cómo se siente un beso tuyo —lamento.

—A todos nos va a pasar.

—Jezabel…

—Entendeme, por favor. Sé que algún día me vas a entender.

Se acerca y me da un beso. Entrecierro los ojos y me los refriego para disipar la neblina. Los árboles que nos rodean comienzan a balancearse como el péndulo de un reloj antiguo y las aguas de la laguna bullen. De sus entrañas sale un animal con cuerpo de culebra y las patas y rostro de una rana. Mide aproximadamente cinco metros de alto y croa una especie de súplica al cielo que me atemoriza y conmueve a la vez. Una manada de vizcachas nos observan fumando desde una madriguera y comienzan a reír a carcajadas, mientras aquellos lagartos overos beben Old Fashioned en copas que creo haber usado en noches que olvidé. Calas y clivias gritan palabras ininteligibles. Hay un polvo en el aire que no sé si es polen o ceniza de aquel volcán que se ve a lo lejos y estalla. Un búho blanco se posa en las ramas de un talilla y me mira fijo. Me invade un extraño aire de sosiego. Así debe ser morir. El universo entero se redujo a sus labios.

—El amor es el azar que se fija. El resto, es el desastre que deja al pasar —me dice el búho, y echa a volar.

Otra pieza del rompecabezas infinito acaba de encastrar. Esta vez lo veo. Estoy más cerca del absoluto que antes. Debería estar contento, pero no lo estoy.

—Te amo con todo mi corazón —dice Jezabel.

Y todo se vuelve oscuro.

VIII

El cálido abrazo del sol y la refrescante bruma del río ayudan a despertarme. Las aguas se agitan con suavidad, como quien mece la cuna de su hijo recién nacido. El calorcito matutino me acaricia maternalmente y el cielo, esbelto e infinito, danza presuntuoso sin una sola nube que opaque su belleza.

Yazco boca abajo sobre una mezcla de rocas, troncos caídos y restos de basura. Una típica playita de río cuyos límites son los altos pastizales que dificultan ver qué esconden detrás. No tengo idea exacta de qué hora es, pero por la posición y la luz del sol calculo que deben ser las nueve o diez de la mañana...

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