viernes, 23 de mayo de 2025

EMPEZAR UN CUADERNO NUEVO ES COMO COGER

 Hace mucho que no escribo. Hace mucho que siento que no tengo nada para decir. Y una persona que escribe que no tiene nada para decir es lo mismo que una lapicera que se quedó sin tinta.

Tuve frío todo el día. Afuera está nublado, mañana puede llover. Los ruidos de la ciudad se van apagando. El día está muriendo. Allá al fondo, un azul cada vez más oscuro. Me gusta más el día, pero es innegable que la noche tiene su magia…

Ordenando la casa, me topo de casualidad con un cuaderno nuevo. Estaba tirado en la biblioteca, abajo de todo, entre mazos de cartas y juegos de mesa. Me lo regaló un amigo hace unos meses. Mis amigos creen que soy escritor. Me deben querer más de lo que creo. Ellos creen que es falsa humildad cuando les respondo que no lo soy, que solo soy un hombre que escribe. Como tampoco soy futbolista, a pesar de haber jugado al fútbol toda mi vida. 

Empezar un cuaderno nuevo implica olerlo, tocarlo, inspeccionarlo por delante y por detrás. Imaginar cómo se sentirá mi lapicera en sus hojas, si su cuerpo será rígido o flexible en la acción. Implica manchar sus hojas, cuidarlo, explorar hasta dónde podré usarlo. Empezar un cuaderno nuevo es como coger. 

Debe ser cierto eso de que la fiebre sube al atardecer, porque cuando el sol se va es cuando más me pica el bichito. Las hojas del cuaderno parecen estar recubiertas de una sustancia oleosa: la lapicera dibuja movimientos serpenteantes y continuos, como la cola de un gato. Las palabras brotan del manantial, pero algunas resbalan en mi mano y quedan impregnadas en mis dedos. 

¿Tendré que lavarme con detergente y agua caliente para limpiarme? ¿Así de fácil se limpian las palabras?

Escribir por el placer de hacerlo, para calmar mi sed, para sacar a pasear al diablo. Escribir salvajemente, como decía Marguerite Duras. Un grito silencioso, pero desgarrador. Tiro del piolín de las palabras para ver a dónde me quieren llevar, qué me quieren mostrar.  

Los gatos que se acercan cautelosos a la habitación. ¿Percibirán las llamaradas? ¿Escucharán este aullido mudo?

¡Ah, cómo me gusta este tipo de escritura! ¡El fluir de mis entrañas, el vómito del borracho, la catarsis del cuerdo! 

Interrumpo mi perorata con un mate (cómo te extraño, tabaco). Recojo los papelitos que las palabras dejan a su paso. ¿A dónde me llevan? Voy tras ellas como un tonto enamorado, camino en el bosque aunque afuera se haga de noche, imagino tesoros al fondo del arcoíris, sirenas que me llaman detrás de las cascadas.

-Che, disculpen. ¿Falta mucho? Me duele un poco la mano ya- pregunto a las palabras. 

Me gritan desde lejos que me deje llevar, que hace mucho no nos encontrábamos, que seguirán cayendo sin ver qué dijeron sus antecesoras. Me explican que, como dijo Saramago, una palabra tira de la otra: las buenas tiran de las malas y acabamos diciendo siempre más de lo que queríamos.

Sigo caminando tras ellas, entonces. Solas, van encontrando su ritmo. De a poco se va armando la melodía a medida que escribo. 

Las palabras parecen hormigas: por separado son insignificantes, pero juntas son capaces de levantar los cimientos de una casa. Cada palabra es una hormiga que lleva en su espalda una hojita. 

¿Dónde estará la hormiga reina? ¿Cuál será la palabra perfecta, la más deseada? 

Todas las palabras trabajan para ella, y quizás ni siquiera exista. O no sea más que un retrato colgado en una pared al cual rendirle pleitesía.

Ahora entiendo: estoy buscando la palabra reina. Las palabras se dan vuelta y me reclaman a lo lejos. 

-Ok, ok. Estamos buscando- me disculpo. 

Qué fácil se olvida uno de las palabras…

Y mientras tanto, camino en su bosque. Escribo lo que ellas quieren que diga, llevo mis hojitas al hormiguero porque parece que será un invierno duro, y el frío se siente cada vez más con los años. 

Entro al hormiguero y miro con cautela las palabras que me rodean, las que cayeron de mi lapicera y las que rondan mi cabeza (¡qué frío tengo en los pies!).

- Hola, disculpen, buscamos la palabra reina- digo con inocente coraje a unas palabras que, cuando las veo juntas, me avergüenzo de haberlas escrito. 

 Me estoy cansando y tengo que guardar la ropa que se juntó en la cómoda. ¿Dónde mierda termina esto?

Me detengo. Me tomo un mate. Caliento mis medias en la estufa y, con la sabiduría que otorga la distancia, entiendo que una vez más fui engañado por las palabras. Me han traído a un hormiguero sin salida. 

Y la palabra reina, aquella a la que tantas hojas le he dedicado en mi vida, no es más que este papel que, con más enjundia que talento, logré llenar después de tantos días sin agarrar una lapicera. 

Y sin tener nada para decir. 


EMPEZAR UN CUADERNO NUEVO ES COMO COGER

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